La Primera Palabra

Estábamos optimistas porque, pese a la sangre y las lágrimas por los muertos de Bagua, se había comenzado a pacificar la Amazonía, se había por fin abierto el camino de la distensión y el entendimiento; de la flexibilidad y la generosa apertura a escuchar el clamor ciudadano; de la autocrítica y de la rectificación; de dejar atrás, en fin, la arrogancia, el atropello y la diatriba provocadora, para dar paso a una positiva rectificación, en aras de la paz, la gobernabilidad y la democracia, que se pone en riesgo en cada irresponsabilidad de quienes manejan el poder.

| 22 junio 2009 12:06 AM | La Primera Palabra |397 Lecturas
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Como parte de esa sensación positiva, los indígenas amazónicos ahora son vistos con admiración por su anuencia al llamado de la paz y su disposición, tan valiente como su lucha, a dejar atrás agravios y buscar el entendimiento al que había invitado, plausiblemente, el gobierno, hasta firmar un acuerdo de distensión que hizo posible que el Congreso dejara de ser sordo al clamor selvático y anulara los decretos de la discordia.

La tranquilidad duró sin embargo poco porque, cuando todos, incluso los amigos del Ejecutivo, aconsejaban y esperaban un cambio de gabinete ministerial o de, al menos, algunas de sus figuras más desgastadas por la crisis amazónica, retornaron el atrincheramiento, la pose y la frase desafiantes, el exceso verbal y la provocación, para invitar otra vez a confrontarse entre peruanos, quien sabe con qué fines.

No ha sido lo más pertinente ni lo más responsable retar a la censura parlamentaria como ruta para los cambios, en lugar de hacerlos autocríticamente o, mejor aún, concertadamente, como pieza clave de un control de daños que garantice la estabilidad del país en los dos años que le queda a la administración presente. Ha sido más bien una apuesta riesgosa, pues las fuerzas políticas y sociales que quieren cambios y atención a sus reivindicaciones, pueden asumir que sólo lograrán ser atendidas mediante la confrontación, el bloqueo, la lucha sin cuartel.

La idea de que los riesgos de más conflicto y más fratricidio se alejaban parece pues desvanecerse con la actitud presidencial. Esos peligros permanecen agazapados, listos para volver a saltar sobre el país y sus gentes, ayudados por la falta de humildad y autocrítica de quienes han pasado otra vez del lenguaje de paz y reconciliación al desgastante del pleito y la intriga, acaso sin medir las consecuencias de su endurecimiento contra todo aquello que no sea acatar a pie juntillas lo que diga el gobierno, un endurecimiento acompañado de manidas acusaciones que, por lo repetidas, suenan cada vez más vacías y carentes de verdad.

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