Diez años de una gesta

Aquí un relato de lo que ocurrió en aquellos días que alcanzaron su punto culminante el 28 de julio del 2000, cuando Lima se llenó de provincianos, en la culminación de la Marcha de los Cuatro Suyos, que demostró la inviabilidad del tercer mandato de Fujimori.

Por Diario La Primera | 28 jul 2010 |    
Diez años de una gesta
La marcha fue un golpe decisivo contra la dictadura fujimontesinista.

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DÉCADA FALLIDA

Las promesas de los Cuatro Suyos concluyeron en los gobiernos de Paniagua, Toledo y García, a través de los cuales fuimos dejando morir las esperanzas democratizadoras y moralizadoras y retrocediendo cada vez más en lo conseguido. Hoy el Perú es irreconocible respecto al ánimo que existía hace diez años. Hemos llegado al extremo de que sin ser gobierno, el fujimorismo ponga la agenda y las condiciones al APRA gobernante. Por eso quizás, de vez en cuando, a sectores populares de las provincias se les ocurre que puede haber otra marcha de los suyos a la capital, para que el pueblo haga sentir su voz.

Hace exactamente 10 años, el fujimorismo fue herido de muerte. Aquel régimen que parecía tener el control de todo, que armó unas elecciones para ganarlas por tercera vez, que no tenía reparos en comprar todo lo que requería para mantenerse en el poder se enfrentó por una única y definitiva vez a una rebelión nacional. La historia política del nuevo siglo se inauguraba en las calles, en un acto de esperanza (que luego conocería muchas frustraciones y que ha quedado en la historia como la marcha de los Cuatro Suyos).

Llamamiento
Nunca nadie entendió si cuando Alejandro Toledo llamó a “no participar” y a “no retirarse” de la segunda vuelta del año 2000, estaba queriendo decir que no había que asistir a las urnas, o si había que votar viciado o si había que votar por el candidato de oposición al fujimorismo que no se había retirado. Tras haber denunciado el fraude del 9 de abril, Toledo no terminó por ponerse de acuerdo consigo mismo para encarar el nuevo momento y provocó que los que deseaban la derrota del dictador, actuaran de manera confusa y dispersa.

En ese escenario parecía que después de la lucha de esos meses, se había llegado a un punto muerto y la dupla Fujimori-Montesinos se había impuesto nuevamente, y se venían otros cinco años de fujimorismo. Fue en los primeros días de junio que en la Confederación Campesina del Perú se empezó a hablar de organizar una marcha nacional contra el fraude, y se lanzó el nombre de los “Cuatro Suyos”. Fue Eliane Karp quien se lo comentó a Toledo, quien apareció ante la prensa anunciando que un millón de personas se moverían en todo el territorio nacional para llegar a Lima e impedir que Fujimori juramente por tercera vez.

La fecha para un acontecimiento de esta envergadura fue fijada para los días 26, 27 y 28 de julio. La más descomunal movilización de masas de nuestra historia, que suponía una voluntad política fuera de lo común, un aparato organizativo nunca visto y una capacidad de sostener multitudes de provincianos en la ciudad de un volumen inimaginable. Toledo, por supuesto, no estaba en condiciones de manejar el proyecto pero empezaron a moverse los gremios sindicales y campesinos, los partidos de izquierda, las ONG, los frentes regionales y locales y las secciones regionales de los partidos de la derecha no fujimorista y se conformaron poco a poco las delegaciones que irían a Lima.

El gobierno se mantenía casi paralizado en el desconcierto. No sabía si tomar en serio a un hablador inconsecuente como Toledo o ignorarlo. De hecho, Montesinos tenía su propia idea de las cosas y por ello en los mismos días en que se preparaban los Cuatro Suyos, su actividad estaba concentrada en armar una mayoría parlamentaria de esas que le gustaban a Fujimori, quien no quería salir al público, así que los uniformados decidieron organizarle su propia marcha. Ese fue el acto denominado “Reconocimiento militar al Presidente Electo y en su condición de Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas”, que no tenía precedentes y en el que participaron todos los generales del Ejército, almirantes, tenientes generales y generales de la Policía.

El 27 de julio
La marcha de los Cuatro Suyos comenzó el día 26, pero ese día sólo recorrieron Lima los gremios y los partidos de izquierda en una especie de calentamiento para lo que vendría después. Las delegaciones provincianas, que probablemente llegarían a las 50 mil personas, estaban acomodándose en campamentos armados en diversos parques de la capital. Pero el 27 fue la apoteosis. En el llamado Paseo de los Héroes Navales, frente al Hotel Sheraton y teniendo a la espalda el Palacio de Justicia, se reunió una multitud desbordante. En ese mismo lugar se habían congregado la noche del 9 de abril una gran cantidad de espontáneos para clamarle a Toledo marchar a Palacio para reclamar el triunfo electoral.

Ahora Toledo presidía el evento y una interminable columna de delegaciones de diversos colores políticos y de diferentes lugares de la ciudad y del interior del país, pasaba saludándolo. El diario “Expreso”, el principal vocero del régimen, dijo que la concentración había sido un fracaso porque “sólo” se congregaron 200 mil asistentes. Quería decir seguramente que no eran un millón. Pero eran muchísimos y estaban pidiendo el fin del fujimorismo. Hacia las 11 de la noche, habló Toledo y la gente, en el llano, se preguntaba qué diría Toledo después de tantas volteretas. Y ahí mismo se vio que este hombre de cuello, corbata y anteojos, no era el mismo que se lanzó a las calles el 9 de abril con la vincha y algunos tragos puestos.

Toledo explicó y remachó que éste era un acto pacífico y que al día siguiente se iría al Congreso, pero en forma pacífica. No dijo qué hacer si la Policía no dejaba pasar a los marchantes. Para él, habría una fuerza misteriosa capaz de abrirle paso al pueblo de los Cuatro Suyos hasta llegar al Palacio del Congreso. Luego habló de la democracia que vendría y del desmontaje que se haría del “andamiaje” de la dictadura (que no desmontó durante su gobierno). También se refirió al cambio de Constitución y a la lucha implacable contra la corrupción. El acto concluyó pasada la medianoche con la consiga de que había que estar temprano para la batalla definitiva.

El 28 de julio
A las 8 de la mañana, en el cruce de los jirones Lampa y Roosevelt, saliendo del lugar del mitin de la noche anterior, ya se encontraban los sindicalistas agrupados en duras columnas de construcción civil, SUTEP y otras. La CGTP abría la marcha con una banderola muy grande. Tras los sindicatos venían los provincianos y más atrás aparecían los universitarios y algunos destacamentos de partidos. A esa hora, Carlos Bruce, jefe de campaña de Toledo, bajó del Hotel Sheraton y se dedicó a separar a los grupos de Perú Posible del resto de la marcha. Los agrupó a un costado y regresó hacia la plaza de los Héroes Navales. Ese fue el primer gesto de competencia dentro de la movilización. Pero esto no detuvo al resto. El grueso de los movilizados siguieron por Lampa hasta la esquina con Nicolás de Piérola, donde hubo arengas contra el Jurado de Elecciones, y siguieron en dirección a Emancipación. Ahí estaba el primer cerco de la Policía. Los dirigentes anunciaron que iban a negociar, pero de pronto todo estalló en un coctel de bombas lacrimógenas, vomitivas, irritantes y otras, que hacían insoportable el aire.

Los gritos llenaron el ambiente. Unos eran denuncias, otras arengas. Pasaron camillas, se habló de alguien muerto por una bomba en la cabeza. Los que llegaban a Abancay recibían el mismo recibimiento que los de Emancipación. Pero la Policía no salía de su perímetro.

Lo que siguió es que los de Abancay retrocedieron por Nicolás de Piérola, hasta la esquina del Jurado de Elecciones, donde una magnitud repudiaba el fraude. Por frente de todos pasó el batallón de la gente de Bruce, sin Toledo u otro de los dirigentes del partido y se dirigieron al Parque Universitario como si fueran una reserva entrando al combate. Los hicieron retroceder y los obligaron a mezclarse con el resto. Sobre las 11 de la mañana pasó por la calle Azángaro una camioneta cerrada 4x4, veía desde el lado del cerco policial y era el único vehículo en medio de la trifulca. Llegó a Roosevelt y se plantó en el cruce con Lampa.

Bajaron tres tipos, dos altos y uno pequeño, con la cara cubierta por máscaras antigases, que les daban un aspecto de personajes de la “Guerra de las Galaxias” y empezaron los gritos: Pachacútec, Pachacúte. Era Toledo, acompañado por Gustavo Gorriti y Álvaro Vargas Llosa, los únicos dirigentes políticos de los Cuatro Suyos presentes en la marcha, sin contar a los de los gremios y la izquierda. Cuando llegaron a la esquina de Nicolás de Piérola, la gente reclamaba: ¡Al Congreso! Pachacútec decidió avanzar, pero en sentido inverso de lo que se esperaba de él. Caminó hacia la Plaza San Martín y de ahí salió con sus acompañantes hacia el jirón Belén y por esa vía fue alcanzado por la camioneta 4x4, con la que se perdió de vista.

No pasaría mucho tiempo para que a la ruptura de las lunas del primer piso del JNE, le siguiera el lanzamiento de objetos encendidos que provocarían un grave incendio. En la otra acera, donde nadie había estado presionando, también se lanzaron objetos incendiarios que dieron lugar a la destrucción del local del Banco de la Nación y a la muerte de cuatro vigilantes. Mucho se discutiría después sobre esta tragedia: si fue una provocación del gobierno para tirarle muertos a la protesta, o si fue parte del desborde sin dirección en que se convirtió el llamado a tomar el Congreso e impedir la juramentación.

El final
La noche del 28 de julio del 2000, Toledo abandonó el país, cuando los medios fujimoristas lo culpaban de muerte y destrucción. Fujimori había juramentado. La mayoría de los partidos se adaptaba en ese momento a la idea de que se iniciaban cinco años más de autoritarismo.

Parecía que los Cuatro Suyos estaban vencidos. Pero no. El video Kouri-Montesinos conocido el 14 de septiembre, demostraría que el régimen ya estaba quebrado por dentro y que se filtraban sus secretos. Fujimori huiría en noviembre, señalando que su vida corría peligro. ¿Quién lo amenazaba? Sólo el fantasma de los Cuatro Suyos, que era el de una nación queriendo cobrarle cuentas.

Raúl Wiener
Redacción

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