¿En nombre de Dios?

Invocar el nombre de Dios para un acto innoble es lo que a lo largo de la historia han hecho los fariseos de toda laya; y es lo que, lamentablemente y atentando contra la dignidad de su investidura, la de un príncipe de la Iglesia, ha hecho el Arzobispado de Lima, al condenar al destierro a uno de los peruanos más apreciados por la sociedad civil, un hombre que ha dado prestigio y autoridad a la Iglesia Católica con una vida entera dedicada a los demás y sobre todo a los humildes.

| 19 mayo 2012 12:05 AM | La Primera Palabra | 850 Lecturas
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No otra cosa es el acto perpetrado por el Arzobispado que maneja el Cardenal, de proscribir o desterrar, en términos religiosos, a Garatea, al no renovarle la licencia eclesial que lo autoriza a oficiar la misa y dar la comunión en Lima. Los voceros del agresor ya han dicho, sibilinamente, que no hay ninguna prohibición, que el sacerdote puede irse a otra región o, en último caso, oficiar misa a solas, sin fieles.

En un primer momento, con altanería, el Arzobispado se limitó a decir que tiene atribuciones para tomar una medida como la denunciada y agregó ataques a quienes defienden al agraviado.

Pero ante la magnitud de la reacción de la sociedad, incluyendo no pocos sacerdotes y religiosas, ha tenido que mostrar motivos, principalmente opiniones del sacerdote contra el celibato y a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo.

Garatea lo ha desmentido en forma rotunda, pues de ninguna manera cuestiona el celibato –lo que no debería escandalizar a nadie, en una Iglesia democrática- y solo ha dicho que la unión entre homosexuales podría estar amparada en un contrato, formar una unión civil, algo en lo que está de acuerdo el obispo emérito Luis Bambarén, insospechable de extremismos, herejías ni infidelidades a la Iglesia.

El contundente repudio a la afrenta contra un religioso que es ejemplo de solidaridad y calidad intelectual, se ha traducido en el rechazo al autoritarismo del Cardenal y en su aislamiento.

Solo lo acompañan algunos oscuros personajes, como un exministro cuyos blasones se miden en su intento de dejar impunes a los violadores de derechos humanos o justificar la nada cristiana esterilización masiva y forzosa de mujeres del pueblo durante el fujimorismo.

Haría bien el Cardenal en practicar esas grandes virtudes cristianas que son la humildad y el arrepentimiento, así como el propósito de enmienda, para escuchar a la grey. Ojalá y fuera capaz de tanta grandeza.


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