¿Sabe como ganó las elecciones Alberto Fujimori en 1990?

Faltaban tres semanas para la primera vuelta de 1990 y en un país saturado por la propaganda del FREDEMO de Vargas Llosa, donde parecía que cada aspirante al congreso por este frente derechista estaba invirtiendo más que cualquiera de los aspirantes presidenciales de otras listas, me cruce de pronto con un cartel con la imagen de un hombre sonriente, de rasgos orientales, con anteojos de profesor universitario, acompañado de una simple frase: “Honradez, Tecnología y Trabajo”.

| 06 junio 2016 12:06 PM | Política | 8.2k Lecturas
¿Sabe como ganó las elecciones Alberto Fujimori en 1990?
¿Sabe como ganó las elecciones Alberto Fujimori en 1990?
Por Raúl Wiener
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Mi hija, que me acompañaba en mi viejo Volkswagen, me preguntó de súbito: ¿y quién es ese chinito? No me esperaba tener que explicar a una niña de doce años las complejidades de la política, pero le dije casi como resumen: es uno de esos candidatos que se presentan a las elecciones sabiendo que no van a ganar, a ver si consiguen elegirse como parlamentarios. Hasta esa elección, el sistema peruano permitía postular en simultáneo a la presidencia y el Congreso. ¿Pero de dónde ha salido, qué es lo que ha hecho antes?, fue la siguiente interrogante. No sé, pero siempre hay locos que quieren ser presidentes.

Pasaron unos días y se llegó a la fecha de prohibición de la divulgación de las encuestas y lo que se sabía era que la invencible candidatura del escritor se había empezado a estancar y era dudoso que pudiera vencer en primera vuelta, como había sido su proyecto original, que se resumía en una de las frases favoritas de Vargas Llosa: “pido un mandato claro para hacer los cambios”. Parecía que había un cansancio frente a esa sensación de ganador anticipado que ya se cree gobierno y sobre todo ante el despliegue insolente de ricachones que competían dentro de su misma lista, creyendo que los electores premiarían al que más avisos pusiera en los medios y llenara las calles con el mayor número de carteles.

Estaba preparando la edición de la revista Amauta, de la que era director y para esos momentos ya todos habíamos escuchado de que había un candidato de los chicos que estaba subiendo en apoyo popular. Era el “chinito” del cartel que se movía en tractor cada vez que llegaba a un pueblo de provincias y lograba convocar movilizaciones entre la gente más pobre que iban causando sorpresas. Se decía que ya andaba por el cuarto puesto, a punto de alcanzar al poco entusiasmante postulante de la Izquierda Unida, Henry Pease, y habiendo superado ya a un rezagado Alfonso Barrantes. La división de la izquierda estaba pasando su factura.

Entonces recibí una llamada telefónica de Javier Diez Canseco desde Puno diciéndome: Raúl, lo del chino va en serio, hay que hacer algo para detenerlo, saca cualquier cosa en su contra en la revista. Pero, ¿qué podía hacer yo con una publicación semanal de 5 mil ejemplares, en medio de una situación en la que la gente se inventaba cosas como es japonés y traerá plata de ese país; es ingeniero, o sea trabajador; es profesor universitario, lo que significa que está preparado; está acompañado de evangelistas y pequeños empresarios, quiere decir que es honesto; no va a hacer el shock; etc.? Había una corriente a favor de un candidato nuevo, fuera de los partidos y alternativo al inmenso armatoste del escritor.

No se puede hacer nada, Javier, le contesté. Las cosas van a ser como ya se están definiendo. Al día siguiente, me visitó Pedro Francke y conversamos de las elecciones. Y su apreciación era categórica: gana FREDEMO con menos del 50%, segundo queda el APRA y la izquierda termina tercera. Eso de Fujimori es mucho menos de lo que se cree y sonrió. Yo tampoco tenía algo con que discutir el realismo de Pedro, y me limité a especular sobre la posibilidad de que la izquierda fuera superada por el fenómeno político que se estaba produciendo, lo que iba a agregar ridículo a la derrota de la desunión. Pero, seguro que había razón en creer que al hombre del tractor no le alcanzaría el tiempo ni las ilusiones de sus simpatizantes para desplazar al APRA.

La elección

El 8 de abril de 1990, los peruanos fuimos a votar en primera vuelta en unas elecciones cargadas de elementos fuera de lo común: (a) una candidatura ampliamente favorita, que tenía toda la atención y apoyo de los medios, que anunciaba una larga y sacrificada marcha para superar la crisis pero que hacía alardes de poder económico, como si sus dirigentes no estuvieran sufriendo lo que sufrían el resto de los peruanos; (b) un gobierno de salida que tenía un candidato propio (Alva Castro), al que no le prestaba mayor atención y que estaba metido en un complot para inflar la candidatura sorpresa de Fujimori en contra de Vargas Llosa, que andaba por las acalles diciendo que enviaría a Alan García a la cárcel; (c) un electorado que se iba moviendo en sus preferencias hasta el último día, pasándose la voz de que había un chinito japonés que podía ganar las elecciones; (d) Sendero Luminoso que anunciaba “paros armados” en diversas provincias para boicotear las elecciones.

Hacia las 5 de la tarde se tenía un resultado que iba a marcar historia. El FREDEMO de Mario Vargas Llosa había quedado muy por debajo de su aspiración de ganar en la vuelta inicial, superando apenas el 30% y Fujimori quedaba a dos o tres puntos, según las primeras encuestas, con el APRA alrededor del 20% y las izquierdas debajo del 10%. Nunca había ocurrido algo como esto. Que se supiera, ni en el Perú, ni en ninguna otra parte del mundo. Las cifras oficiales comunicadas al día siguiente serían aún más desconcertantes: (a) FREDEMO, 27.6% de los votos válidos, la candidatura más potente de las derechas de toda nuestra historia apenas si había superado en 8.6% la peor de las performances de Acción Popular y PPC, cinco años antes, cuando sumados eran 19%, ahora como aliados del escritor estaban a menos de la mitad de lo que fueron en 1980, cuando ganaron el gobierno; (b) Fujimori, el candidato de la nada, sin partido, sin programa, sin historia, tenía 24.6%, y enormes posibilidades de arrastrar el voto del APRA, la izquierda y otras formaciones menores que estaban muy enfrentadas con la derecha; (c) el APRA, con 19%, que había perdido casi treinta puntos desde la victoria de Alan García en 1985, pero aún así seguía siendo un quinto del electorado, después de la hiperinflación, la corrupción y la violencia con la que se despedía del gobierno; (d)Izquierda Unida de Pease con 7% e Izquierda Socialista con 4%, habían caído verticalmente desde el 26% que obtuvieron en 1985, y eso apenas a un año del gran Congreso de Huampaní cuando parecía que serían los rivales de Vargas Llosa.

El primer novelista del Perú, el personaje que se había metido a la política para salvar al Perú, el que había derrotado en las calles el intento de estatizar la banca, no había podido arrasar en las elecciones como se pensaba, ante un APRA desgastada y una izquierda dividida, por la presencia de un tipo en un tractor que sonreía casi sin sentido y que dejaba que corrieran las más increíbles leyendas sobre su persona. Y lo más trágico, no había forma de que el casi 25% que le faltaba al FREDEMO para ser mayoría en el país se consiguiera de las votaciones de los otros partidos. Discutiendo sobre la situación creada, los estrategas de la derecha dentro de los cuales habían arias luminarias internacionales, desecharon cualquier apertura hacia el APRA o la izquierda, y establecieron que el blanco de su mensaje debían ser los propios votantes de Fujimori, que se presumía eran volátiles ya que habían optado en los días anteriores de las elecciones.

Pero esta estrategia suponía un cambio dramático en los énfasis de la candidatura, que después de la soberbia de primera vuelta reflejada en el mensaje de que el FREDEMO tenía todas las soluciones y que estas eran eminentemente tecnocráticas y frías, se transformó en un populismo desesperado que llevó a una campaña de pobres, con programas asistenciales pagados con el dinero que recaudaban de las empresas. De pronto, el escritor y las damas de la campaña aparecieron en los barrios marginales explicando que su gobierno los protegería de la crisis y los ajustes, con una fuerte inversión social. La otra parte de la respuesta era demoler al candidato de Cambio 90, con datos sobre los aspectos oscuros de su vida: pago de tributos, bienes de origen dudoso, cercanías con el APRA, etc. Inaugurábamos el estilo de destrucción de opositores que luego Fujimori usaría contra otros y que la derecha emplearía contra Humala y Susana Villarán.

Entretanto, el “chino” ya se había apropiado de ese inexacto gentilicio (era hijo de japoneses) y desarrollaba una campaña de identificación con los popular que incidía en una supuesta semejanza entre un rector universitario, hijo de migrantes y de ida acomodada, con el pueblo empobrecido que se ganaba la vida como fuese. La estrategia elemental era trasmitir que los chinitos eran como los cholitos, y que los profesores de la universidad eran como cualquiera de los trabajadores dependientes de un salario. Los partidos que habían quedado fuera de carrera discutían si apoyar a Fujimori o abstenerse (ninguno imaginaba otorgar su voto a la derecha), pero en las bases ya había una corrida de votos hacia el candidato sorpresa y un entusiasmo por estar ganándole a los ricos.

En el Perú parecían estar ocurriendo movimientos de capas tectónicas. Se enfrentaban evangélicos contra católicos, con los primero cuestionando los privilegios de la Iglesia de Roma, y los segundos sacando al Señor de los Milagros fuera de fecha para que ayudara a ganar al agnóstico Vargas Llosa. Se desataba una subcampaña racista y chovinista sobre el origen étnico de Fujimori y su falta de raíces familiares en el Perú, que subieron tanto de tono que Mario Vargas Llosa tuvo que frenarlas directamente.

Se hablaba de golpe de Estado si ganaba el “chino” y Montesinos aprovechó el rumor para convertirse en el contacto entre el Servicio de Inteligencia y el candidato, para proveerle de información clasificada verdadera o falsa, que influía sobre Fujimori. Hubo un debate televisado que aparentemente resolvería la elección al mostrar la superioridad intelectual del escritor sobre el profesor improvisado de político que no tenía casi nada para ofrecer. Y efectivamente, ese encuentro en el Centro Cívico de Lima, fue un match entre un Fujimori que evitaba perder y un señor Vargas (así lo trató su rival), que no lograba ganar. Esa noche se cerró con un blufazo del “chino” mostrando una edición del diario Ojo que nunca hubo que se suponía ya estaba impresa antes del debate, dando por vencedor a Vargas Llosa, que no supo qué responder.

Segunda vuelta

La votación del 10 de junio, zanjó toda la disputa. Fujimori había alcanzado 57% de los votos y Vargas Llosa el 33.5%. El “chino” había ascendido 22 puntos y el escritor sólo cinco. Los votos en blanco y viciados se habían reducido a menos del 10% y se podía concluir que de allí era que el FREDEMO había alimentado su escaso crecimiento. Era evidente que Fujimori se había engullido los votos de la izquierda y el APRA, sin llegar a acuerdos con ellos y sin deberles nada. Dos años después les daría un golpe de Estado y declararía que los partidos eran los únicos culpables de la crisis.

Pero antes que eso Fujimori inauguraría un modo de dirigir el poder que luego volveríamos a presencias más adelante. Antes de juramentar ya había despedido a todo el equipo de asesores que le ayudó a armar a toda velocidad un plan de gobierno y ofrecer un perfil propio en las elecciones, y había con la ayuda de Hernando de Soto hecho contacto con los organismos financieros internacionales para que le dieran elaboraran una terna de ministros de Economía que vinieran a hacerse cargo de la crisis. El chinito sonriente del no shock, lanzó el 8 de agosto, a diez días de haberse puesto la banda presidencial, un supershock como no se conocía en el mundo. Vargas Llosa ya estaba fuera del país y debió haber leído esta noticia en los periódicos.

Raúl Wiener

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