Camino a la inclusión

La decisión de llevar adelante el cambio para la inclusión, para que los frutos del crecimiento, producto del trabajo tesonero de todos los peruanos, no sea más para unos pocos, se han impuesto a los intentos de utilizar situaciones coyunturales y aprovechar errores o inconductas aisladas, para detener el camino de la transformación que reclama la ciudadanía.

| 22 octubre 2011 12:10 AM | La Primera Palabra | 1.3k Lecturas
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Ha sido en la ciudad del Cusco, emblema de historia y de luchas sociales, donde el camino del cambio ha demostrado su fuerza, en la dirección de combatir con decisión la pobreza y bregar por la inclusión, en cumplimiento del mandato de las urnas y la decisión de la sociedad.

Allí ha nacido el Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social, como instrumento no solo de centralización coherente de los programas sociales, sino de una mutación de estos, con una visión que salga del mero asistencialismo que los ha caracterizado desde la década fujimorista, como herramientas de alivio a sectores desprotegidos, sin solucionar el fondo de sus problemas.

La directiva que ha dado el Jefe de Estado ha sido que los programas tengan ahora un contenido productivo, es decir que sus beneficiarios sientan que es su esfuerzo, su trabajo, el que los lleva a superar sus dificultades, que su situación ya no es la de marginados cuasi mendicantes que esperan la caridad estatal.

Es en ese contexto que debe entenderse la reflexión presidencial, de que en el Perú nadie debe morir más en situación de pobreza, y nadie tampoco debe terminar sus días sobreviviendo con lo que reciba de programas sociales de carácter asistencialista.

La reflexión coincide con la certeza de que el mejor programa social y la mejor manera de avanzar a la inclusión es asegurarles a los ciudadanos empleo decoroso y poner en vigencia plena sus derechos humanos económicos y sociales. Para ello hay que seguir trabajando, con realismo pero con determinación y sin pausa.

La jornada de la víspera ha servido además para reafirmar una nueva característica del proceso abierto el 28 de julio pasado: Su dirección contraria al secante centralismo del pasado régimen, que parecía prisionero del apoyo recibido en Lima y cuyo jefe solo visitaba provincias eventualmente y en rápidas incursiones, por cumplir.

Por el contrario, la nueva administración ha hecho una nueva demostración de su política de reconocimiento y atención al Perú profundo, a las regiones tantos años maltratadas.

Y lo ha hecho no solo al dar nacimiento al nuevo ministerio en el Cusco y tomar allí juramento a la titular del mismo, sino al celebrar en el distrito de San Sebastián una sesión del gabinete ministerial, algo insólito para el país centralista que debe terminar, según el mapa electoral dibujado por la voluntad popular.


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