El viejo truco

Ahora que estoy jubilada de amores carnales puedo ver hacia atrás con objetividad e imaginar lo que habría sido de mi existencia si los entreveros de la pasión, o qué sé yo, me hubieran atado a un hombre “para siempre”, como rezaban los mandatos convencionales de la época.

Por Diario La Primera | 09 agosto 2009 |  398 
Crónicas pasajeras
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Paso revista a los hombres que con buena o mala disposición entraron en mi vida (no necesariamente a mi cama) y admito que los dedos de ambas manos me quedan cortos, aunque si hablamos de amores de verdad, apenas citaría a unas pocas víctimas.

Vistos con optimismo, debo confesar que me quedé con lo mejor de cada uno, porque mi ángel de la guarda supo quitármelos del camino en el momento preciso, cuando ya nada era como al principio y arreciaban los nubarrones y los desencuentros mutuos.

Tales salvaciones no fueron siempre mérito propio. Debo reconocer que algunos de mis capítulos conyugales derivaron en verdaderos culebrones insufribles, con llantos, recriminaciones, chismes, cachos, etcéteras, como toda crisis amatoria que se respete.

Pero en medio de la batahola algo milagroso ocurrió; una llamada telefónica, un parlamento extraño pronunciado por el infrascrito entre sueños, una mirada letal, un gesto demoledor, unos aretes en su bolsillo, un pañuelo huachafo en la guantera del carro, una seña rotunda.

Nunca tuve la oportunidad de zanjar un desamor con una conversa sincera, siempre tuve que esforzarme por leer entrelíneas, interpretar ausencias, descifrar el misterioso código de la desapuntada unilateral y procesar los típicos síndromes que atacan a un fulano a causa de la calentura por otra mujer.

En cambio guardo variados argumentos recibidos a lo largo de mi vida en pareja que precedieron las rupturas. No son muy originales pero son, tratan de explicar lo que un hombre no se atreve a decir y se resumen en lo que mi amiga María denomina “el viejo truco”.

El más recurrido hasta ahora es sin duda ese que empieza asegurándole a una que es lo máximo, buena mujer, buena madre, buena profesional, pero… hay un problemita, algo sin mayor importancia, nimio, y hay que darse una tregua, sólo unas semanas de separación, o tal vez mejor unos meses.

Conozco pocas parejas que han sobrevivido a la famosa tregua; aunque sí las hay, pero suelen ser capitulaciones de una de las partes, generalmente de las mujeres, que deciden no hacerse paltas, mirar a otro lado, llevar su cruz o seguir manejando la tarjeta de crédito del marido y punto.

Abra los ojos amiga, la vida es corta y francamente no vale la pena gastarla persiguiendo a otro. Manténgase alerta y sepa cuándo es bueno insistir y cuándo es mejor cerrar la página.

Rosa Málaga

Referencia
Propia



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