Clamor de justicia

Los años 1983 y 1984 fueron de gran intensidad en cuanto a las violaciones de derechos humanos en la zona de Huanta, como consecuencia del accionar de Sendero Luminoso y de las Fuerzas Armadas, en particular de la Infantería de Marina, que el 21 de enero de 1983 estableció su cuartel general en el estadio “Municipal” de Huanta, lugar al que muchos entraban para no salir más: Rigoberto Tenorio Roca, un suboficial del Ejército que impartía instrucción premilitar en un colegio de Ayacucho fue uno de ellos.

| 16 agosto 2009 12:08 AM | Política | 629 Lecturas
Clamor de justicia
Cipiriana Huamaní exige atención al gobierno.
Dramáticos testimonios de dos mujeres cuyos esposos fueron desaparecidos por el Ejército y la Marina en Huanta, Ayacucho.

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Era práctica común

En uno de los casos verificados, la Comisión de la Verdad y Reconciliación llegó a la conclusión que efectivos de la Marina de Guerra perpetraron detenciones arbitrarias, torturas y tratos crueles, inhumanos o degradantes; desapariciones forzadas y ejecuciones arbitrarias de 50 personas -49 hombres y una mujer- cuyos cuerpos aparecieron enterrados en las fosas de Pucayacu, distrito de Marcas, provincia de Acobamba, departamento de Huancavelica, el 22 de agosto de 1984. Asimismo, los familiares de otros 57 detenidos-desaparecidos denunciaron a los uniformados por crímenes similares.
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“El 7 de julio de 1984 yo viajaba con mi esposo (Rigoberto Tenorio Roca) a Huanta y cuando estábamos a la altura de Hayhuas los infantes de la Marina pararon el ómnibus. Los infantes subieron, tenían la cara pintada y pedían documentos a todos, hasta que uno de ellos se nos acercó y obligó a mi esposo a bajar. Quédate tranquila, me dijo mi esposo. Nunca más lo volví a ver”, nos narró con los ojos llenos de lágrimas Cipiriana Huamaní Janampa, al evocar esa tarde en que el cielo azul de Ayacucho se tornó gris como todos los días que precedieron al otro horror: la injusticia.

Cipiriana vio cuando los infantes de Marina subieron a su esposo a una tanqueta, observó cuando le taparon la cabeza con su propio saco y hasta ahora tiembla cada vez que un marino pasa por su costado. Los recuerdos la atormentan.

Y la siguen atormentando porque a pesar de haber transcurrido 24 años no encuentra justicia. Recuerda que el día que se llevaron al padre de sus ocho hijos, quiso volverse loca. Lo buscó en el estadio “Municipal” de Huanta a donde lo llevaron, pero no le dieron razón.

La desesperación la llevó hasta el cuartel del Ejército de Ayacucho: “busqué al comandante, le conté cómo los marinos se llevaron a mi esposo. Él se comunicó por radio con el cuartel de la Marina. Le dijeron que lo iban a soltar. Era mentira. Supe que había ocurrido lo peor cuando el comandante llamó por segunda vez y le dijeron que ya lo habían soltado y que seguro se habrá ido con los senderos (senderistas)”. En ese tiempo eso significaba la muerte.

Nadie nunca le dio razón. Arañó la tierra en una fosa común en busca de su esposo, pero nada. Ahora integra el grupo de viudas de las víctimas de la guerra interna, reclamando que el gobierno cumpla con las reparaciones individuales, pero hasta ahora tampoco nada.

Marco Cáceres
Redacción

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