Cuidado con el banquete

Cuando redactamos estas líneas aumentan las sospechas y los indicios de que la pregonada Descentralización Popular, uno de los pomposos anuncios del mensaje presidencial del 28 de julio, sobre el que ya ha opinado sabiamente nuestro director en su columna, tiende a convertirse en un festín del aparato partidario aprista; en una especie de caja chica electoral, así como en fuente de clientelaje político, al estilo de los viejos tiempos de la política que se resisten a dejarnos para dar paso a nuevas maneras, más éticas y altruistas de hacer política.

| 02 agosto 2009 12:08 AM | La Primera Palabra |530 Lecturas
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Si bien es en sí grave que el poder sea usado para hacer un festín sectario con los recursos del Estado y con las necesidades de los pobres y para innobles y antiéticos fines electoreros, también pueden ser graves las consecuencias de esa acción, habida cuenta que quienes manejan el país parecen no ser conscientes de que la ciudadanía está harta de la corrupción y ante la menor síntoma de manejos indebidos crece su indignación, lo cual no precisamente ayuda a la estabilidad que la democracia requiere y la sabiduría aconseja.

Porque un gobierno en el que grandes casos de corrupción como los de las compras malolientes de patrulleros o los trajines sucios de los petroaudios se diluyen en la impunidad, en el manejo soterrado pero torpe y evidente de la justicia para que ningún corrupto pague sus culpas, sólo puede concitar el repudio popular y dar lugar a la pérdida de apoyo a los gobernantes, hasta extremos que pueden llevar a situaciones indeseables, teniendo en cuenta que también hay desgaste en lo político y descontento que linda con la desesperación, en lo social.

Valgan otra vez los consejos a quienes manejan los destinos del Estado merced a un veredicto electoral que han tomado como patente de corso. No hay que jugar con fuego y más atinado es verse en el espejo de naciones vecinas en las que sistemas políticos basados en fuerzas tradicionales se han venido abajo como castillo de naipes, más por el descrédito de los gobiernos que por la ira popular desatada, la cual ha asomado nítida en las jornadas de protesta de junio.

Si no los mueve la ética y el afán de hacer un buen gobierno y una administración justa, al menos el instinto de supervivencia que tiene cualquier especie debería llevarlos a dejar de lado el intento de corrupción “horizontal” y generalizada con recursos supuestamente asignados para que grupos escogidos quién sabe cómo (y a todas luces entre partidarios del poder) los manejen cual festín desesperado.

A la gente se la puede impresionar con discursos y hasta engañar en forma reincidente. Pero todo tiene un límite y los ciudadanos pueden haber llegado al punto de no tolerar más ese juego.

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