Sí, hay un complot

Hay quienes piensan que sí, que hay un torvo complot contra la democracia, el sistema de elecciones y libertades. Pero es un complot impulsado desde el poder, por los que gobiernan para los menos y provocan así conmociones que después se hacen incontrolables, con pérdidas de vidas que dejan heridas difíciles de cerrar; por quienes entregan los recursos naturales, patrimonio de todos, sin políticas de protección de los intereses nacionales; por quienes desamparan, en fin, a los ciudadanos que dieron sus votos por un cambio, aunque fuera moderado, y hoy mastican la cólera del engaño, tan dura de digerir.

| 05 julio 2009 12:07 AM | La Primera Palabra |471 Lecturas
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“La arrogancia se traduce en palabras provocadoras, despectivas e hirientes, que pretende llamar minorías a las grandes multitudes que salieron a solidarizarse con los indígenas de Bagua.”
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El complot tiene también como ingredientes la arrogancia que impide a los gobernantes enmendar rumbos y concertar con la ciudadanía y sus organizaciones otra manera de manejar los destinos del país, para aliviar tensiones, puños crispados, disparos y más muertes.

Esa arrogancia que se traduce en palabras provocadoras, despectivas e hirientes, que pretende llamar minorías a las grandes multitudes que salieron a solidarizarse con los indígenas de Bagua y que casi a diario paralizan labores, gritan sus exigencias por diversos justos de la geografía peruana. Esa arrogancia que pretende declararle la guerra a quien no piense con quien se cree dueño absoluto de la verdad y del país y cruzado de una causa que cada día pierde más terreno en nuestro vecindario latinoamericano y en el mundo.

Por si no bastaran esos ingredientes para un complot contra la democracia, los conspiradores le acaban de añadir otra dosis de provocación a la dignidad ciudadana y de desprecio por el sentimiento indignado de los peruanos contra la corrupción, cuando el personaje insignia de esa lacra va camino a casa, al muelle disfrute de la detención domiciliaria, y el mayor caso de corrupción de los últimos años va quedando en la impunidad absoluta.

El complot nos ha llevado a vivir esta semana tres días de marchas de protesta y paros regionales que exigirán cambios, una recomposición del gabinete que no aguanta más dudas y otros reclamos que, independientemente de que puedan algunos parecer extremos, la prudencia aconseja enfrentar con el diálogo y la flexibilidad ante el clamor ciudadano.

Lamentablemente, otra vez no es esa la respuesta. Otra vez la autosuficiencia de quienes no aprenden que con bala y gases lacrimógenos no se resuelven los conflictos, hablan de ilegalizar, de sacar a la policía y a las Fuerzas Armadas a someter a quienes protesten. Y nuevamente la amenaza de más dolor y más tristeza se cierne sobre la patria. El complot de quienes, desde el poder, no aprecian no toman en serio la democracia, sigue avanzando.

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