Diálogo y paz

La sangre derramada en Madre de Dios motiva dolor e indignación entre la ciudadanía que, antes que buscar culpables y exigir un deslinde de responsabilidades, lo que deberá hacerse en su momento, clama por una inmediata pacificación y por un diálogo que busque soluciones al conflicto desatado en ese territorio de la geografía nacional.

| 16 marzo 2012 12:03 AM | La Primera Palabra | 893 Lecturas
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La muerte y la violencia desatadas ameritan un grande, urgente e imprescindible esfuerzo, teniendo en cuenta la extrema gravedad de la situación y las posibilidades de que empeore y se agrave todavía más. No debe, por tanto, descartarse una mediación de instancias humanitarias, que intente acercar posiciones entre las partes.

El esfuerzo de ninguna manera significa retroceder en el objetivo de erradicar la minería informal, que tanto perjuicio causa a la economía nacional y tanto daño ocasiona al medio ambiente, por sus prácticas depredatorias del entorno.

Es sabido además que esa modalidad de actividad minera somete a quienes trabajan para ella a condiciones laborales de extrema explotación y virtual esclavitud, al servicio de poderosos intereses que se enriquecen con la labor de quienes sufren esas condiciones para sobrevivir bajo una grave inseguridad que no deben permitirse; como no debe tolerarse ninguna actividad que destruya el medio ambiente.

Atender el problema social de esos explotados, que son también víctimas de la llamada minería informal, debe ser parte de la solución del problema y además dejaría sin base social a los turbios intereses que manejan el negocio y azuzan el actual conflicto.

En estos momentos de tragedia y extrema tensión, no faltan las voces que claman por el endurecimiento policial y gubernamental e invocan para ello la necesidad de preservar el principio de autoridad, al costo que sea, por ser una conquista que al pueblo del Perú le costó lucha y sufrimientos.

Tal argumento es cuestionable, porque el costo puede resultar muy elevado y traducirse también en un considerable costo político, dañino para la administración gubernamental y para la democracia que debemos preservar por encima de todas las cosas.

Hay que tener en cuenta que el momento exige el máximo cuidado, para evitar caer en una espiral de confrontación que a nadie favorece, salvo a turbios sectores que, de una u otra forma, pretenden acabar con la democracia o restringirla al gusto de sus intereses.


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