Son mucho más que dos

Cada cual con su arte y sus méritos como grandes cultores del folclore andino, Raúl García Zárate y Manuelcha Prado han arrancado aplausos y admiración del público en el Perú y el extranjero, y la próxima semana se presentarán juntos en lima, algo como para no perderse, pues no se repite todos los días.

| 07 noviembre 2009 12:11 AM | Informe Especial | 2.6k Lecturas
Son mucho más que dos
Dos grandes del folclore convergen, Raúl García Zarate considerado “Patrimonio Cultural Vivo del Perú” y Manuelcha Prado uno de los más importantes guitarristas y compositores de la música andina.
Raúl García Zárate y Manuelcha Prado juntan su arte en una presentación para el recuerdo.
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Pocas veces un artista de nuestra cultura popular andina, adquiere una aceptación unánime en todo el país, como es el caso de Raúl García Zárate. Su música, los huaynos, su guitarra, su espíritu, su personalidad, representan todo un símbolo musical ayacuchano, que ha logrado el entendimiento cultural e identidad con lo nuestro a nivel nacional.

Con justicia se le ha reconocido como “Patrimonio Cultural Vivo del Perú”, con la Condecoración de la Orden del Servicio Civil del Estado en el Grado de Comendador, aparte de las Palmas Magisteriales en el Grado de Gran Amauta, Palmas Artísticas en el Grado de Gran Maestro, la Orden de la Cultura Peruana, entre otras distinciones.

En noviembre del 2008, hace exactamente un año, Raúl García Zárate fue considerado entre los personajes más influyentes de la cultura latinoamericana, en el puesto 13 de cien elegidos. El primero fue para el poeta chileno Pablo Neruda, el segundo para Gabriel García Márquez (ambos premios Nóbel de Literatura).

Muchas veces, en nuestro medio, los títulos y condecoraciones son líricos, vacíos, se otorgan por favor. En el caso de García Zárate son singulares, altamente representativos y de reconocimiento nacional. A estos méritos agreguemos sus recitales apoteósicos en los principales países del mundo.

Adiós pueblo de Ayacucho…
Sus canciones dibujan el contorno anímico, vivencial del sentimiento popular de Ayacucho y del Perú andino en su totalidad. Apenas pensemos en tres: Adios pueblo de Ayacucho, Helme, Huérfano Pajarillo. Ellas han adquirido familiaridad e identidad con las manos, con el pulso de su guitarra, con el arte musical, con las palabras y el espíritu de Raúl García Zárate.

1971 es un año definitivo y de trascendencia en la vida artística de García Zárate. Es invitado por el francés Robert Vidal al Festival de Castres de Francia, evento que convoca a los mejores guitarristas del mundo. Desde esta primera vez, García Zárate ha sido invitado a innumerables festivales internacionales ratificando su valía y calidad. En 1983 el escritor, concertista y compositor francés Bruno Montanaro publica el importante libro, Guitarras Hispanoamericanas, donde García Zárate es el único peruano mencionado en altísima jerarquía.

En Ayacucho la guitarra camina de pecho en pecho, bajo el balcón de una serenata, en la chingana de piso de tierra, en el salón mestizo o andariega por los infinitos caminos de estos pueblos que cuentan su historia en letra viva de un huayco o un yaravÑ

Niño prodigio…
A los ocho años de edad Raúl García Zárate ya tocaba la guitarra. Su padre nunca le prohibió, más bien le regaló una guitarra y a los doce ofreció su primer recital en el colegio San Juan Bosco donde era redoblante mayor de la Banda de músicos. En 1959 ganó el primer premio en un concurso nacional de música auspiciado por Radio Nacional.

Alguna vez nos contó el maestro que cuando niño, esperaba con ansias la llegada de Semana Santa, especialmente el Sábado de Gloria, porque ese día ingresaban a Huamanga los morochucos de Pampa Cangallo, montados en pelo en sus lanudos caballos, tocando sus pequeñas guitarras y hablando con voz tiple. Los miraba admirados soñando tocar algún día como ellos.

Los esperaba año a año, con la ilusión de volverlos a escuchar. El cariño con que se trataban los hizo amigos. Raúl García Zárate aprendió de ellos y gracias a ellos toca el temple “Comuncha” nombre puesto por José María Arguedas, que García Zárate rebautizó como “Sentimiento Morochuco”.

Arguedas
Una oleada cíclica del huayno llega a Lima (no fue la primera ni será la última), como consecuencia en parte de la reapertura de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga en 1959. Un grupo de docentes, muchos de residencia limeña, enseñan en ese centro de estudios, donde, unos más que otros, se sensibilizan con las costumbres del pueblo. Después de algunos años retornan a Lima y al abrir los recuerdos de sus vivencias en Huamanga, afloran de inmediato los huainos como Perualla Perua, Helme, Adiós pueblo de Ayacucho, Araskaskas, Huérfano pajarillo, coincidiendo con la edición del primer LP (1966) de Raúl García Zárate que lleva por título “Ayacucho” y en la portada luce en toda su extensión la procesión de Semana Santa.

Esta primera grabación va ha convertirse en una importantísima referencia de inicio de una nueva etapa de la música andina en el Perú. Este mismo año de 1966, el escritor José María Arguedas escribe en el diario El Comercio: García Zárate es un virtuoso en quien el virtuosismo no ha perturbado la pureza de la vivencia de la música folclórica”.

Manuelcha
De tiempo en tiempo la música vernacular, el huaino entrega una canción que sacude el ambiente y que testimonia un momento, una circunstancia. En 1982 la Municipalidad de Lima convoca a un concurso de música folclórica al que acuden numerosos compositores. Nuevamente aparecen fugaces intentos para revalorarla, de hacerla más nuestra, de rescatarla y difundirla. El Teatro Municipal es el escenario para la gran final. Un público atento, conocedor y comprometido recibe de pie y en prolongada ovación a la canción triunfadora: “Trilce” de Manuel Prado Alarcón, “Manuelcha”, como lo llaman sus amigos.

”Una niña triste y dulce llora por la madrugada / madrugada de aguacero / y de silencio infinito...... “Por la pequeña Trilce / por los niños sin infancia / declaro de pie / que ayudaré a trocar el mundo / trocar el llanto en sonrisa / trocar en luz las tinieblas........Nuestra vida peregrina / y las angustias del alma / no son vaivenes eternos / los albores de la alegría / para los pobres del mundo / se anuncian ya en mis acordes.

No es el huaino quejumbroso, repetitivo, es una composición abierta a la vida, es la afirmación del norte escogido. Es el testimonio de un sentimiento esperanzado, es haber roto ataduras y caminar decidido en busca de la esperanza. “Trilce”, nombre de un tierno libro de nuestro inmenso poeta César Abraham Vallejo Mendoza, no sólo da nombre a este huaino sino a una de las tiernas hijas de Manuelcha. Con los años y su sensibilidad comprometida, Manuelcha Prado irá regalando al Perú canciones que abren el camino hermoso del entendimiento y la justicia: Piedra en el camino, Lucero, Trova de amor, A Oropeza, Dónde están, Cavilando, Síndrome colonial, son algunas.

El Nuevo Indio
Manuel Prado Alarcón, Manuelcha diminuto quechua, es uno de los más importantes guitarristas y compositores de nuestra música andina. Nacido en la vieja comunidad, hoy barrio de Pichqachuri, en la ciudad de Puquio capital de la provincia de Lucanas (Ayacucho). De las muchas referencias en su rica experiencia de vida, recuerda a don Arturo Prado, el “Chipi”, su maestro de la guitarra, tocando en una perdida chinganita, el “temple diablo”, el “decente”, el “baulín”, el “comuncha”. A don Fortunato Chonta, personaje inolvidable, una especie de puente nexo, de bisagra entre la comunidad indígena y la ciudad mestiza con sus autoridades y las familias “principales”.

Don Fortunato Chonta era un pequeño comerciante, que compraba y vendía ganado vacuno, quien asumía la defensa de las comunidades, como “abogado” de los pueblos indígenas, no como oficio o profesión, sino como misión espiritual. Con buenos modales, pero también con cierta distancia con las autoridades, haciéndose respetar. “Para mí”, dice Manuelcha Prado, “don Fortunato era el nuevo indio del que hablaba el escritor cusqueño Uriel García”.

Junto a estos personajes que sensibilizaron la fibra humana de Manuelcha, él recuerda emocionado, como si fuera ayer, a sus abuelas. “Mi caso fue muy peculiar, porque viví en el barrio más indígena de Puquio, que es la comunidad de Pichqachuri. Yo recuerdo a mi abuela quechuahablante, con su rostro bellísimo -muy quechua- y su atuendo tradicional. Pero además viví con mi otra abuela misti, que me hablaba con un castellano exquisito lleno de metáforas”.

Mitos y leyendas
“Cuando ellas conversaban lo hacían en quechua y yo las escuchaba toda la noche, contarse mitos, leyendas, chistes, sentado junto a ellas, mientras me acariciaban. Fue una tremenda suerte, un privilegio, que ahora, ya adulto me explican y aclaran algunas cosas.

“Cuando yo quise plasmar musicalmente esas conversaciones infinitas entre esas dos tradiciones, dos culturas, no tuve ninguna dificultad, ningun conflicto, sino que llegué a sentirme una síntesis de ese encuentro, un mensajero de ambas vertientes, es un hermoso compromiso”, nos explica.

Volteando la página, le preguntamos sobre la tan manida modernidad en la música. “La modernidad bien entendida”, nos responde, “es que se reconozca nuestros propios valores, nuestra propia cultura, para desarrollarnos plenamente en libertad y justicia creadora, porque vale ser árbol que tiene raíces, pero no estaca olvidada por ahí”.

Antonio Muñoz Monge
Colaborador


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