Hora de serenidad

Cuando aun hay dos policías desaparecidos en el monte y las fuerzas combinadas siguen tras el grupo subversivo que secuestró a los trabajadores que daban servicios al gasoducto de Camisea, es el momento de la serenidad y no del oportunismo, las precipitaciones o la frivolidad.

| 17 abril 2012 12:04 AM | La Primera Palabra | 1.6k Lecturas
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Es lamentable que ese tipo de actitudes comiencen a proliferar, por parte de quienes quieren aprovechar la situación para golpear al adversario político y desmerecer sus logros, ganar presencia pública o titulares o simplemente perorar para impresionar al auditorio.

Son agoreros que dicen saber lo que en realidad ha sucedido, supuestos analistas que quieren ajustar la realidad a sus preconceptos o hasta jueces que pretenden decidir si lo que se está haciendo contra la subversión está bien o mal.

Hay también entre ellos quienes ofician de confidentes de embajadas extranjeras y buscan hacer méritos ante estas repitiendo como papagayos los criterios de sus empleadores sobre el problema de la subversión y el terrorismo.

Resulta curioso que muchos de esos personajes han ocupado cargos ministeriales o militares en gobiernos anteriores, habiendo fracasado ante la persistente actividad de los remanentes senderistas establecidos en el Vrae; fracaso que se evidencia, por si faltara mayor prueba, en el atrevido zarpazo de Kepashiato. Y pese a ello, sin rubor ni recato, en vez de guardar digno silencio, pretenden dar las recetas perfectas.

Es más deplorable aún que tales actitudes proliferen cuando el condenable episodio del secuestro y la libertad de los rehenes no ha terminado y las operaciones de persecución de los secuestradores continúa.

Esa debe ser la prioridad, sin dejar de reflexionar, con serenidad y objetividad, sobre la situación y el carácter del fenómeno subversivo, atendiendo todas las posiciones, escuchando todos los puntos de vista y todos los aportes, con criterio amplio y en aras de un consenso para enfrentar el problema.

Ese consenso debe apuntar no solo a extirpar la violencia y la muerte de nuestro territorio, sino, sobre todo, a eliminar las causas profundas, sociales y económicas, que, de una u otra manera, han dado lugar a la situación que padecemos.

Al respecto, mucho se ha hablado sobre la necesidad de la presencia del Estado en territorios abandonados y sumidos en la pobreza y otros males seculares, algo que suena sencillo, pero que implica mucho más que instalar oficinas públicas en el Vrae, pues requiere más bien políticas profundas que hagan que el Perú sea un país donde imperen la inclusión y la equidad para darle mayor contenido y mayor solidez a la democracia.


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