Un Papa para una Iglesia en crisis

Así como los matrimonios deben disolverse cuando ya no existen puntos de acuerdo entre sus miembros, instituciones como la Iglesia Católica deberían reformularse cuando entran en crisis y sus seguidores optan por caminos diferentes a los que dictan sus normas, ancladas en un pasado que no se condice con la realidad cambiante que vive el mundo actual.

| 23 febrero 2013 12:02 AM | Informe Especial | 2.5k Lecturas
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Ese será el gran tema ausente del cónclave que celebrará el Colegio Cardenalicio de la Iglesia Católica para elegir al Sumo Pontífice, una elección en la que el elegido será el continuador del legado de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, los papas que eliminaron todo viso de progresismo en los predios vaticanos.

CONSERVADORES

Todo está escrito para que se imponga la tendencia que recusa a la Teología de la Liberación, le que da la espalda a los fieles de pie, la que condena el aborto y la eutanasia, rechaza la homosexualidad, repudia la investigación con células madre y el uso preventivo de preservativos. Una corriente que solo entiende el conservadurismo duro y puro.

Desde el papado de Juan Pablo II, los conservadores tomaron el control de la Santa Sede. El Camino Neocatecumenal, una de esas corrientes a cuyos seguidores se le denominaba los ‘kikos’, se convertiría en uno de los hijos predilectos de Karol Wojtyla, que concedería a sus seguidores una suerte de bula en 1990, donde ordenaba a los obispos que respetaran y ayudaran a la obra.

“Para Juan Pablo II, en su estrategia para restaurar el poder de la Iglesia, esos movimientos eran acies ordinata (ejércitos en orden de batalla). Cada uno tenía su cometido. El Opus ponía sus colegios, universidades y cuadros bien formados con ramificaciones políticas y económicas; los legionarios, sus obras educativas, ardor ultra, su influencia en América Latina y su bolsa repleta de dólares; los kikos y los carismáticos, su capacidad para llenar la calle; Comunión y Liberación, su dominio de la universidad, sus contactos empresariales, su inmersión en el mundo de la cultura y sus excelentes contactos con la Democracia Cristiana italiana. En mayo de 1998, Juan Pablo II reunió a todos en Roma y les dio carta de naturaleza como un poder de la Iglesia paralelo al de los obispos. Era su consagración”, dijo un cura español.

Y luego Benedicto XVI, uno de los partícipes en el Concilio Vaticano II hizo poco por atender las demandas de cambio. Un miembro de la curia romana de los jesuitas lo definió así: “Fue un teólogo avanzado durante el Concilio y luego tuvo miedo y se convirtió en el inquisidor de cámara de Juan Pablo II. Es un intelectual. Llora por un ojo mientras te mira con el otro”.



TEÓLOGOS

Ratzinger llegó a ser uno de los hombres más poderosos de Roma cuando se le designó prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que se encargó de descabezar todo movimiento progresista en la Iglesia. Eso lo sufrieron teólogos como Leonardo Boff, Hans Küng o Gustavo Gutiérrez (a Ratzinger se le denominó el “rottweiler del Papa”). Y ese es el hombre que tuvo que renunciar al cargo porque le faltaron fuerzas para ejercerlo.

Dentro de unos días, 117 cardenales llegados de diversas partes del mundo se congregarán en la Capilla Sixtina para ungir al nuevo mando de la Iglesia que, paradójicamente, une a su declive el ser más importante del mundo, pues ha multiplicado el número de sus fieles, desde los 290 millones en 1910 hasta 1,100 millones de hoy. El cristianismo en todas sus vertientes alcanza los 2,200 millones de fieles y supera al islamismo con sus 1,600 millones de seguidores.

Las cifras también sirven para señalar el gran declive de la Iglesia en Europa, donde hace un siglo el 65% de la población era católica, cifra que ahora se reduce a un triste 20%. En cambio, en América está la mayor parte de los católicos del mundo, el 47% del total, de los que el 39% se concentra en Latinoamérica. Pero donde crece más rápidamente la población católica es en el África subsahariana, donde se calcula que existen 171 millones de fieles.

Paradójicamente, la primera región católica del mundo cuenta apenas con 11 electores en la Santa Sede si se incluye Latinoamérica y 19 si se incluye Estados Unidos y Canadá. Mientras, la decadente Europa tiene 53 electores, es decir, el 44% del colegio cardenalicio, a pesar de su peso decreciente en el catolicismo mundial. Italia, con apenas el 4,6% de la población católica, cuenta con 21 cardenales.

Pero la decadencia de la Iglesia también se extiende a América Latina, donde la complicidad con el poder (el caso Cipriani) y la lucha por los fieles con las sectas del protestantismo evangélico, le está pasando la factura. El decaimiento del catolicismo latinoamericano solo podría contenerse, afirman algunos, nombrando a un Papa latinoamericano, que a la usanza de los viejos apóstoles recorra la región en busca de fieles. Ese es el costo de una Iglesia que abandonó los postulados de construir una religiosidad ligada a los pobres.



CRISIS

El aparato de poder asegura siempre su sucesión. Eso es lo que hizo Ratzinger al aprobar los Estatutos del Camino Neocatecumenal en 2008, al nombrar arzobispo de la poderosa diócesis de Milán a Angelo Scola, miembro de Comunión y Liberación y candidato al purpurado. Tras el papado de casi ocho años de Benedicto XVI, los cardenales que elegirán al próximo Sumo Pontífice son más europeos, más conservadores y más romanos que en el cónclave que eligió a Joseph Ratzinger en 2005.

Benedicto XVI seleccionó cuidadosamente a más de la mitad de los hombres que elegirán a su sucesor. El resto fue nombrado por el difunto Juan Pablo II, con el que el Papa alemán compartía la determinación de reafirmar el catolicismo más ortodoxo. Los dos papas se aseguraron de que cualquier hombre que obtuviera el tocado rojo de cardenal estuviera firmemente en línea con las doctrinas católicas que respaldan el celibato sacerdotal y la autoridad vaticana, y que se oponen al aborto, al sacerdocio femenino, al matrimonio entre homosexuales, entre otras reformas liberales.

Hoy se dice que los candidatos con más posibilidades son el ghanés Peter Turkson, de 64 años, jefe del departamento vaticano para la paz y la justicia, cuya experiencia en Roma tranquiliza a aquellos preocupados ante la posibilidad de un Sumo Pontífice extranjero. Otros candidatos son carismáticos, como el cardenal de Manila, Luis Tagle, de 55 años; o el cardenal de Nueva York, Timothy Dolan, de 63 años, que han adoptado un papel activo al debatir temas de moral en público. También se vocea al cardenal Leonardo Sandri, de 69 años, un argentino hijo de inmigrantes italianos, que sirvió en la Curia o el servicio diplomático vaticano, lo que le ha dado buenos contactos.

También está el canadiense Marc Ouellet, de 68 años, un amable administrador de personal, jefe de la congregación vaticana para obispos, que tiene una imagen internacional. Como teólogo tiene una larga experiencia en Latinoamérica.

Sean o no ellos los elegidos, la apuesta indica que la Iglesia de Cristo no renovará sus estructuras, sus dogmas y su disciplina vertical. Los llamados a construir una religiosidad de cara a la gente seguirán esperando nuevos tiempos y pastores fieles al predicamento de su creador.


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