La vida después del terror

A principios de 1980 el Perú vivió una de las etapas más difíciles, producto de la guerra interna desatada por Sendero Luminoso, que asoló al país por más de una década. Aquello no solo trajo destrucción y terror, sino que originó que muchos pueblos alejados se volvieran prácticamente fantasmas.

| 23 enero 2013 12:01 AM | Informe Especial | 3.9k Lecturas
La vida después del terror
RODEO. Vista panorámica del pueblo, rodeado de cerros en las alturas de Ayacucho.
RODEO
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COCINANDO. Mientras la mamá y la abuela preparan el almuerzo, esta pequeña ayuda en las labores.

Esas poblaciones sufrieron directamente esa guerra y muchas veces fueron víctimas de masacres y en el mejor de los casos, sus habitantes lograron escapar, sin llevar prácticamente nada consigo y dejando atrás sus casas, sus muertos y ese cielo azul intenso que un día los oyó reír. Se fueron huyendo, con lágrimas en los ojos, dejando su tierra y la vida sencilla a la que estaban acostumbrados.


COLECTIVO. En plena labor agrícola, hoy es la chacra de uno de ellos, cuando terminen, todos irán a la de otro y así hasta que todas las chacras estén trabajadas y productivas.

Ayacucho vivió aquello por muchos años y varios de sus pueblos quedaron vacíos. Hoy en día la violencia demencial de esa guerra ya no está más en Ayacucho, lo que ha ido permitiendo que aquellos pueblos fantasmas vuelvan a poblarse.

Uno de ellos es Rodeo, ubicado a cinco horas de Huanta (Ayacucho), en el distrito de Santillana, donde alrededor de 30 familias hoy en día viven en paz y con la esperanza de una vida mejor, en contacto con la Pachamama y sus costumbres.


TRABAJO. Para tener una cosecha buena y alimentar a su familia, hay que estar muchas horas en la chacra.

Si bien hay carencias, como la falta de una carretera asfaltada, un centro de salud equipado o electricidad, los habitantes de Rodeo ven con esperanza el futuro. Están construyendo una escuela y pronto iniciarán la segunda etapa que les traerá la ansiada electricidad.


ALMUERZO. Un alto al duro trabajo para compartir un guiso con productos que ellos mismos cultivan y con carne de su ganado.

Al estar ahí con ellos, comprendimos la riqueza que hay en esas personas que nunca había visto. Compartieron con nosotros su comida, su casa, su compañía y su dolor que nos impactó en forma indeleble.


TEMPRANO. Como todo pueblo de la serranía, las actividades se inician muy temprano y alimentar a los animales es una tarea esencial.

Ha sido afortunado compartir con ellos, algunos sobrevivientes del terror, otros hijos de las víctimas de la barbarie, pero todos con la luz de la esperanza en sus ojos. Acá una visión de la vida diaria en el centro poblado de Rodeo.


Javier Marcelo Quispe Arcasi
Texto y fotos


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