Hay que cuidar el diálogo

El diálogo abierto por dos prestigiosos representantes de la Iglesia Católica va dando los primeros pasos de un largo camino hacia la paz y la concertación que, si bien se perfila complejo, constituye la única alternativa para el retorno de la tranquilidad y la preservación de la democracia.

| 11 julio 2012 12:07 AM | La Primera Palabra | 720 Lecturas
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Esos primeros pasos han sido modestos y en los hechos se han limitado a escuchar los puntos de vista de los cajamarquinos que se oponen a Conga, así como sus demandas, y los han transmitido al Presidente de la República, que a su vez ha decidido formar un equipo a cargo del ministro de Justicia, para continuar el proceso.

Tampoco los pasos siguientes son lo que podría llamarse espectaculares, aunque sí importantes: los facilitadores visitarán las lagunas cajamarquinas que la corriente anti-Conga considera amenazadas por el proyecto, y se entrevistarán con la organización recientemente formada para apoyar la ejecución de Conga. Es que se trata de hablar con todos los actores, según advirtieron al iniciar su tarea.

Han dejado en claro además que a ellos no se les puede cargar la responsabilidad de solucionar el conflicto, pues debe llegar el momento en que las partes dialoguen directamente y acuerden esas soluciones.

Y, como bien dicen los facilitadores, hay que armarse de paciencia, porque no será posible que los resultados lleguen pronto; aunque los necesitemos con urgencia para superar la tensión en la que mantiene al país.

A la prensa, a la ciudadanía y sus organizaciones y partidos, a los gobernantes y a la empresa involucrada, les corresponde la responsabilidad de cautelar el diálogo, de las acechanzas de posiciones extremas de uno y otro signo, que creen inevitable la confrontación y para ella se preparan o, peor aún, que apuestan por el enfrentamiento como forma de imponer sus posiciones. Algo sumamente peligroso.

Harían bien los protagonistas del conflicto y del diálogo, en abstenerse de acciones y declaraciones que perjudiquen al diálogo, que exacerben otra vez los ánimos y nos vuelvan a poner al borde del abismo.

Una acción de fuerza innecesaria, una palabra de más, pueden ser fatales para el diálogo naciente. Hace falta en cambio dejar sin efecto todo lo que pueda entorpecer el diálogo, que necesita de la responsabilidad de gobernantes y gobernados, los que deben haber aprendido que por la fuerza no hay solución, sino muerte y más conflicto, por más que digan lo contrario los patrocinadores de la mano dura y la violencia.

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