Perfil de un caradura

Los periodistas, varios de ellos escandalosamente complacientes, ante los que el exministro aprista de Justicia despliega sus alegatos de su supuestamente virginal inocencia, no pueden evitar asombrarse ante lo que en castizo se llama cuajo, con el que el personaje trata de convertir la turbia negociación registrada en el audio grabado por la alcaldesa de Tocache, en un civilizado diálogo entre un abogado y un cliente; y de transformar su evidente oferta de usar grandes influencias en los poderes judicial y electoral –terreno penetrado por su partido y por resabios fujimoristas- en un tramo supuestamente mutilado de una conversación en el que había aconsejado con sabiduría y probidad jurídica a su interlocutora.

| 27 noviembre 2012 12:11 AM | La Primera Palabra | 788 Lecturas
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El engolado político ha hecho casi perder la paciencia con esa actitud a más de un entrevistador, además, cuando al ser inquirido sobre los 50 mil nuevos soles que pedía a la alcaldesa, imposibilitado de negarlo ante la evidencia, responde con desparpajo que él es “un buen abogado” que valora su trabajo y tiene derecho a fijar sus honorarios como le parezca y que la Sunat, oiga usted, se lleva el 30 por ciento.

Ya tiene una rutina, porque de allí pasa a amenazar con un juicio a la alcaldesa, porque, horror de horrores, ella lo ha grabado, casi abusando de su inocencia angelical de abogado regresado a las lides leguleyescas después de diez años de inactividad.

Salvo los complacientes, esos que terminaron con un simple y casi reverencial “muchas gracias doctor” y que gustan de darle espacio como supuesto analista objetivo de la política nacional, la mayoría de los periodistas ha debido terminar el encuentro murmurando calificativos que no se pueden reproducir.

El espectáculo dado por quien fuera operador del aprismo en los tribunales hizo también recordar que apeló al mismo desparpajo tras el fracaso del también turbio indulto otorgado a un corrupto empresario de televisión puesto en la calle por el jefe del último gobierno aprista con el argumento de que estaba muy grave y no podía estar más en prisión, pero que luego apareció con una envidiable salud de hierro y tuvieron que volver a encerrarlo.

Entonces trataba de convencer, primero, de que el procedimiento del indulto y los dudosos certificados médicos utilizados para el indulto estaban hechos conforme a ley, y luego, de que él, que había avalado todo el trámite, nada tenía que ver, aferrándose al cargo hasta el extremo que tuvieron que echarlo.

El mismo cuajo, en fin, con el que, disfrazado de altruista y defensor de la ley, aboga sin bochorno por otro indulto y turbio, el del exdictador de los 90 que, como el empresario aquel, jura que está grave solo para lograr impunidad.

La misma cara dura que seguro mantendrá cuando enfrente la investigación que le ha abierto la fiscalía anticorrupción por posible tráfico de influencias y otros delitos.


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