Pésima política y buena economía

Hace unos días, Raúl Wiener, comentando un artículo de Augusto Álvarez Rodrich, discutía aquella afirmación, también aludida por la revista The Economist, que en el Perú la economía está bien pero que la política camina mal. Una de las razones de esta aparente paradoja o contradicción sería la falta de un liderazgo político, lo “que explicaría muchos de los problemas del gobierno”.

| 29 abril 2014 02:04 PM | Política | 1.3k Lecturas
Pésima política y buena economía
La mala política y la buena economía
Por: Alberto Adriazen
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La cuestión, finalmente, recaería en un presidente que no imparte directivas precisas, que carece de objetivos claros y de una mirada de largo aliento y que gobierna en “piloto automático”.

Demás está decir que este ha sido uno de los argumentos principales para denigrar, con razón o sin ella, a los políticos en estos últimos tiempos. Dicho de otra manera, los empresarios y el mercado son los buenos, los malos son el Estado y los políticos.

Es cierto que algunos políticos, por no decir una mayoría, hacen denodados esfuerzos para justificar tal afirmación. Que hoy el Congreso tenga una bajísima aprobación es un dato que confirma esta percepción.

Ahí están los “robacable”, “comepollo”, los parlamentarios que arrebatan parte del sueldo a sus empleados; a esto se suma presidentes presos o acusados de enriquecimiento ilícito o de liberar a narcotraficantes. Ejemplos sobran. A este panorama se puede añadir el desprestigio y deterioro de los partidos, también con muy bajos niveles de aprobación.

En estos tiempos preelectorales somos testigos de como se vienen “acopiando” candidatos para todos los gustos. Asistimos a una especie de mercado de candidatos y de mercantilización de la política que refuerza la idea de que los partidos y sus dirigentes solo se preocupan por sus intereses personales.

Y si bien toda esta situación es real en la esfera de la política –circunstancia amplificada por los medios de comunicación- cabe preguntarse si lo que ocurre en este ámbito es conveniente para la economía. Es decir, para que funcione “bien” el tipo de economía que hoy existe en el país, la política debe ser siempre una suerte de desastre.

O, como bien dice Wiener: “La buena economía doblegó a Humala y lo hizo abandonar su programa y su equipo de gobierno, imponiéndole la tecnocracia, que coexiste con la falta de liderazgo del presidente, los arrebatos de su mujer y los indicios de corrupción que van a apareciendo por diversas partes” (La Primera: 23/04/14).

Es posible afirmar que la “buena economía” peruana requiere precisamente de una “mala política” porque contiene una serie de particularidades que no podría coexistir con una “buena política”.

A grandes rasgos, esas características son las siguientes: a) Es una economía administrada por unos pocos. b) Es una economía que requiere de un Estado débil, poroso, capaz de ser penetrado por aquellos que la administran.

c) Es una economía que genera poco empleo digno y que no es capaz de mejorar la distribución de la riqueza que se crea. d) Es una economía que requiere de instituciones débiles, capaces de ser corrompidas por los grupos de presión (lobbies); y d) Es una economía que rinde un culto exagerado al mercado y denigra al Estado.

Aunque se podrían añadir otras características, lo que hay que decir es que una “buena política”, es decir la de un Estado, al servicio de los intereses nacionales y de la mayoría de la población, que es –justamente- la que no existe en el país, no podría coexistir con la actual “buena” economía peruana.

Un buen ejemplo es el reciente escándalo en el cual estaría comprometido el actual ministro de Energía y Minas, Eleodoro Mayorga, en la renovación del contrato de explotación petrolera con la firma noruega Interoil.

No es extraño que frente al respaldo del presidente Humala a Mayorga, cuando afirma que no hay conflicto de intereses entre el ministro y la empresa noruega, pese a que este fue asesor de Interoil antes de ocupar el cargo ministerial, se argumente que lo sucedido es porque que el Presidente no tiene ni liderazgo político ni fuerza para “echar” a Mayorga; en lugar de denunciar la corrupción corporativa del Estado para favorecer el enriquecimiento de una empresa privada.

Habría otra explicación -sugerida por Humberto Campodónico, expresidente del directorio de Petroperú-: que ambos, el presidente y el ministro, coinciden en que la empresa estatal no debe explotar los pozos que ha dejado Interoil y que no quieren potenciar y desarrollar Petroperú ya que consideran que los únicos que pueden y deben explotar el petróleo peruano son los capitales privados.

Con este ejemplo pretendo decir que lo sucede con Interoil es más bien una opción política e ideológica del presidente Humala antes que un signo de fragilidad. Ello coincide con una afirmación hecha por Salomón Lerner semanas atrás: “Humala se ha vuelto un converso neoliberal fanático”, y explica otros temas como los referidos al sueldo mínimo y al precio del gas doméstico.

El problema, por lo tanto, no es la falta de liderazgo presidencial sino su conversión al neoliberalismo. Por eso creo que la debilidad presidencial o la persistencia de una “mala política” es la otra cara de una robusta y fuerte economía neoliberal que maneja el Estado para el beneficio exclusivo de algunos grupos empresariales. Son dos caras de una misma moneda.

Un año sin Javier

Un año sin Javier

En estos días recordamos un año de la partida de Javier Diez Canseco. Su ausencia representa un gran vacío en la izquierda que hasta ahora no hemos podido llenar. Soy un convencido que si Javier estuviese vivo la situación de la izquierda peruana sería muy diferente. Menos conflictiva, más realista, más atenta a los intereses populares y al país, más aún en estos tiempos electorales donde la sensatez y la honestidad son fundamentales. Su ausencia, curiosamente, ratifica su importancia y su estatura de político maduro.


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La Primera Digital

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Colaborador 9324 La Primera Digital