Libertad de expresión

Las recientes declaraciones del presidente electo sobre el tema crucial de la libertad de expresión ha dado lugar a reacciones extremadamente susceptibles del bloque de medios que ha demostrado preferir el retorno de la dictadura, negación de las libertades, a que en el país haya cambios sociales que superen el peor de los atentados contra los derechos ciudadanos: la pobreza y la exclusión.

Por Diario La Primera | 01 jul 2011 |    

Fue en su visita a Ecuador que el elegido por la mayoría nacional para gobernar por cinco años, expuso sus concepciones en torno al tema: respeto pleno a los medios, certeza de que ya no pueden decidir una elección y convicción de que la libertad de expresión debe ser para todos y no solo para unos cuantos.

Tal reflexión, moderada y democrática, que podría ser perfectamente compartida por gobernantes de las democracias europeas, plantea a nuestro entender la necesidad de abrir nuevas alternativas para la comunicación, más allá del ámbito estatal y empresarial, para que puedan expresar sus mensajes y puntos de vista sectores que carecen de esa posibilidad.

Semejante objetivo ha sido planteado por todos aquellos que, lejos de cualquier ánimo radical o totalitario, consideran la necesidad de democratizar la comunicación, para que esté al alcance de las mayorías, sin afectar a los medios privados existentes, lo que puede hacerse efectivo con las grandes posibilidades que abren conquistas tecnológicas como la televisión digital.

Las reacciones motivaron nuevas preguntas al presidente electo en Bogotá y la respuesta fue ratificar el respeto a la libertad de expresión y la invocación a respetarla y cuidarla, lo que compete sobre todo a los propios medios, lo que motivó nuevas susceptibilidades, pese a que, evidentemente, alude a la necesidad democrática de que los medios se abran a todos los sectores, a la ciudadanía; algo que todas las sociedades esperan de la prensa.

Lo irónico es que las tensas advertencias que pretenden ver señales preocupantes o peligrosas en las palabras del presidente electo y las inflamadas proclamas de defensa de la libertad de prensa, parten de quienes han sido cómplices, al menos con su silencio, frente a un incidente que para muchos constituye un acto de censura; es decir el cierre de un sintonizado programa de televisión cuya conductora había mantenido actitudes discrepantes con el medio en el que trabajaba, con el poder gubernamental y con el fujimorismo.

Sin entrar en consideraciones sobre la decisión empresarial de prescindir de los servicios de la periodista, el hecho amerita reflexiones por su importancia política y social. Y, sobre todo, resta autoridad moral a sus autores y defensores, para pontificar sobre la libertad de prensa.

Quienes están de acuerdo con defenestrar y silenciar a una importante líder de opinión no son precisamente un ejemplo de ejercicio cabal y principista de la libertad de prensa, que debe ser defendida integralmente, sin medias tintas, como valor esencial de la democracia.


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