Rondó la tragedia

Impedidos de entrar a la tribuna, cientos se lanzaron contra el cerco policial que resguardaba espacios para los privilegiados que habían recibido pases. La Policía tuvo que ceder para evitar males mayores.

Por Diario La Primera | 30 jul 2010 |    
Rondó la tragedia
(1) Cientos de personas que no tenían pase trataron de ingresar a como dé lugar a las tribunas, rompiendo los cercos de seguridad y rebasando a la policía que cuidadaba la zona. (2) Como en feria, los ambuiantes vendieron de todo, desde chalinas rojas, globos, hasta las vuvuzelas.

La Gran Parada Militar congrega el interés de la ciudadanía, ávida por ver desfilar, una vez al año, a quienes el país ha dado armas para su defensa; interés que es mayor cuando algún familiar forma parte de los marciales hombres de uniforme que lucen su disciplina y decisión en la tradicional exhibición. Pero el acceso no es tan fácil y este año, una vez más, muchos fueron impedidos de ingresar a las graderías instaladas en la avenida Brasil, por no contar con pases de ingreso, repartidos generalmente entre empleados de ministerios, militantes apristas y allegados.

Mariana Quispe llegó la madrugada de ayer a Lima, desde Puno, para ver desfilar a su hijo, cadete de la Escuela Militar de Chorrillos, pero no pudo obtener el tan ansiado pase. Quispe reclamó a las autoridades por no dar entradas a todos los familiares de los cadetes y denunció que una gran cantidad de pases habían ido a dar a manos de conocidos y familiares de funcionarios y oficiales.

Eran muchos los que no tenían pases ni familiares influyentes que les facilitaran el acceso para disfrutar del desfile cívico, por lo que intentaban ingresar a alguna de las tribunas instaladas entre las cuadras 15 y 25 de la avenida Brasil, sin lograr su cometido.

Marina Salazar, una docente jubilada narró que ayer por tercer año consecutivo tentó suerte para poder presenciar el Desfile, sin lograr su objetivo.

Los que sí pudieron ingresar a las graderías ubicadas a los lados de la avenida fueron quienes, formando un compacto grupo que, sin importarles poner en riesgo su integridad y la de sus pequeños hijos, se enfrentaron a un reducido número de policías y militares para cruzar la barda de seguridad y entrar a las zonas reservadas para los invitados.

Más de un centenar de personas quebraron los controles de seguridad a la altura de la cuadra 18 de la avenida Brasil y, arrastrándose bajo las graderías y cercos metálicos, instalados como barreras de contención, lograron un lugar preferencial. Finalmente, militares y policías pudieron contener al público, cuando ya muchos se habían ubicado en las tribunas, con el argumento de que “el desfile es para todos”.

Vendieron de todo
Como en años anteriores, la Parada Militar congregó vendedores ambulantes, que esta vez ofrecieron como novedad al público -a tres por diez soles- las ya famosas “vuvuzelas”, las cuales se hicieron oír a lo largo de la avenida Brasil.

Otro negocio fue el alquiler de sillas en varios sectores de la mencionada vía para que el público pueda ver con mayor comodidad el paso de los uniformados, con precios que oscilaban entre cinco y 25 soles dependiendo la cercanía al palco presidencial.

Según Martín Sulca, quien ofrecía las sillas en alquiler, el desfile militar le dejo alrededor de 400 soles de ganancia. Fueron muy solicitadas las chalinas y gorras de polar, para aliviar el frío del invierno más crudo de los últimos años. Se vendieron en cantidad a lo largo de la avenida Brasil.

Los vendedores de comida también fueron muy requeridos, con una oferta de platos diversos, como hígado frito con yuca, papa rellena, hamburguesas, mazamorra y otros alimentos, así como té y café. Julia Tapia (60), llegó a la avenida Brasil en las primeras horas de la madrugada de ayer con su carretilla desde la zona de Canto Grande, en San Juan de Lurigancho, para vender bolsitas de rosquillas en actividades masivas para poder obtener un ingreso económico que le permita pagar las medicinas que controlen su mal de diabetes, así como mantener a su familia y darle de comer a los suyos.

“No hay SIS. Hablan de un nuevo seguro, pero eso es mentira o seguro solo llegará a un grupo de la población. Tengo que trabajar así, vendiendo estas rosquillas, para poder sacar algo para mis medicinas y dar de comer a mis hijos. El presidente García habla que hay más trabajo, que hay más plata, pero para mí hace años esto es lo mismo”.

Igual es la historia de Anselmo Rivera (38), quien en la temporada de frío vende café y golosinas para mantener a sus tres menores hijos. “Por la necesidad, al terminar el colegio empecé la venta ambulante. Trabajo más 15 horas diarias porque no consigo otra fuente de ingresos. Tengo que estar en la calle aprovechando la ocasión”, sostiene Rivera.


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