Basta de sangre

Desde el Estado y desde la sociedad se multiplican las voces que claman poner fin a la violencia en los estadios, tras el abominable y horrendo asesinato que elementos criminales y desadaptados perpetraron el sábado último en el estadio Monumental, para dolor de los familiares y amigos del joven cuya vida, plena de futuro, fue absurdamente segada, y para vergüenza nacional de quienes nos resistimos a ser vistos como un país de salvajes sin ley ni aprecio por la paz.

| 27 setiembre 2011 12:09 AM | La Primera Palabra | 909 Lecturas
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Ha habido lamentos recurrentes, lugares comunes que se lanzan siempre después de una tragedia, para después olvidar el problema sin haberlo solucionado y ni siquiera tocado a fondo, pero la reacción de las autoridades, de todas las fuerzas políticas, los diversos sectores sociales, los hinchas, los medios de comunicación, ha sido unánime y parece ir en la dirección de ponerle remedio duradero al gravísimo problema.

Ya el gobierno ha anunciado una especie de cruzada para erradicar el salvajismo de los estadios y hacer que el deporte vuelva a ser una actividad fraterna y vital, en la que la pasión se vuelca en la competencia decidida, pero que es, por definición y naturaleza, todo lo contrario al odio y a la muerte.

La convocatoria tiene amplio respaldo, pero requiere, lo ha subrayado el primer ministro, del concurso de todos, incluyendo los empresarios y los clubes, que muy alegremente han dejado crecer el fanatismo prohijando por criminal error o por desidia las llamadas barras bravas, o alentando la violencia sangrienta con actitudes insultantes, matonescas e irresponsables, de las que no son ajenos inclusive algunos jugadores de fútbol que no entienden que este es una contienda de habilidades y no una guerra.

Errados estaríamos pensando que el problema se limita solamente al ámbito deportivo y al de las medidas de seguridad y mayor responsabilidades de los clubes y de todos quienes tienen que ver con el espectáculo deportivo.

La violencia en los estadios no se debe solamente a la ciega pasión seudodeportiva, pues tiene entre sus ingredientes a la delincuencia y el pandillaje, consecuencias estas de la pobreza, la falta de oportunidades y la ausencia de esperanzas.

La violencia, lamentablemente, se ha posicionado en la sociedad peruana, con diversas modalidades y contenidos y con una profundidad que pone en peligro la tolerancia y la convivencia civilizada, tras décadas de desprecio, irrespeto y atropello al otro; problema estructural que debe ser atacado con políticas inclusivas como las que están siendo priorizadas.

Un frente decisivo para que la paz sea conquistada y la violencia erradicada es ciertamente el de la familia y la escuela, donde padres y maestros deben inculcar los valores de aprecio y respeto por la vida que alejen a los niños y los adolescentes del camino de la violencia.

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