El sur nos duele

Hombres mujeres y niños, hartos de tanta desidia criminal, de tanto olvido punible y de tanta arrogancia irresponsable, se lanzaron ayer a tomar calles y carreteras en el llamado sur chico, indignados pero pacíficos, sin que la policía, enviada, como en Bagua, a detener un torrente imposible de parar, pudiera hacer mucho para impedirlo.

Por Diario La Primera | 16 agosto 2009 |  463 
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Exigían lo elemental, que el Estado al que obedecen cumpla su deber de asistirlos, como creen, con razón, que les corresponde, por haber sufrido hace dos años la desgracia de que la naturaleza, que les arrebató a muchos las vidas de seres queridos, acabara con sus viviendas y los lanzara a la intemperie o a cobijarse en carpas, o en chozas de cartón o esteras o, los más afortunados, en estrechos módulos supuestamente provisionales.

Exigían escuelas para sus hijos, hospitales donde curarse, comisarías, en fin, todo aquello que corresponde a una sociedad civilizada. Pero, sobre todo, reclamaban el cumplimiento de la locuaz y florida promesa de que no habría olvido para las víctimas de la catástrofe del 15 de agosto del 2007, y que habría hasta ciudades ejemplares, futuristas y felices.

La realidad ha sido otra y, más allá de las responsabilidades que cada cual deberá asumir política y quien sabe también judicialmente -por ejemplo, por el uso dado a las generosas donaciones extranjeras, de las que nadie quiere dar cuenta-, el problema, como en la Amazonía en crisis, como en el VRAE presa del terror, es la falta de presencia del Estado, que, en nombre de políticas en declive en todo el mundo, ha sido mutilado en sus obligaciones y posibilidades, al extremo de que asistamos al sainete de ver a nuestras autoridades hacer el viejo juego del gran bonetón, culpándose una a otra de lo ocurrido, con un pintoresco ministro haciendo la solemne promesa, como si las promesas no estuvieran devaluadas, de que, ahora sí, el próximo año, habrá reconstrucción.

Y para completar el cuadro, cual ópera bufa, un legislador oficialista de maneras caninas, diciendo, suelto de huesos, que el problema es que la gente quiere que le regalen casas y eso es supuestamente inadmisible. Como si dar un techo a los pobres de Ica, Pisco, Chincha y Cañete, que apenas sobreviven, sin empleo y sin horizontes, no fuera una obligación ética y social. Como si proteger a sus ciudadanos no fuera la primera y última finalidad de un Estado cuya debilidad y ausencia pueden terminar poniendo en peligro su propia existencia, aunque, por cierto, los peruanos bien nacidos no lo permitirán jamás, como no permitirán que los hermanos del sur, cuya situación nos duele y nos indigna a todos, sigan sufriendo tanto maltrato injusto.

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