Renuncias para meditar

Al cierre de esta edición la ciudadanía esperaba la renuncia del segundo vicepresidente de la República, a quien no le quedaba otro camino que dar ese paso al costado que el Jefe de Estado se ha visto precisado a pedirle públicamente, por aferrarse al cargo pese a la escandalosa situación en la que se ha visto envuelto, afectando la imagen de todo el gobierno, por la grave inconducta en la que habría incurrido, al reunirse con altos oficiales de la Policía y dos allegados a tratar temas ajenos al ámbito de sus responsabilidades.

| 08 noviembre 2011 12:11 AM | La Primera Palabra | 1.2k Lecturas
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El pedido equivale a un retiro de la confianza presidencial, que no deja otro camino que la renuncia a la vicepresidencia. Siendo la única misión de esta reemplazar al mandatario por ausencia y por imposibilidad de que lo haga la primera vicepresidente, mal podría la cuestionada autoridad cumplir esa misión sin contar con la confianza del Presidente de la República, que además ha ratificado la decisión de no proteger al personaje.

Resulta insólito y lamentable que el Jefe de Estado se haya visto precisado llegar a tal extremo, por la resistencia del emplazado, a asumir los costos políticos de su error –la investigación fiscal ayudará a determinar si hubo algo más- y alejarse decorosamente del Poder Ejecutivo.

El mandatario ha dicho que renunciar es una decisión que el segundo vicepresidente de la República debe tomar por sí mismo, a lo que habría que agregar que debe hacerlo para evitar más daño político al proyecto de cambio en democracia y para la inclusión.

Su conducta inadecuada ha dado pie a que los promotores y defensores de los regímenes corruptos celebren que el gobierno haya supuestamente perdido su principal bandera, la de combatir a la corrupción, que debe mantenerse en alto una vez superada la crisis con la renuncia reclamada.

Muy diferente es el caso de la renuncia de un conocido parlamentario de Gana Perú a la llamada megacomisión investigadora de la presunta corrupción del último régimen aprista, decisión asumida ante aparentes maniobras políticas o intentos de descalificarlo para impedir que presida la importante comisión.

Dueño de una límpida trayectoria de eficiente lucha contra la corrupción, el parlamentario prefirió preservar su dignidad a someterla al vaivén del tira y afloja de las pasiones y los intereses políticos.

Como él ha dicho, su retiro solamente puede contentar a los corruptos de la anterior administración, que rechazaban al renunciante por temor a su capacidad investigadora y moralizadora, miedo escondido bajo el argumento de que estaba descalificado para integrar la “megacomisión” por haber manifestado la convicción política y moral de que el anterior gobierno estuvo marcado por el estigma de la corrupción.

Tal argumento, esgrimido por el aprismo y el fujimorismo, equivale a sostener que no podrían investigar al pasado régimen más del 70 por ciento de los peruanos que, según variopintas encuestas, dicen que la corrupción fue el principal rasgo del gobierno aprista.

Es decir que solo podrían integrar la comisión referida quienes piensen que el régimen aprista era inmaculado o quienes se declaren imparciales o neutrales entre la corrupción y la moralidad.


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