Indignante

La indignación que sacude al país por la nueva ofensa de un vecino que, una vez más, como siempre, persiste en ser hostil y en no querer nuestra amistad, podría llegar a extremos, si quienes nos gobiernan no se comportan a la altura de las circunstancias y dejan ya el absurdo discurso de que hay que salvar a como dé lugar una inexistente relación de hermandad, a la que insistían en invocar los inconscientes gobernantes, incapaces de medir la magnitud de un agravio ni de reconocer el momento de golpear la mesa con el puño y crispar la voz para hacerse respetar.

| 15 noviembre 2009 12:11 AM | La Primera Palabra | 517 Lecturas
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La respuesta debe ser drástica y rotunda. Que el ofensor, que se esconde como avestruz o tras la careta del cinismo, en un desmentido que nadie cree, sepa que todo tiene un límite y que se acabaron los días en que podía ver este país como su chacra, su campo para hacer negocios, facilitados por regímenes serviles o al menos pusilánimes, que hacían un coro cínico a los reclamos mapochinos de olvidar el pasado, como si un país pudiera dejar de lado su historia, como si un hombre pudiera dejar en el olvido a sus ancestros.

Que el vecino que nos ha agraviado sepa que nuestra amistad se gana con respeto, que con este pueblo no se juega; pero que lo sepan sobre todo quienes circunstancialmente dirigen los destinos del Perú, que en este tema no pueden volver a sus tretas y manipulaciones. Cuidado se pongan a jugar con la indignación ciudadana en función de bastardos objetivos políticos y sucios objetivos electorales.

Si quiere estar a la altura de este pueblo, el gobierno de aquí en más debe olvidarse de la idea de que las diferencias pueden congelarse y guardarse y hasta olvidarse, que la historia puede dejarse en un desván. La bofetada de Santiago tendría que haberlo vuelto a la realidad de una historia jalonada de puñaladas arteras de una elite chilena que jamás se ha identificado con sus vecinos, que sólo se ha acercado a ellos para aprovecharse o para tomar ventajas.

Había que ser ciego para pensar que se podía tener amistad sincera y “moderna” con negocios de “mutuo beneficio”, de una casta expansionista, civil y militar, que celebra como grandes glorias la guerra de rapiña por la que mutiló el territorio peruano y dejó a Bolivia enclaustrada y sin mar; la misma que sirvió a Inglaterra en su guerra contra Argentina, la misma que ahora adula a Argentina porque necesita de su gas.

Sin ser conformistas, repetimos aquello de que no hay mal que por bien no venga, pues a raíz de este repudiable caso de espionaje, ya sabemos, por si lo hubiéramos olvidado, a qué atenernos con el vecino del sur. Así que no nos vuelvan a hablar de las “cuerdas separadas”, que en adelante será como hablar de la soga en casa del ahorcado.


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