Sufrir el horror y vivir para contarlo

El siguiente es el dramático testimonio de mujeres violadas y torturadas, principalmente durante gobiernos dictatoriales. Por vergüenza o temor, muchas de las víctimas han guardado un largo silencio.

Por Diario La Primera | 03 set 2008 |    
Sufrir el horror y vivir para contarlo
(1) Valientes y estremecedores testimonios se hicieron oír en la Casona de San Marcos. (2) Sandra Gonzales, víctima de los paramilitares colombianos. (3) Elizabeth Rubio, de Chile. (4) Abuelas de Mayo, lucha ejemplar. (5) Lidia, otra víctima del abuso.

Testimonios desgarradores que expresan el salvajismo al que pueden llegar seres humanos cegados por el odio contra quienes piensan diferente, se escucharon en la Casona de San Marcos. Allí, en ese señorial inmueble, mujeres peruanas junto a las de otros países latinoamericanos, contaron las terribles experiencias que vivieron cuando fueron apresadas por los servicios militares de sus respectivos países.

Fue durante la “Audiencia Post Comisión de la Verdad y Reconciliación. Mujeres en Dictaduras y Conflictos Armados” que organizaron agrupaciones de mujeres y de derechos humanos.

Con estas revelaciones ha quedado nuevamente al descubierto cómo los represores se ensañan con las mujeres detenidas, a quienes hacen víctimas de sus bajos instintos, actuando con una crueldad que linda con la insania. Siguiendo al parecer un mismo patrón, los torturadores actuaron con la misma iniquidad en Ayacucho y otras zonas del Perú como en Argentina, Chile, Colombia y Guatemala.

Pese a estar embarazada
La abogada argentina María Teresa Sánchez recordó entre sollozos cuando a los 22 años de edad y con 7 meses de embarazo fue secuestrada y torturada. “Fue en 1976, un año antes de que llegue la dictadura militar a mi país. Y fue un adelanto de lo que vendría después. Vivíamos en Córdoba cuando irrumpieron en mi casa hombres armados que rompían todo y preguntaban dónde estaba mi esposo. No tenían identificación y afuera los esperaban carros sin identificación. A golpes y vendada me introdujeron en la parte posterior de un auto y de inmediato me llevaron a una central de inteligencia. Ahí vi a mi esposo masacrado. Yo fui torturada hasta que me desmayé. A los 3 días desperté y al cabo de dos meses me sacaron para tener a mi hija Soledad. Mis compañeras de prisión eran desnudadas, golpeadas y manoseadas. Les metían los dedos a la vagina y al recto. Tuve la suerte de que mi hija fuera entregada a mis padres. Estuve detenida durante cuatro años, y cuando salí, mi marido quien había salido antes, ya tenía otra pareja”.

Esta terrible experiencia no amilanó a María Teresa quien prosiguió con sus estudios de Derecho y militó en Amnistía Internacional. Luego se convirtió en una de las abogadas de las Abuelas de Mayo, aquellas valientes ancianas que siguen luchando por recuperar a los hijos de sus hijos, muchos de los cuales fueron robados por militares.

“Ya hemos ubicado a 93, falta encontrar a 40”, señala.

“Estoy viva, por suerte”
La chilena Elizabeth Rubio tenía 19 años cuando junto a su pareja, con quien eran activistas universitarios, huyeron a Argentina después del golpe de Estado de Pinochet. Ella se considera una sobreviviente de la despiadada Operación Cóndor, que bajo el comando de Estados Unidos y en coordinación con los ejércitos de diversos países, entre ellos el de Perú, sirvió para detener y desaparecer a militantes izquierdistas.

“Pensando que estaríamos seguros y que la dictadura chilena duraría poco huimos a Argentina sin pensar que seríamos detenidos, torturados y muchos compañeros desaparecidos”.

Como testigo de lo que vio y padeció, ella asegura que la violencia sexual a la que son sometidas las detenidas es el primer castigo inhumano aplicado por los represores. “Así tratan de denigrarte y tus senos pasan a ser parte de la diversión de los torturadores. Este es un tema del que no hablamos porque la vergüenza persigue a las mujeres. Sólo se puede superar este difícil trance con ayuda de un terapeuta, pero la gran mayoría de mujeres rurales no tienen esa posibilidad. Las heridas físicas se curan, pero las del alma no. Es muy difícil”.

En los años 90, Elizabeth Rubio volvió a Chile, luego de vivir 15 años en Bélgica. Ahora se dedica a trabajar por los derechos de las mujeres. “Tengo la suerte de estar viva, pero muchas compañeras se quedaron en el camino”, recuerda con tristeza.

Víctima de paramilitares
Sandra Gonzales es una atractiva colombiana de condición muy humilde quien para mantener a sus dos pequeños hijos y a su madre tuvo que ejercer la prostitución.

Fue precisamente en una de estas casas del placer, en un pequeño poblado, donde un día aparecieron los paramilitares y cometieron las peores aberraciones contra ella.

Entre sollozos, ella recuerda los momentos más amargos de su vida. “Fueron tres hombres los que hicieron conmigo lo que quisieron. Por protestar, me golpearon la cabeza con un revólver y me cortaron la mano con una botella rota. Me quería morir”, dice.

“Los paramilitares, que son protegidos de Uribe, han matado mucha gente. Sólo de un partido de izquierda asesinaron a 4 mil de sus miembros, también a líderes sociales y comunales. Han utilizado la violencia sexual contra muchísimas mujeres”, expresa dolida.

Desde que fue violada brutalmente, Sandra guardó silencio y no contó a nadie ese episodio. “Para qué, si soy puta” se repetía. Durante tres meses permaneció encerrada con la idea de matarse y matar a sus hijos, hasta que ingirió veneno. Despertó días después en un hospital con sondas y tuvo que ser sometida a tratamiento psiquiátrico. “Dios puso en mi camino un hombre bueno que me enseñó a valorarme y con él he formado una linda familia. Fuimos a vivir a Bogotá. Ahí me involucré en una organización de desplazados y gracias a ellos he revelado lo que por vergüenza y miedo ocultaba. Aunque no sé quiénes fueron los violadores, he presentado la denuncia a la fiscalía y ahora trato de ayudar a otras mujeres que han pasado lo mismo y también a las prostitutas, porque no son malas, ya que ellas lo hacen para mantener a sus hijos”.

“Lamentablemente callamos”
Paula Martínez es psicóloga de la Unión Nacional de Mujeres de Guatemala y da apoyo a mujeres de las comunidades indígenas del departamento de Huehuetenango. Su historia es similar a muchas otras escuchadas anteriormente. Ella explica que las mujeres de su país son reacias a contar las atrocidades que los militares cometieron con ellas.

“Lamentablemente guardamos silencio. Las mujeres no se atreven a hablar y por eso es mayor el abuso. Eso conviene a los violadores. Ahora tratamos de inculcar en las nuevas generaciones a que cambien y no se quedan calladas. Si bien en el año 96 se firmó la paz, en mi país la guerra continúa. Hay, por lo menos, 20 muertes diarias y la violencia contra las mujeres continúa”.

Era inocente pero igual la vejaron en la Dincote
El Perú no se queda atrás en violaciones a derechos humanos, particularmente de las mujeres. Según el informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, la mitad de las víctimas de ejecuciones extrajudiciales ocurridas en los años de violencia política son mujeres.

Igualmente, por denuncias de las víctimas, familiares y organismos ligados a los derechos humanos se sabe que casi todas las mujeres que fueron detenidas sufrieron violaciones sexuales. “Muchas compañeras tuvieron hijos luego de ser violadas”, dijo en la Audiencia Post CVR, Gladys Canales, representante de la Coordinadora Nacional de Mujeres afectadas por el conflicto interno-Conamuacai.

La dirigente recordó con dolor cómo fue torturada en la Dincote (Dirección Contra el Terrorismo) después que 40 hombres con pasamontañas acompañados de un fiscal y un “arrepentido” allanaron su domicilio. Ella purgó prisión durante 9 años en el penal de máxima seguridad de Chorrillos y fue indultada en el 2001, después de comprobarse su inocencia.

“Recuerdo que en esa época ser ayacuchano o estudiante de San Marcos o de La Cantuta te convertía en sospechoso de terrorismo. De esa forma se han cometido muchísimas detenciones, torturas y desapariciones. Es una suerte haber sobrevivido a esa terrible etapa”, manifiesta.

Denis Merino
Redacción


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