Pishtacos: mito o cruel realidad

La leyenda de los pishtacos ha sido revivida hace unos días con la captura de una supuesta banda de asesinos, a quienes la policía acusa de robar los órganos y extraer la grasa humana de decenas y hasta cientos de sus víctimas, lo que motiva diversas reacciones de incredulidad.

| 21 noviembre 2009 12:11 AM | Informe Especial | 8.7k Lecturas
Pishtacos: mito o cruel realidad

Más datos

(1) En el imaginario popular, los pishtacos atacan desde la oscuridad y amparados en algún poder.

(2) La escasez de donantes de órganos alimenta la fantasía de la gente, ¿Existe un mercado ilegal?

(3) Su captura despertó la polémica sobre la existencia de los Pishtacos.

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¿Mito o cruel realidad? La figura del pishtaco ha estado presente en el imaginario andino desde hace siglos, ligada siempre a desapariciones misteriosas o al encuentro de cuerpos despedazados sin ojos, sin los órganos vitales o a lo que les ha sido extraída la grasa corporal, con fines mágicos o simplemente rituales diabólicos.

Según el diccionario enciclopédico del Perú, del historiador Alberto Tauro del Pino, el pistacho es un bandolero cuya ocupación es asaltar mujeres u hombres solitarios, a quienes degüella para comer su carne en forma de chicharrones y vender la grasa. O bien las entierra, a veces con vida, para fecundar la tierra o dar solidez a las construcciones.

Oscura realidad
El mito del pishtaco aparece desde hace mucho en la tradición quechua. En épocas prehispánicas se tiene noticias de asesinos enviados por los grupos de poder o por etnias rivales, para eliminar con crueldad y fiereza a personajes importantes o simplemente diezmar la población.

El escritor Ricardo Palma menciona en una de sus Tradiciones Peruanas, titulada “Los Barbones” la figura del pishtaco o naqak en Cusco. Narra este relato la agresión que los cusqueños infringieron a un grupo de sacerdotes de la orden betlemitas (como dice Palma, la única orden sacerdotal que puede considerarse originaria de América y que ya desapareció), a quienes acusaron de degollar enfermos “para sacarles las enjundias y hacer manteca para las boticas de Su Majestad”. Los cusqueños les gritaban en las calles “naca, naca” lo cual quiere decir “degolladores, verdugos” y no faltó alguien que, temeroso y espantado por los supuestos crímenes que estos curas hacían, asesinara a un par de estos religiosos.

La palabra pishtaco proviene del quechua pishtay (cortar en tiras). Su leyenda como asesino a sueldo surge entre la población de los Andes peruanos, en especial en los departamentos de Junín, Cusco, Ayacucho, Apurímac, Pasco y la sierra de Lima.

Quienes aseguran haberlos visto los describen como extranjeros, de sexo masculino, altos y rubios, de ojos claros y de complexión atlética, lo que puede indicar que el mito está ligado a los explotadores españoles de la colonia.

Y, de esa manera los describen en el blog de Gary Vela, quien coloca un post de un relato de “su primo Walter desde Pucallpa” sobre los pishtacos. Así, Walter dice (copio textualmente y corrijo algunas faltas de ortografía) “creo que todos hace un tiempo habían oído hablar de boca de muchos sobre los PISHTACOS y que en esos tiempos, con toda la época del terrorismo, todos le echaban la culpa a los terrucos, pero los PISHTACOS o bien llamados ahora robacaras, que últimamente han hecho de Pucallpa su ‘mercado libre’, por así decirlo, están ganando la tinka, con nuestros paisanos de nuestra tierra ya que estos señores ‘del extranjero’, por cierto, valiéndose de su condición de tales, andan por toda Pucallpa, de preferencia las mañanas buscando a sus victimas, haciéndoles un seguimiento.

Ya ubicada la victima –continúa Walter– en la noche hacen la búsqueda y cometen un acto que se podría llamar terrorífico y sin escrúpulos, estos sujetos raptan a personas para poder llevarse: la cara, los ojos, pulmones, hígado, riñones, etc. y cualquier otro órgano que esté a su interés. Uno dirá, que esto es un sacrilegio casi satánico, pero es todo lo contrario; estos ROBACARAS o PISHTACOS o más profesionalmente, (hay que) llamarles ‘traficantes de órganos’.

O sea que es cuestión sólo de negocios. ¿También habrá un mercado libre para este tipo de negocios?, se pregunta más adelante Walter.

Lo que sigue, es la respuesta del pueblo ante esta amenaza invisible, oscura y siniestra. “Hace unas semanas por rumores populares, quemaron la (finca) La Capirona finca y encontraron restos de órganos humanos. Bueno, el dueño de La Capirona, es de la tierra del Tío Sam. Supongo que nadie (hace) nada al respecto, pero nosotros como población si, organizándonos, agarrando a estos traficantes y haciéndoles recordar que la vida no tiene precio”.

Y también el temor los hace desconfiar de todo lo que no conocen. Así cuenta Walter, que “hubo un tiempo en que negaron el ingreso de aquellas personas por esta ciudad (Pucallpa) por miedo a que siguieran desapariciones de personas. Y, eso es lo que ocurre, todos los días por Yarinacocha, Manantay, también por el Km 24 y Dios sabe dónde más habrá cadáveres de persona sin órganos, porque estos PISHTACOS andan como Pedro en su casa (…) por lo general yo apoyo al turismo, pero no apoyo a que el turista aparte de llevarse unos guayruros, también se lleve un hígado o un riñón de un pucallpino”.

Asesino ¿protegido?
Para los antropólogos el pishtaco “es un bandolero solitario, carece de compañía o apoyo, si es capturado por la población se matará sin duda a fin de no revelar sus secretos; no así si lo capturan las autoridades pues se cree que actúa bajo el amparo del gobierno como un agente secreto. Actúa protegido por la soledad de los caminos que unen los pueblos, ataca a personas solas que viajan distraídamente; las espera en un recodo del camino y las degüella inmediatamente sin darles posibilidad de defensa. Para ello utiliza una especie de cuchillo corvo muy afilado y grueso que esconde entre sus nalgas”.

El pishtaco no mata por el gusto de hacerlo, ni tampoco indiscriminadamente; ataca sólo a personas de bajos recursos, viajeros; al poblador común; se cree que es enviado por alguien poderoso, probablemente un extranjero, con un fin específico. Los cadáveres de sus víctimas son usados para extraerles la grasa y utilizarla en diversas cosas. Hemos escuchado versiones bastante dispares sobre el uso de esta grasa humana (para preparar jabones finos, como lubricante para maquinarias de alta tecnología, ungüentos curativos, cremas de belleza, incluso combustible para aeronaves y cohetes espaciales), al parecer todas las versiones confluyen en la extracción de la grasa del cuerpo para comercializar con ella. Se dice que los colonizadores asentados en la zona andina asesinaban a pobladores comunes bajo cargos de herejía o desacato.

Si bien el pishtaco actúa de manera solitaria, recibe apoyo indirecto. La población está convencida de que el pishtaco es un agente del gobierno o que - pudiendo ser enviado de un país extranjero - cuenta con el respaldo de los poderes locales haciendo que este pueda gozar de total impunidad. Es esta la principal causa por la que la gente no se ha animado a denunciarlos, pues temen que al hacerlo sean castigados o desaparecidos por atentar contra los intereses económicos del estado.

La imagen del pishtaco ha evolucionado dentro del imaginario colectivo, desde un sicario indígena durante el incario, hasta un gringo habilidoso en el oficio de degollar semejantes; pasando por tipos chilenos y europeos. Al parecer refleja también una metáfora de la explotación foránea de los lugareños.

Federico Kauffmann recogió en el Cusco, en la década de los 70 del siglo XX, este tipo de versiones. La población cree que el Nacaj o Pishtaco no es un simple asesino. En tiempos pre colombinos pudo ser un comisionado oficial del sacerdocio, proveedor de material para los sacrificios. Según los testimonios recogidos por Kauffman, la gente no cree que el pishtaco mata por dinero o por diversión, sino por mandato de superiores con el fin de obtener una dotación de grasa humana, que sería indispensable para el funcionamiento de maquinaria fina emplazada en Lima y para mezclarla con la gasolina para hacer volar a los aviones.

Pishtaco sí, abigeo no
En este mismo sentido, en Foros Perú hay un aterrador testimonio sobre un pishtaco en Sihuas, Áncash y aunque no precisa el tiempo, podemos suponer que fue hace no menos de 40 años. El relato de Belamino es el siguiente: “Mi madre es una mujer de la sierra peruana. Ella nació en Áncash hace bastante tiempo, en un pueblito llamado Sihuas. Mi abuelo, su padre, era un hacendado de esa zona. Siempre mi mamá me contaba acerca de mi tío Alberto, un hombre que según ella había sido un pishtaco”.

“Yo nunca llegué a conocerle debido que el murió antes de que yo naciera. Según ella mi tío era una persona, que se reunía con otras de la zona para dedicarse a esa sanguinaria actividad. Él con varios vecinos de la zona secuestraba a ciertos individuos los cuales después eran llevados a cuevas en lugares escondidos donde se les degollaba y se les hervía en ollas bastante grandes, para así, de esa forma, extraer el aceite humano al calor de fuego”.

“Mucha gente en Sihuas hablaba de eso pero nadie hacía nada al respecto debido a que los pishtacos en su mayoría eran hacendados y gente de la zona con mucho poder y dinero. Además de esto en el pueblo de Sihuas los pishtacos eran bien tolerados debido a que no se metían con la gente del lugar. Ellos atacaban en su mayoría a los mendigos, limosneros y borrachos que vivían por la zona. Muchas de sus victimas eran personas indigentes por los cuales no muchos preguntarían y gente a la que nadie importaba”.

“Según lo que relataba mi madre, el aceite humano en Áncash se comercializaba en Ticlio ya que muchas personas de Sihuas viajaban a ese sitio donde habían empresas mineras que pagaban bastante bien por el aceite humano y que lo requerían constantemente. El aceite humano también era usado en Sihuas por algunas personas para preparar ungüentos, que según se decía tenían extraordinarias propiedades curativas. Mi madre decía que muchas personas tanto de Sihuas como de Ticlio venían a buscar a mi tío para que les proporcionara la sanguinaria mercancía”.

“El fin de mi tío Alberto llegó cuando este tuvo un problema con un hacendado de la zona por unas cabezas de ganado que robó. En Sihuas los pishtacos podían ser bien tolerados, pero lo que más enardece a la gente de Sihuas, según me cuenta mi madre, es que se metan con su ganado. Esto fue lo que causó la desgracia de mi tío ya que fue agarrado por varias personas de la zona a las cuales perjudicó como abigeo y éstas lo lincharon quemándolo”.

“Pocodespués vino a la zona la reforma agraria de Velasco y a muchos de los hacendados se les expropio sus tierras, además, muchas haciendas fueron tomadas por invasiones propiciadas por el SINAMOS bajo el lema de que la tierra era de quien la trabajara. Este y otros hechos hicieron que los pishtacos que residían en la zona emigraran a Lima y así la pishtaquería en Sihuas terminó”.

“Es muy posible que estas historias de los pishtacos hayan sucedido. Lejos de la fantasía y mitos respecto a ellos, esta historia narrada por mi madre pudo haber sucedido. Mi mamá me contaba mucho acerca de esto, pero mi abuelo siempre se resistió a hablar del tema. ¿Quién sabe? Es muy posible que los pishtacos después de todo si hayan existido”.


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