Inseguridad

La inseguridad de las calles de Lima y otras ciudades peruanas está llegando a exceder todos los límites, sin que los encargados de velar por la tranquilidad y la paz de los ciudadanos atinen a hacer algo efectivo para poner fin al problema, y con el principal responsable, el presidente de la República, resignado y hasta casi rendido ante el evidente fracaso de su administración en este terreno, y una vez más haciendo la promesa de mejorar en algo la situación, cuando apenas le queda un año como inquilino del Palacio de Gobierno.

Por Diario La Primera | 25 jul 2010 |    

La capital se ha convertido en un caótico escenario en el que cada día se cometen cien robos y hurtos, según cifras de la propia policía y que, con seguridad, sólo incluyen las denuncias presentadas por los afectados en las comisarías. Es decir que, si sumamos a ese récord los robos cuyas víctimas prefieren evitarse problemas y no llegan a presentar la denuncia, podría fácilmente triplicar al cifra de diez mil casos contabilizados apenas en los tres primeros meses del año.

Los casos de incompetencia, abusos y corrupción y la carencia de estrategias y medios adecuados para enfrentar al crimen, han puesto en muy mal pie a la policía ante los ojos de la ciudadanía, pese a que ciertamente sus autores tienen nombre propio y deben ser sancionados sin afectar la dignidad de la institución policial.

El problema es de magnitud tal que es uno de los principales factores por los que, según una encuesta del Instituto de Opinión Pública de la Pontificia Universidad Católica, parece haberse detenido el tradicional fenómeno de la migración provinciana que ha convertido a Lima en una urbe elefantiásica que concentra un tercio de la población nacional. Los habitantes de otras regiones ya no quieren venir a Lima, atemorizados por la criminalidad que la ciudad soporta casi indefensa.

La inseguridad no debe dar pie a supuestas soluciones brutales o ilegales como los escuadrones de la muerte cuya actividad ha sido denunciada en la ciudad de Trujillo en varias oportunidades, ni en actitudes policiales alteradas que conviertan a todos los civiles en sospechosos, sino de políticas serias y consistentes, ejecutadas por personal capacitado y con salarios al menos decorosos, y con acciones que cuentan con la indispensable participación de la ciudadanía.

Urgen soluciones, porque si la situación sigue agravándose ahuyentará al turismo, a las inversiones y a los propios habitantes de la Patria, que se desangra con una incesante emigración masiva de quienes, además de la pobreza y el desempleo, sienten que salir a la calle a buscarse la subsistencia va convirtiéndose cada vez más en una aventura en la que se juegan a diario la vida.

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