Cinismo deplorable

Voces habituadas a la vieja práctica cortesana de la adulación y que sirvieron con celestinaje entusiasta a la podredumbre del pasado régimen, se han lanzado reptantes a la deplorable tarea de utilizar el escándalo que ha puesto al borde del precipicio al segundo vicepresidente, para convencernos de que la corrupción es inevitable signo de nuestros días y acompañante ineludible del libre mercado y la informalidad.

| 23 octubre 2011 12:10 AM | La Primera Palabra | 1.5k Lecturas
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En ese afán, pretenden comparar lo que ha sido una actitud torpe del citado personaje -si fue delictiva lo decidirá la justicia- con el caso de los “petroaudios”, que puso al desnudo ante los ojos del país el grado al que había llegado el cáncer de la corrupción –y de la impunidad, pues hasta ahora nadie ha sido castigado- en el anterior gobierno.

Con el obvio mensaje desmoralizador de que todos los gobiernos son corruptos y es imposible extirpar la corrupción, esas voces pretenden que son iguales un caso individual y aquella red de corrupción organizada cual cartel delictivo que había comenzado a disponer de la riqueza petrolera del país y se había lanzado con furor sobre licitaciones de hospitales y otras grandes obras públicas.

Esa red, no lo olvidamos, involucraba ministros y otros altos funcionarios, y alcanzaba al entorno presidencial y hasta tenía ramificaciones internacionales. Por eso aquel escándalo desencadenó una crisis ministerial de considerable magnitud y el régimen quedó por siempre marcado por el estigma de la corrupción, reeditando la historia del primer gobierno aprista.

Pretenden los mayordomos de la inmoralidad que lo ocurrido desestabiliza a la comisión investigadora de los posibles casos de corrupción del anterior gobierno, como si la inconducta –ética o delictiva, está por definirse- de uno de sus miembros pudiera desvirtuar a un grupo de trabajo que ni siquiera ha iniciado su labor y que casi con seguridad dejará fuera al protagonista del reciente escándalo. Como si la exigencia ciudadana de justicia, de sanción para los que saquearon al país, pudiera quedar en el olvido.

Pretenden las voces que motivan estas líneas, en fin, que el gobierno se olvide su promesa de combate principista contra la corrupción y se resigne a convivir con ella y a manejarla con resignación.

El mismo día que estallaba el escándalo, el Presidente de la República puso en evidencia que tal despropósito es imposible, al recordar que este gobierno fue elegido con la misión de librar una guerra a muerte contra la corrupción.

Por eso, reiteramos, el Jefe del Estado, al hacer el deslinde que el jueves puso el escándalo del vicepresidente donde debe estar, bajo investigación, señaló que por encima de todo está la lucha contra la corrupción. La ciudadanía no aceptaría otra cosa, como la que insinúan con cinismo los promotores de la impunidad.


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