Morir en la Cumbre

Me consternó, más de lo previsible, el homicidio de la joven Lady Roxana Anaya Gómez, quien daba protección y facilitaba el traslado de los representantes de un país latinoamericano en las actividades de la reciente Cumbre. El martirio de esta joven policía resucita mi inquietud sobre la forma demencial con la que manejan sus vehículos numerosos conductores en el Perú.

| 22 mayo 2008 12:05 AM | Mundo | 445 Lecturas
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No se aceptan, en la práctica, las leyes de tránsito: se desconoce el respeto hacia los peatones y los choferes prudentes; prima la impaciencia por ganar unos metros o unos segundos. He conocido a algunos de esos desesperados del timón: sentados en la sala de sus casas suelen ser corteses, partidarios de la equidad, enemigos del crimen, odian el tráfico de drogas y la guerra de agresión a Irak, son defensores del medio ambiente, recitan a Vallejo y darían su vida por el bienestar de sus amigos. Son buenas, como casi todos los peruanos. Pero al volante se tornan ciudadanos de las cavernas, exterminadores en potencia o, sencillamente, asesinos como los que mataron a la bonita Lady.

Fui testigo, durante las movilizaciones de la reciente Cumbre, de cómo las luces de los carros policiales y los esfuerzos de los motorizados eran desatendidos por numerosos automovilistas. Comentaba con el Canciller de Nicaragua, el notable desprecio hacia los policías por parte de quienes empuñaban el timón con arrogancia homicida. Nos asombrábamos de la paciencia de los cuerpos de seguridad, testigos como nosotros del atrevido huracán de los conductores. Esa resignación no es usual en otros países.

Alguna vez conté en Caretas que fui combatiente de una guerra sangrienta y, como lo saben mis compañeros, jamás experimenté temor. En las calles de Lima recuperé esa extraña cosquilla en medio de las piernas producidas por el miedo. No. No me asaltaron. Fue al cruzar la calle, mientras yo, inocente, pensaba en el tamaño de las orejas de mi hijo clonado Juan Borge, en ese lugar donde unas rayas blancas indican zona de seguridad para los peatones. Nadie me detuvo. Más aún: ni siquiera me vieron. Si no hubiera retrocedido con las manos trémulas y un aguijón de terror en el trasero, sería ahora mismo hombre muerto. Esa misma angustia es padecida por mujeres y hombres de este país, quienes tienen un dulcísimo e irrenunciable amor por la vida.

Ojalá sirva de lección la tragedia de la muchacha policía para tomar conciencia de la necesidad de acatar las leyes de tránsito y adquirir compasión por los aterrorizados transeúntes, en las calles de esta hermosa ciudad.

Nuestras condolencias a los familiares de la joven suboficial Lady Anaya y a la Policía Nacional del Perú.

* Embajador de Nicaragua en el Perú.


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