Taxista de noche, ama de casa de día

Casi todos los días, al volante de su vehículo amarillo, doña Nelly cumple la loable misión de ayudar a la gente en su afán de llegar lo más pronto posible a su destino. En sus ocho años de trabajo, esta empeñosa taxista limeña, sin vacaciones remuneradas, se ha convertido en consejera de pasajeros desorientados. No deja de escuchar los problemas de sus clientes (como si pagaran también por ello), concilia con la soledad, se hace más amiga de la radio, sortea baches, evita huecos; pero sobre todo, trata de ganar un dinero extra para la casa.

Por Diario La Primera | 03 oct 2008 |    
Taxista de noche, ama de casa de día
Gente como uno

Eso de que el Perú tiene los taxistas más cultos del mundo es falso, sino que muestren las pruebas. Seguro que es una frase ideada por un taxista. Sin embargo, de todo hay en este oficio sobre ruedas. Hay taxistas que jamás devolverán el celular que un pasajero distraído haya olvidado; hay otros que “venden” a sus clientes ebrios para que sus cómplices consumen el robo; hay taxistas que secuestran, violan y hasta matan y, quizá, los hay peores, pero también están los otros, quienes hacen del taxi un oficio noble como cualquier otro.

Una de ellas es doña Nelly Valle, que este sábado frío y con garúa molesta, se muestra un poco enojada. Se ha estacionado en la esquina de la Plaza San Martín, al final del Jirón de la Unión, a pocos metros del Yacana Bar y otros metros más allá de la librería Horizonte. Es casi las 10 de la noche y la inmensa plaza es lugar de tránsito obligado de los turistas en busca de fiesta, de los que descansan después de “jironear”, de mendigos, charlatanes y ambulantes, de cientos de jóvenes antes de anclar en un lugar para alegrar el fin de semana.

Hay mucha gente en la plaza, pero doña Nelly no consigue su último pasajero, y eso la tiene fastidiada porque quiere llegar a su casa haciendo una carrera más. Es una mujer de retos. “Debo llegar a casa antes de las 12”, dice. Nelly ha empezado a trabajar a las seis, cuando la tarde empezó a esconderse en la noche. No le fue mal, pero quiere un último pasajero. “Me molesta que los otros taxistas hagan tanta bulla con el claxon. Es que los policías nos sacan de este espacio que antes era un paradero autorizado, pero ahora ya no lo es por culpa de los bulleros”, indica con el seño fruncido. Pero, lentamente, su ánimo cambia ante las preguntas.

—Tranquila, Nelly, ¿acaso no sabe que enojarse envejece o quiere jubilarse ya?

—No, no, no. Ya me jubilé una vez.

—Sonría, la cámara no hace milagros.

—Chistoso (ríe).

“Ni en sueños…”
Este año, doña Nelly ha cumplido 50 años de edad y 8 años de taxista. Para ella el hacer taxi (taxear) no es un oficio, ni profesión, ni pasatiempo. Es un “recurseo”. “Aunque a mi familia no le guste mucho que taxee”, señala. “Yo hago taxi porque de alguna manera tengo que ayudar en la economía de la casa. Creo que es una forma sana de ganarse la vida. Cuando estaba a punto de concluir la secundaria en el colegio Teresa González de Fanning, ni en sueños se me ocurrió ser taxista”.

Los jóvenes no sueñan con ser taxistas, salvo cuando están niños. Nelly era una jovencita optimista y entusiasta que anhelaba trabajar ya. En el colegio había aprendido un poco de administración, un poco de contabilidad, un poco de todo. Así, al dejar la secundaria, consiguió un puesto en la administración del Ministerio de Salud.

“Trabajé desde muy jovencita en el área de abastecimiento hasta que cierto día decidí acogerme a la jubilación anticipada que proponía el chino-japonés Fujimori”, refiere. Dejó el trabajó y dijo “por fin vacaciones, ya me jubilé”. Tenía 42 años de edad, una familia de cuatro hijos varones y un respetable esposo. Las primeras semanas eran pura felicidad, pero luego los días pasaban cada vez más lentos. Entonces, a ella, que siempre le ha gustado estar ocupada, empezó a sobrarle el tiempo y faltarle dinero; y cierto día, tras pensarlo y repensarlo, se puso su ropa más cómoda, cogió su Hyundai 84 y se lanzó a la calle con su anuncio de las cuatro letras TAXI.

—Ya no me saquen tantas fotos.

—No son tantas, Nelly.

—Sí son. Además no quiero salir en la revista.

—Es para un diario.

—Igual. Es que a mi familia le incomoda. Hace un tiempo me convencieron para que saliera en un programa de TV de Mónica Zevallos y mi familia se molestó conmigo. “Por qué has salido, acaso no tienes vergüenza, eres una figureti”, me dijeron. Por eso, no quiero dar declaraciones.

Intuyo que doña Nelly sí quiere salir en el diario, porque empieza a posar para la cámara de Charlie Jara, quien se emplaza en diversos frentes para hacer clic. “Nelly, sáquese los antejos; mejor, mire para este lado; no cierre los ojos; mejor, baje del carro; no, suba otra vez; vuelva a bajar,…”. Veo que Nelly se divierte. “Que salga bonito, eh”, dice y sonríe, pero no se ha olvidado que la esperan en casa, que la hora avanza. Entonces le proponemos: “cóbrenos una carrera hasta su casa y de pasada conversamos”. “De acuerdo”, señala y se alegra. Somos sus últimos pasajeros.

“Entrar en un taxi, a veces, es lanzarse a la soledad. Hay taxistas que trabajan quince horas diarias. Solos”, nos cuenta. Entonces imagino a un taxista hablándole a su pasajero y pienso que no lo hace para caerle bien. Quizá lo hace, porque para los taxistas, los pasajeros somos su escape ante tanta soledad, una ventana para decir algo a alguien. El taxista, a pesar de que recorre la ciudad, es un sedentario castigado a hablar sólo con sus pasajeros eventuales.

“Yo sé cuidarme”
Estamos en el taxi de doña Nelly y ya está más tranquila. Se aferra al timón con soltura. Mira para todos lados, arregla su espejo. Se desliza por las calles como pez en el agua. Responde preguntas generales: “Bueno, me gusta todo tipo de música, pero los boleritos me fascinan. Ay, Javier Solís… Si pues, hay muchas historias malas de noche, pero yo sé cuidarme. No voy a los conos, no trabajo de madrugada. Me gusta mi familia, yo hago esto por ellos. Mi vida está en mi casa, yo vivo por los que viven ahí… No sé cuándo dejaré esta ‘chamba’, quizás cuando no vea nada, quizás cuando uno de mis hijos me diga al fin ‘ya no trabajes, mamá’. Los cuatro están en la universidad. El menor tiene 18 y el mayor 25…”.

—¿Qué opina de nuestro presidente?

—Ah, me quieres en tu cancha.

—No me gusta hablar de política (miento).

—Bueno, otra vez, con ese loco, ni loca.

Los taxistas son representantes de opinión de la gente de a pie.

“Me esperan en casa”, dice y acelera. Es casi las 12. Fuera del taxi, la garúa ha llegado a mojar las calles. El limpia parabrisas trabaja duro. “Hay que cuidarse de las pistas mojadas”, afirma. Prende su radio y salta la voz de Armando Manzanero. Ella calla y suspira. “Tengo que llegar a casa ya. Me esperan”, sostiene. Ya estamos cerca. A estas horas, por las calles de Jesús María, sólo caminan los serenos, los que van llegando tarde a casa. Este frío y la persistente garúa pueden volver nostálgico a cualquiera, pero Nelly está alegre. Charlie Jara pide más fotos. Nelly obedece y sonríe, posa. Posa otra vez. “Ya, ya, debo irme”, dice y desaparece en una calle solitaria.

La virtud de doña Nelly
Doña Nelly es una taxista responsable. Tiene todos sus documentos en regla, tiene el permiso de la Municipalidad de Lima, pertenece a una asociación de taxistas, no le gusta “coimear” a ciertos policías cínicos, paga todos sus impuestos, cobra lo que es debido. “Nosotros damos un servicio a la comunidad, somos útiles para la sociedad y tenemos que hacerlo bien y con responsabilidad”, dice. Nació un 16 de marzo, bajo el signo de Piscis y, como toda pisciana, es buena onda, trabajadora y amigable. “Los taxistas debemos hacernos respetar; por ejemplo, yo, cuando sube alguien y quiere piropearme, al toque le pongo el alto. Soy casada y con hijos, y si el pasajero trata de sobrepasarse lo bajo…”.

Paco Moreno
Redacción

Charlie Jara
Fotografía


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