Mis tardes con Teresa

La primera vez que leí algo de Mario Vargas Llosa, fue cuando cursaba el cuarto de media en la gloriosa GUE Ricardo Bentín, del Rímac.

Por Diario La Primera | 08 oct 2010 |    
Mis tardes con Teresa

En el viejo libro de Literatura Peruana para escolares de Rubén Vargas, había un fragmento de La Ciudad y los Perros. Me encandiló cómo El Jaguar se enamora de Teresa, la chica poquita cosa, que vivía en La Perla. Me la imaginaba pobre pero bien bañadita, con su chompa blanca, impecable gracias a Ace, sus zapatitos viejos, untados de griffin (o de tiza). Me enamoré de ella. La hubiera esperado, también, a la salida del colegio. La hubiera llevado al cine un lunes femenino, hecho las tareas con ella, me le hubiera declarado antes que el flaco Higueras empiece a pasar factura por los soles prestados, hasta que la realidad me haga añicos (como al Jaguar). Compré el libro con mis ahorros, que no eran muchos. Se trataba de una edición popular de Seix Barral que me costó doce soles en la librería El Caballo Rojo. Leer esas historias fragmentadas, con monólogos interiores, diálogos superpuestos, un narrador omnisciente (a lo Faulkner), fue como si de pronto me metieran una patada en el culo. Además del desalmado Jaguar, conocí, entonces, a todos esos babosos de El Círculo como el serrano Cava, el Rulos y el Boa. Asimismo al huevas tristes de El Esclavo y, claro, al Poeta y sus incursiones en busca de la Pies Dorados, la putita con la que todos hubiéramos querido debutar. También a Tico, Pluto y Elena, a toda la gentita de Miraflores, que andaba entre las calles Porta, Ocharán, Diego Ferré y el Parque Salazar (hoy borrado de la memoria colectiva y convertido en Larco Mar). Recuerdo que vagabundeé plano en mano, buscando en medio de esas calles sombreadas de ficus, el lugar exacto donde Alberto patoteaba con su collera de clase media alta. Hasta entonces quería estudiar medicina humana, incluso me preparé denodadamente para ese fin, porque, dejémonos de cuatro cosas, entonces era medio chanconcito. Ahora culpo a Vargas Llosa de que yo haya optado por el periodismo. Una tarde, al llegar a casa luego de salir de la academia preuniversitaria San Fernando, una hermana mayor me peguntó qué especialidad escogería y yo, muy suelto de huesos, le contesté que ninguna. Le dije -para horror suyo-, que quería estudiar literatura, o en su defecto periodismo. Que quería ser escritor. Ella, aún no recompuesta del espanto, solo atinó a decirme que estaba loco, hasta ahora creo que no deja de tener razón. Desde entonces, he leído casi todo de (y sobre) Vargas Llosa. Me quedo con La Guerra del Fin del Mundo (un alegato contra todos los fanatismos); Conversación en La Catedral (Zavalita preguntándose en pleno centro de Lima en qué momento se jodió el Perú); y El Paraíso en la Otra Esquina, una disección de la utopía revolucionaria y la del Buen Salvaje, superpuestas ambas, a través de Flora Tristán y su nieto Paul Gauguin, el pintor maldito post impresionista que pasó su primera infancia en una casona de la avenida Emancipación.

Helio Ramos Peltroche
Redacción

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