Feliz desenlace

Para este diario es motivo de satisfacción el haberle evitado al país, con la alerta temprana lanzada desde estas páginas, el sufrimiento de ver otra vez derramada la sangre de peruanos en un nuevo enfrentamiento absurdo motivado por un conflicto que, al fin y al cabo, ha comenzado a solucionarse en un terreno en el que ya estaba encarrilado y del que nunca debió salir, el de la contienda administrativa, legal y jurídica, más allá de los apasionamientos y las ambiciones de intereses privados que muchas veces manipulan a los mecanismo coercitivos del Estado, como la policía, en función de sus objetivos particulares, aprovechando la precariedad institucional de nuestro país, que propicia flagelos propios de una república bananera, como el compadrazgo o, peor aún, la sucia corrupción.

| 18 octubre 2009 12:10 AM | La Primera Palabra | 380 Lecturas
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La paz en la Cooperativa Agraria Azucarera Andahuasi es un logro de la decisión de sus trabajadores, del sentido común de sectores de la sociedad y el gobierno que optaron por la sensatez y, en palabras del primer ministro, Javier Velásquez, se negaron a que la policía fuera usada (o se dejara usar irresponsablemente) “como carne de cañón” en un desalojo absurdo y fratricida que los trabajadores iban a resistir dramáticamente, por considerar que sus derechos estaban siendo conculcados, y que sólo iba a traer sangre, dolor y resentimiento irremediables, deteriorando aún más la ya crítica situación social y política del país. Como advertimos al denunciar la inminencia de la operación, para la que había sido movilizado un gran contingente policial con blindados y hasta helicópteros, cualquier parecido con los días previos a la negra jornada del “baguazo” de ninguna manera era una coincidencia.

El peligro era real y gravísimo. Y estaba oculto, ajeno a la atención de la gran mayoría de los medios, confundidos por los escándalos de todo jaez y la grandilocuencia triunfalista de quienes, desde el poder, insisten en hacernos creer en un país ficticio. LA PRIMERA tuvo el acierto humilde de cumplir su línea de crítica constructiva y hacer público el inminente riesgo, advirtiendo lo que nos podía pasar a todos -porque cuando se derrama sangre peruana el país entero sufre- si no parábamos la insensatez de quienes pretenden usar la violencia como receta ante los conflictos sociales, como si la realidad no les hubiera dado ya incontables lecciones de que esa receta no sirve para nada.

Es ese el motivo de la satisfacción que sentimos, lejos de la autocomplacencia, por un desenlace pacífico y sereno, que alienta y ratifica nuestra decisión de mantener esa línea, al servicio del país y de la ciudadanía.


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