Vergonzosa persecución

Sin terminar de entender que el Perú ha decidido un camino de cambio en democracia, lo que implica corregir todo aquello que ha estado andando mal en la conducción política y económica de la nación, la caverna política y mediática sigue creyendo que en el país nada ha pasado y que puede seguir imponiendo sus condiciones a la nueva administración.

| 07 setiembre 2011 12:09 AM | La Primera Palabra | 1.3k Lecturas
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Pese a sus fracasos en las elecciones y en el empeño de convencer a la ciudadanía de que todo cambio es malo, los sectores retardatarios que apuntalaron acríticamente al régimen pasado e intentaron restaurar la dictadura, se han enfrascado en una guerra de desgaste que cambia de uno a otro objetivo, con más frustraciones que logros alcanzados.

Desde hace unas semanas una verdadera jauría se ha lanzado contra el presidente de Devida, exigiendo su salida del cargo, por sus relaciones con las organizaciones de cultivadores de hoja de coca y su convicción nunca ocultada de que reprimirlos y erradicar las plantaciones no es en sí la solución del problema del narcotráfico.

La ofensiva, que alcanza niveles febriles, pretende la destitución del funcionario, pero en realidad apunta a echarse abajo la política antidrogas que él ejecuta y que desde la campaña electoral anunció el actual Presidente de la República.

Esa política es integral y plantea golpear al narcotráfico atacando el lavado de activos, es decir impidiéndole convertir su dinero sucio en inversiones legales, y cortándole el suministro de sustancias químicas indispensables para la fabricación de droga.

La campaña utiliza ahora a un detenido acusado por el pasado gobierno de vinculaciones con el narcoterrorismo y pretende relacionar con esta actividad al titular de Devida, ocultando el hecho que el arrestado es militante aprista, lo que consta en el padrón del hasta hace poco partido gobernante.

Resulta además patético ver a congresistas de la bancada nostálgica de la dictadura que se entendía con el narcotráfico –hasta el extremo de haber llevado droga en el avión presidencial-, lanzando inflamados discursos y sermones contra el tráfico de drogas.

También resulta tragicómico, por decir lo menos, que toda la caverna mediática y política pretenda ser implacable contra el narcotráfico, cuando guardó silencio durante los años en los que nadie molestaba a los narco-capitales.

Tampoco dijo nada cuando el pasado régimen toleró, por decir lo menos, el tráfico de sustancias para el narcotráfico.

Ahora pretende, al servicio de intereses foráneos derrotados internacionalmente en la lucha antidrogas, mantener la inútil política de combate solo a los cultivos, que ha fracasado en forma estrepitosa, pues tras cinco años de erradicación obsesiva hay ahora más plantaciones de coca que antes.

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