Marcahuasi para escuchar el silencio

En este lugar se puede oír al silencio. La bulla ha quedado atrás en horas y horas de camino, perdido en los valles, en los puentes, en los ríos. Sin embargo, de rato en rato, el viento silba como los pájaros y los pájaros silban como el viento.

| 10 enero 2009 12:01 AM | Por los pasos andados |4k Lecturas
Marcahuasi para escuchar el silencio
A pie o a caballo llegar a la cumbre es todo un desafío.
Recuerdo vago sobre un rápido viaje para descansar que finalmente me dejó más cansado. Fue paseo con todo pagado (por mí).
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—¿Y cómo es la voz del silencio, Paco?, me preguntan los amigos.

—Uno no sabe, pero la escucha y la siente. Esa tranquilidad que uno exige en Lima es la voz del silencio; es ese momento a salvo del caos de la ciudad, del mundanal ruido del poeta; es todo esto que crece en este camino que se va haciendo sacrificio,...

—Ya, cállate, Paco, que nos falta dos horas de camino. Además déjanos oír el silencio.

Cuesta brava
Hace como dos horas hemos empezado esta caminata que va camino al fracaso. Desde aquí, el pueblito San Pedro de Casta parece el dibujo de un esforzado alumno de primaria. Puros puntitos, puros trazos. Somos cuatro, arriba no hay nadie, abajo no hay nadie. El sol golpea de manera salvaje y las botellas de agua se evaporan. Subir esta cuesta brutal es demasiado para mÑ Me habían dicho que esto iba ser un viaje para descansar….

—Deja de quejarte. Además no estás poniendo nada. Hasta la botella de agua te la hemos comprado nosotros.

—Eso es mentira y pagaría mucho por volver ahora mismo a mis cuatro paredes y acariciar mis libros.

—Ya falta poco, arriba nos espera el premio.

Vale la pena
El premio de llegar a la cumbre Marcahuasi es regalarle a los ojos un hermoso paisaje. Vale la pena. Enorme llanura a la que llegan estudiosos asombrados de tanta belleza, artistas en busca de inspiración, místicos que aumentan más historias míticas, curanderos en busca de sabiduría, enfermos que buscan curación divina, jóvenes en busca de descanso, como nosotros. Pero aún falta mucho para llegar a la cumbre y esta caminata ya me acerca al desmayo.

—Paco, levántate, que falta poco. Si te quedas ahí echado es peor.

—Yo les dije que es mejor subir a burro; yo les dije que es mejor subir a caballo.

—¡Los jóvenes subimos a pie!

—Ustedes ya viven de los recuerdos.

Son las tres de la tarde y siento que el sol se la ha agarrado conmigo. Pienso que estoy haciendo de intruso en algún cuento de Rulfo en “El llano en llamas”. Me he quedado rezagado y con sed y estos tres siguen subiendo y desde arriba me dicen algo y vuelven a decirme, me gritan; pero no les entiendo. Exigirle al presidente García hacer esta caminata con nosotros sería un justo castigo por incumplir sus promesas. Ay, el presidente García siempre tan, tan,… mejor volvamos al paseo (al verdadero, no al gobierno de García).

“Le falta poquito”
Me siento en una piedra caliente y mejor elijo el suelo, y luego el sol me empuja al sueño. Esto ya parece una maldición y el arrepentimiento de haber rechazado sistemáticamente los gimnasios llega y sigue llegando. El sueño me quiere tumbar y la voz estridente de una anciana me levanta. Feliz ella, con su manta en la espalda y un palo en la mano, baja de la cumbre de Marcahuasi cantando un huaino.

—¿Qué hace ahí, niño, sus amigos ya están llegando, le falta poquito, levántese, ánimo, ánimo?

—¿Y usted?

—Ya dejé a mis vacas arriba, donde deben dormir. Ya mañana vuelvo a subir. Falta poquito, hijo, falta poquito, anda, anda.

Me asombra el sombrero viejísimo de la anciana y pienso que así puedo quedar por el maltrato del sol. Arrugas por todo lados tiene está mujer de Huarochirí, pero cómo le envidio su vitalidad. Mujer fuerte como todas las mujeres, y como todas las mujeres se baja la edad. “No me preguntes eso, sólo tengo 72”.

El tiempo avanza lentamente y yo ruego que llegue la noche porque este sol me está matando. Subo despacio, lentamente, agarrándome de las astillas de las rocas, de los árboles pequeños, y en el camino sinuoso encuentro a mis tres amigos derrotados en el piso. ¡Vaya jóvenes!, digo, y grito para que se levanten. Parece mentira, pero el calor y el cansancio suman el sueño en esta cuesta a Marcahuasi

—¡Levántense¡

—Un ratito más, ya no podemos.

—Hombres de poca fe. ¡Arriba!

Fue inútil. De pronto, cuando estuve por rendirme oí los pasos de unos caballos, que se acercaban con el viento. Realmente eran tres caballos y un burro.

—Arriba —dije.

Se levantaron los tres y vivos me dejaron al burro. “Desde el principio, yo les dije que es mejor subir a burro; yo les dije que es mejor subir a caballo”.

—Cállate.

La recompensa
Llegamos rápido. En la cumbre de Marcahuasi la noche aparecía. Alistamos nuestras cosas en la cabaña de cemento y de piedra, junto unas piedras esculpidas por el tiempo o quizá por algunas manos. Nadie lo sabe. La noche tomó su sitio e invitó al frío y éste confianzudo hizo lo que quiso con nosotros. Luchamos, pero fuimos derrotados. Nada podía calentarnos, hasta las fogatas se rendían. Pero todo esto era compensado con una vista celestial allá arriba. Alguien había dibujado estrellas más allá de las nubes, siluetas luminosas, colores, brillos. Esto era el premio, pero la noche, traicionera, pedía al soroche que hiciera de las suyas.

Mas la mañana llegó con una sonrisa y seguimos disfrutando del premio Marcahuasi. Vegetación hermosa, ruinas modelo, amplias llanuras, recovecos como escondites, paisaje extraordinario en una cumbre (con razón cierta gente alucina aquí con ovnis y con tantas cosas).

—Hay que bajar a burro, hay que bajar a caballo —digo como a las cuatro de la tarde, para llegar como a las seis a San Pedro de Casta, donde preparan unos caldos fenomenales.

—Nooo, hay que bajar corriendo —dicen al unísono los valientes.

—Corriendo bajen ustedes, que yo bajo a yegua.

—Ya, pues.

Caldo reparador
No había yegua. Todos bajamos corriendo y no fue tan difícil. El sol nos perdonó la vida. Podíamos correr por ratos incluso. Sin temor a dormirnos como en la subida. Quizá bajamos sin mayores problemas porque sabíamos que el caldo en San Pedro de Casta nos esperaba. Aquella cena fue otro premio. Vayan y busquen el caldo de San Pedro de Casta y avísenle a Gastón Acurio, sibarita de primera.

El sol nos despertó al día siguiente y alguien dijo: Volvamos a la cumbre Marcahuasi.

—Ya pues —dijimos al unísono; pero nuestro tiempo se había acabado. Había que volver a Lima, con la ilusión de repetir el plato… El paseo que supuestamente iba a ser para que yo descansara me cansó más, pero nunca me había sentido tan bien de cansarme de esa manera.

Un observatorio natural
La cumbre de Marcahuasi está a 3950 metros sobre el nivel del mar, en una meseta de origen volcánico en el pueblo San Pedro de Casta, en la provincia de HuarochirÑ Para llegar a la cumbre es necesario caminar cuesta arriba por lo menos durante cuatro horas (yo no pude)

Hay investigadores que dicen que las piedras que adornan Marcahuasi fueron talladas entre los siglos 80 a 100 antes de Cristo, por una civilización de grandes conocimientos. Afirman que esta civilización pertenecía a la cultura Masma e hicieron esas esculturas porque creyeron que se acercaba un cataclismo. Los investigadores indican que quisieron dejarnos una serie de señales e indicaciones para encontrar las antiguas cavernas donde se salvaguardaron las semillas, los animales domésticos, los conocimientos científicos y místicos, incluso la misma sangre del hombre.

Paco Moreno

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