Mucho más que un fin de semana largo

Un largo feriado. Eso significa para muchos la Semana Santa. El abismo entre el significado religioso y la celebración cultural que se evidencia en la fiesta de la Navidad, por ejemplo, se ahonda todavía más cuando se trata de la Semana Santa.

| 16 marzo 2008 12:03 AM | Informe Especial | 994 Lecturas
Mucho más que un fin de semana largo
“Defender la vida por encima de cualquier muerte”

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Más allá de lo mundano, de los campamentos y las cortas vacaciones, la Semana Santa debe ser, sobre todo, un espacio de reflexión sobre la vida y el prójimo, sobre lo trascendente y la solidaridad humana.
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Hay como un divorcio entre lo que se recuerda y lo que se vive. Para muchos son apenas unos días más de fiesta a pocas semanas del fin del verano, para otros se trata de celebraciones y ritos religiosos que no tienen nada que ver con la vida real de la gente común y corriente. Es difícil para la mayoría de nosotros intuir el mensaje más profundo de estos días santos de reflexión y descanso.

Pero, ¿qué recordamos los católicos en la Semana Santa al celebrar la pasión, muerte y resurrección del Señor?. Recordamos en primer término el lugar del dolor en la existencia humana. Presencia ineludible, cualquiera que sea nuestra edad, nuestra creencia o nuestra condición humana. ¿Quién puede decir que no ha sido visitado por esta desazonadora experiencia?

La enfermedad, el hambre, el fracaso, la depresión, la pérdida de un ser querido o el simple malestar pasajero son vivencias universales, que acompañan la aventura de la vida. Presencia destructiva y en muchos casos deshumanizante. La gran paradoja es que un Dios que ha sufrido nos invita a hacer de esa experiencia un desafío de humanización. El misterio de un Dios que sufre y que a través de ese dolor accede a la plenitud de la vida es la puerta para asomarse al misterio del dolor en la vida de cada hombre.

Si es imposible escapar al dolor, no es imposible intentar hacer de esa experiencia una fuente de humanidad, un resorte que nos acerque a los demás y nos haga más humanos. La única forma de darle un sentido al sinsentido del sufrimiento, cualquiera que éste sea, es convirtiéndolo en una escuela de vida y de sabiduría humana.

Eso es lo que hizo Jesús. Por eso, estos días en los que la Iglesia nos pide acompañarlo en su dolor, culminan con la fiesta más grande del año cristiano: la alegría de la mañana del domingo de resurrección. Jesús resucitado es el símbolo del triunfo del amor y la vida sobre el dolor y la muerte.

Este paso de la destrucción a la vida plena no es un paso mágico. Es también experiencia humana. Todos hemos pasado alguna vez por la agonía del dolor, la crisis y el desconcierto, pero muchas veces hemos experimentado sin embargo, que después de esas transitorias muertes, aparecía un horizonte inesperado que nos llamaba a la vida. Todos tenemos alguna experiencia de resurrección.

Por eso, si el Viernes Santo recordamos la pasión y muerte del Señor, y el sábado antecede al domingo del triunfo de la vida, las fiestas de Semana Santa se inician el jueves con la celebración del amor fraterno, la fiesta de la solidaridad, la eucaristía: el pan de la vida para todos y todas. Ahí está la clave para entender el misterio de la muerte y resurrección. Sólo el amor puede transformar el dolor en vida.

El amor al amigo, a la hija, al padre, a la esposa; el amor a Dios; el amor, cualquiera que sea su rostro.

El amor al que sufre más que nosotros. El amor que damos, y el que recibimos, es la única fuerza capaz de hacernos pasar por el dolor sin quedar destruidos.

María Rosa Lorbés


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