La mentira como consigna

La confirmación de la identidad del criminal “William” ha echado por tierra la campaña que, con furor inusitado, habían desatado los remanentes de la dictadura de los 90, con el inocultable afán de poner en duda el proceso de democratización y de cambio que tanto le ha costado al pueblo del Perú.

Por Diario La Primera | 09 set 2012 |    

Aferrados a una identificación inicial y sin confirmación del terrorista abatido por las fuerzas armadas y policiales en el Vraem, esos elementos afirmaron sin ambages que su nombre estaba entre las víctimas de la violencia pasibles de recibir el pago de una reparación, como recomendó la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, y como corresponde.

Presurosos, construyeron a partir de allí un brulote, con la mentira y el rencor como ingredientes de un cóctel que ofende a la dignidad, para llegar a la arbitraria y desvergonzada conclusión de que había quedado probado que la CVR había hecho pasar como víctimas a los terroristas.

Una de las portaestandartes de esa ofensiva totalitaria fue acogida por medios de comunicación, cómplices o complacientes, con la conjura y sostuvo con total falsedad que el informe de la CVR acreditaba a “William” como desaparecido por las fuerzas militares y policiales.

Algunos comunicadores le permitieron sostener la mentira, sin replicar, cuando era evidente y público que el nombre que inicialmente se atribuía a Wiliam figuraba más bien secuestrado (es decir “levado”) por los senderistas –que practicaban el inmoral reclutamiento forzoso, como la fracción armada del Vraem- hace más de 20 años.

El final, ya lo han dicho analistas de diversas posiciones, iba más allá de intentar de echar abajo el bien ganado prestigio de la CVR; era lograr el imposible de hacer creer al país que no hubo violaciones de derechos humanos bajo aquella dictadura, y que, por tanto, el jefe de aquel régimen no habría cometido los crímenes atroces por los que fue condenado por la justicia.

De ahí a sacarlo de la cárcel, el sueño de quienes rinden culto a la impunidad, no mediaba sino un paso; un paso que hundiría al Perú en la vergüenza ante los ojos de la humanidad.

Felizmente para la democracia que defienden los ciudadanos de honor y de bien, la conspiración se derrumbó cual castillo de naipes, pero nadie duda que los añorantes de la dictadura, del crimen y la corrupción, tendrá siempre algo que inventar para lograr sus torvos propósitos.


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