Un padre ganador

La autora, Gabriela Wiener, celebra la victoria de Ollanta Humala con este homenaje a su padre, Raúl Wiener, cuyo título original es “Papá está de moda”.

| 12 junio 2011 12:06 AM | Política | 1.7k Lecturas
Un padre ganador
Raúl Wiener en la optica de su hija Gabriela.
CRÓNICA
1782

No estoy acostumbrada a ver ganar a papá. Desde que tengo memoria, papá siempre ha estado del lado de los perdedores y ya sabemos que los perdedores en el Perú siempre han sido los mismos, los que menos tienen. En mis 35 años de vida, la izquierda en la que militó mi padre jamás ha sido gobierno, y estoy hablando de los años en los que a mi país le ha pasado de todo; será por eso que he oído muchas veces que la izquierda peruana o no tiene la culpa de nada o tiene la culpa de todo.

En todo este tiempo en que la izquierda no estuvo, mi padre ha enarbolado su propia bandera, le ha plantado cara al poder -mientras muchos de sus excompañeros se enrolaban en causas que traicionaban sus ideales primordiales-, y ha sido, sobre todo, una presencia incómoda para los que lo han ejercido: escribiendo libros, formando grupos de discusión, dando charlas a los jóvenes, fundando periódicos, firmando columnas combativas, señalando con el dedo a los cretinos y a los vendidos. Todos los presidentes del Perú han sido sus archienemigos y algunos de sus decenas de libros llevan títulos como Bandido Fujimori o El presidente mentiroso o la soledad política de Alan García. Yo siempre he estado especialmente orgullosa de su consecuencia en política y ni en mis épocas más apolíticas, cuando más cínica y postmoderna me sentía, cuando más escéptica me mostré ante sus ideas y mis amigos hablaban de “el termocéfalo de tu padre”, dejé de pedirle que me explicara el Perú, que me lo contara a su manera.

A papá siempre lo ha movido la crítica y el descontento por las profundas desigualdades que subsisten en este país, aunque las cifras macroeconómicas tengan felices a unos cuantos que han vendido el país en peso. Y ha sido, antes que nada, un incansable perseguidor de Ratas. Y, como se sabe, los cazadores nunca bajan la guardia, ni sonríen cuando disparan. Por eso es extraño verlo, en esas horas previas, tan eufórico y confiado. Ver a mi padre tan ilusionado, él que nunca ha ganado una elección, me hace temer lo peor, y lo peor para mí es que gane Keiko Fujimori, la hija del hombre que está preso por violaciones de los derechos humanos y por atentar contra nuestra dignidad como seres humanos. Mi padre nunca ha ganado, ¿por qué ganaría ahora que milita al lado de la causa de Ollanta Humala y ante un rival acostumbrado a ganar gracias a un repugnante historial de clientelismo y fraude que es el fujimorismo reeleccionista y su dinastía de la impunidad? Temo en primer lugar que, si mi padre pierde, perderemos todos, pero como es mi padre, me preocupa aún más que se venga abajo, que vea frustrados sus enormes esfuerzos detrás de un pequeño periódico como La Primera, que ha sido clave en esta lucha y al que hasta Vargas Llosa ha terminado citando en su Piedra de Toque. Temo en suma que rompan sus ilusiones, las mismas que yo comparto, después de recibir desde mi relajada vida en Barcelona, correos, cartas, youtubes y reflexiones suyas sobre una de las campañas electorales más sucias que se recuerden contra un candidato (Ollanta fue atacado por la suma de los empresarios, el prelado de la iglesia católica, los grandes medios de comunicación y hasta del presidente Alan García) y en la que evolucioné del miedo a la duda, y después a la convicción de que un exmilitar metamorfoseado en líder como Ollanta tenía que ser presidente. Así lo quería esa parte del país marginada de ésta y de todas las bonanzas.

Conforme se iba configurando el panorama de la segunda vuelta, Ollanta se convirtió en el único candidato capaz de proponer un gobierno de concertación nacional, que reuniera a fuerzas políticas diversas pero unidas en su idea de frenar el avance del fujimorismo autoritario y ladrón, y que creyeran en el cambio necesario hacia una economía con inclusión social, aunque le pese a la Bolsa de valores. (Publicado en 07 junio 2011 por sigueleyendo)

Me temo lo peor, decía, pero de pronto, he visto a papá, que decidió su voto por Ollanta en el 2006 -cuando ese mismo candidato perdió ante Alan García, absolutamente seguro de que ese hombre que ha ofrecido una esperanza a los grandes ninguneados de la historia, ganará. No lo duda ni un segundo, no tiene ninguno de mis comprensibles temores.

La relación padre-hij@ ha sido una de las constantes de estas elecciones peruanas. Lo ha sido en el caso de Keiko Fujimori, que asumió la tarea devolver a su padre al poder, haciéndose acompañar torpemente por los mismos tipos viles que fueron gobierno junto a su progenitor. También la figura del padre ha estado presente como un halo en el horizonte del candidato Ollanta, cuyo padre es un autodenominado etnocacerista que irrumpió en la política al mismo tiempo que su hijo, con un discurso nacionalista incendiario, militarista, rabiosamente racista y homófobo. Ambos, de distintas maneras, y en el caso de Keiko más tarde que pronto, han procurado distanciarse del discurso del padre para aspirar a la presidencia. Alguien bromeó diciendo que si tuviera que elegir entre ser hijo de uno u otro de los padres de los candidatos, no dudaría en declararse huérfano. Ninguno de los candidatos, sin embargo, negó a su padre. Un padre es un padre. Mientras Ollanta afirmaba querer mucho al patriarca Humala sin estar de acuerdo con él, Keiko apuró un dudoso deslinde de Alberto Fujimori conforme se acercaba la gran final, pero fue imposible creerle a una hija que sólo hace un año había vitoreado la inocencia de su padre y asegurado que de llegar al poder indultaría sin pensarlo dos veces a alguien ya condenado por crímenes de lesa humanidad.

Ya no con la inocencia de mis 6 años, cuando lo seguía a las manifestaciones con mi bandera roja de la-izquierda-unida-jamás-será-vencida, sin saber exactamente cuál era el significado de nuestras proclamas, pero sí con exacta devoción, he seguido a papá desde mi llegada de España un día antes de las elecciones del último domingo, haciendo de copiloto en su viejo Toyota, pegándome a sus espaldas como un chicle, siguiéndolo como una biógrafa espontánea, acompañándolo a La Primera, al local de Ollanta, a la radio. Y al final de la larga jornada, he visto asomar su cabeza en el estrado al lado de los ganadores de las elecciones, junto a muchos de sus excompañeros de militancia izquierdista en los 70 y 80s, junto a otros de posiciones de centro-derecha y hasta de la derecha liberal, todos ante la masa anónima que celebraba anhelante el triunfo de Ollanta a última hora del domingo en la plaza Dos de Mayo, sólo para confirmar que “Papá está de moda”.

Me he apropiado semejante eslogan de la campaña publicitaria que está haciendo un importante centro comercial (de esos que últimamente están boyantes de créditos de consumo en Lima) por el próximo Día del Padre. Papá está de moda en mi vida, sí, pero en realidad papá siempre es un must en mi vida, aunque no esté acostumbrada a verlo ganar. Hoy, que muchos de los que apostaron a última hora por Ollanta y le entregaron su “voto vigilante” -grupo en el que me incluyo-, en lugar de celebrar recuerdan sus compromisos al nuevo presidente, yo, siendo absolutamente sincera, tampoco celebro el triunfo de Ollanta: celebro el triunfo de papá, que suelta esta frase al volante, conmigo aún de copiloto: “Yo jamás les hubiera pedido a ustedes que sacaran la cara por mí, como hizo Fujimori con la pobre Keiko”. Y yo me río y miro hacia adelante.


Gabriela Wiener
Colaboradora

¿Quieres debatir este artículo? prueba abriendo un tema en nuestros foros.


En este artículo: |


...
Diario La Primera

Diario La Primera

La Primera Digital

Colaborador 1937 LPD