Solidaridad

La dolorosa partida de Natalia, la esposa de César Lévano, nuestro director, ha sido motivo de congoja para él, su familia, compañeros y amigos, pero al mismo tiempo ha dado lugar a grandes y hermosas expresiones de solidaridad que nos conmueven, nos obligan a ser siempre también solidarios y alientan nuestra fe en la especie humana.

| 04 setiembre 2011 12:09 AM | La Primera Palabra | 1.5k Lecturas

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Ese calor humano, esa capacidad de ser solidarios, nos lleva a reflexionar sobre las grandes reservas morales y humanas que alberga nuestra sociedad.
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Lévano ha recibido no solo el abrazo solidario de este diario, de los ejecutivos, periodistas y demás trabajadores de esta empresa editora, que han cerrado filas para mitigar su dolor, como lo hicimos para defenderlo de oscuras amenazas o para compartir con él momentos cumbres de su trabajo intelectual.

A él le han puesto el hombro fraterno, en el difícil y lamentable momento que atraviesa, miembros del Gobierno, funcionarios de todos los niveles, la Alcaldesa de Lima, dirigentes sindicales y sociales con sus banderas al viento, intelectuales, artistas, ciudadanos sencillos y otros peruanos de bien, que en estos días de dolor han estado a su lado, recordando a Natalia.

Dentro de toda la tristeza de verse privado de la compañera de toda una vida, Lévano ha sentido palabras y gestos de aliento y apoyo en el duro trance, así como de admiración por la enorme dignidad y grandeza con la que, en su columna de ayer, expresó, más que dolor, el inmenso amor por la amada arrebatada, un amor eterno, inmarcesible, que supo pasar todas las pruebas, para ejemplo de las nuevas generaciones.

Ese calor humano, esa capacidad de ser solidarios, nos lleva a reflexionar sobre las grandes reservas morales y humanas que alberga nuestra sociedad, virtudes que se impondrán, sin lugar a dudas, a los problemas y lacras que ella padece.

Son esas cualidades las armas principales del país, más importantes que leyes implacables y sanciones ejemplares, para derrotar a los males del Perú y construir una sociedad justa y fraterna, en la que el altruismo sea valor supremo y campo fértil para el amor y la vida.

En la lucha por esa meta irrenunciable, Natalia acompañó siempre, leal y tesonera, a César Lévano, apoyándolo en todas las situaciones, en la firme convicción compartida de que son posibles un país y una patria mejores y en el amor imposible de ensombrecer que los unió durante toda una vida.

Que César tenga la seguridad absoluta, de que, si bien nada le evitará el dolor de la gran ausencia de Natalia, tendrá siempre a su lado a quienes trabajamos con él en este diario, a quienes se conmueven con sus columnas y sus convicciones tenaces y a todos aquellos que creen en la solidaridad y el amor como valores supremos que diferencian al ser humano de las demás especies.


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