La reconciliación, paz que cierra las heridas

Los duros años que nos tocó vivir a todos en el país no han logrado mellar la fortaleza moral de quienes sintieron de cerca la intolerancia, injusticia y la indiferencia de otros peruanos como lo manifiestan la simpática Gladys y el siempre sonriente Alexander, ellos nos enseñan cómo resistir ante tanta infamia.

Por Diario La Primera | 13 set 2008 |    
La reconciliación, paz que cierra las heridas
(1) Dos peruanos que sintieron de cerca la intolerancia y la injusticia. (2)
Gladys y Alexander, dos víctimas del absurdo conflicto interno que dividió a los peruanos

Es la primera vez que Gladys Canales y Alexander Fasanando se ven. No se conocen, pero tienen algo en común: son víctimas del absurdo conflicto interno que sufrimos todos los peruanos y del cual guardamos profundas huellas en el alma.

Gladys es una de las miles de personas que soportaron injusta carcelería durante la dictadura fujimorista hasta que fue indultada al comprobarse su inocencia. Octubre de 1993 llegaba casi a su fin, cuando fue sindicada por un terrorista arrepentido de participar en una escuela popular de Sendero Luminoso. En la Dincote la someten a toda clase de vejámenes y es violada. Procesada por “jueces sin rostro” es condenada a veinte años de cárcel. Pasó ocho años en el penal de máxima seguridad de Chorrillos y recuperó su libertad el 31 de mayo de 2001 acusada de ser un mando militar de una célula terrorista del Callao.

Actualmente es vicepresidenta de la Asociación Reflexión por los Indultados que congrega a personas que pasaron por la misma desgracia y que es única en el mundo; a pesar de que similares situaciones se produjeron en otros países.

Alexander tenía 19 años de edad cuando resultó con graves heridas en las piernas al ser impactado por una ráfaga de metralleta disparada por un terrorista que junto a otros 200 emboscó a la patrulla militar que integraba, cerca a la localidad de Pampa Hermosa, en el límite de los departamentos de San Martín con Loreto. Era 1993 y como consecuencia del ataque perdió ambas piernas, a pesar de los desesperados intentos de los médicos del Hospital Militar de Lima por impedirlo.

También los unen la fe y esperanza que mantienen intacta, a pesar de haber sido tocados por la intolerancia, injusticia e indiferencia de otros peruanos.

Los ojos de ambos entran en contacto y ellos sonríen, se saludan, todo transcurre rápidamente en medio del frío limeño y teniendo como testigo del encuentro al memorial “El ojo que llora”, en el Campo de Marte en el distrito de Jesús María.

Gladys y Alexander hablan. Él, nervioso, juega con sus manos, las flexiona, y deja de hacerlo cuando ella, ya sentada a su lado y como si se tratara de un viejo conocido le confiesa: “Yo pasé ocho años de mi vida en una cárcel injustamente acusada de terrorismo, he perdido familia, casi pierdo a mis hijas, mi hogar se destruyó, por eso debemos llamar a la unidad (reconciliación)”.

Alexander como obedeciendo los impulsos de su corazón dice “todos somos víctimas”. Recuerda que él también perdió seis años de su juventud postrado en la cama de un hospital, siendo sometido a 30 operaciones para salvarle la vida. “Usted tiene mucha razón en lo que dice”, asiente e invoca a la reflexión de las autoridades.

Comisión de la Verdad y Reconciliación
El caso de los indultados y absueltos por ser inocentes fue visto por la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) que, en su informe final, recomendó al Estado el pago de una reparación económica, educativa y de salud para ellos y sus hijos; pero, según comenta Gladys, no existe una voluntad política del gobierno para atenderlos y sólo han logrado recortes en sus derechos y demoras en ser reconocidos como víctimas por parte del Consejo de Reparaciones.

Acusa al gobierno de perseguirlos, amenazarlos con publicar sus nombres y de negarse a entregarles el terreno en Huachipa que les fue cedido.

Dice que en forma colectiva 420 indultados y absueltos presentaron una demanda ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos contra el Estado peruano por la injusticia vivida.

En el caso del personal militar caído o discapacitado en acción, la CVR reconoce la esforzada y sacrificada labor que los efectivos de las Fuerzas Armadas realizaron durante los años de violencia y rinde su más sentido homenaje a los miles que perdieron la vida o quedaron discapacitados en cumplimiento de su deber.

Según explica Emilio Torres, presidente de la Asociación de Discapacitados de las Fuerzas Armadas, en el caso de Alexander como en otros ex militares inválidos, le corresponde al Ejército a través de una partida especial repararlos, pero ello tarda mucho en llegar por culpa de la indiferencia del Estado y de autoridades insensibles ante su dolor, que se niegan al pago de sus devengados de la ración orgánica única desde marzo del 2003, el pago de una bonificación especial, la adjudicación de una vivienda, una promoción económica al grado superior desde la fecha del acto invalidante y un bono del crecimiento económico de 300 soles.

Necesidad de reconciliación
“Van a querer dividirnos, confrontarnos, ese es el objetivo, pero debemos estar juntos, nosotros no somos enemigos, somos producto de una guerra”, dialoga Gladys con su interlocutor refiriéndose a aquellas voces que buscan diferenciarlos.

Alexander la observa, la escucha, como reflejándose en ella, que le dice: “Creo que las personas que hemos sufrido esta guerra debemos ser reparadas, ya que hay víctimas que son prioridad, como el caso tuyo, pero ahora sale la Iglesia solamente viendo un grupo de víctimas, sin importar quiénes y cómo fueron los afectados”.

Él asiente con la cabeza, es cierto -dice-, todos somos víctimas y mientras se miran como escudriñándose mutuamente, ella prosigue “todas las personas que vivimos la guerra apostamos por una cultura de paz. Él, responde, es cierto y así tiene que ser.

Ya con la confianza en que algún día terminarán de cicatrizar las heridas que marcaron sus vidas, así como de toda la nación, Gladys y Alexander se despiden complacientes de haberse encontrado en el camino de la vida, no sin antes intercambiar teléfonos y cuando ella se aleja de “El ojo que llora”, él, mientras conduce su silla de ruedas, le promete que pronto la llamará para continuar conversando como hermanos que son y, de seguro que los peruanos y peruanas desaparecidos, asesinados, injustamente detenidos, y minusválidos, producidos por la cruenta guerra interna que vivió nuestro país, se lo agradecerán.

Superando el drama
La directora ejecutiva de Amnistía Internacional sección peruana, Silvia Loli, destaca la necesidad de superarse pero reconoce que por la cercanía histórica al conflicto interno, tardará en lograrse.

“En el Perú se ha vivido demasiado dolor, una situación que no es muy distinta a otros países que también han sido desgarrados y para que la gente recupere su capacidad de acción es necesario saber lo que pasó para que no vuelvan a suceder”, dice.

Precisa que en una situación como la vivida, todos hemos perdido, como la oportunidad de articularnos como país y agrega que la humanidad entera también perdió cuando los seres humanos son capaces de hacerse las cosas que dicen que se ha hecho aquÑ

Enfatiza que es necesario que el Estado, como principal respon-sable, y la sociedad civil promuevan la vigencia de los derechos humanos como forma de lograr una real reconciliación sin impunidad para los responsables, sin importar el bando del que provengan.

Sus palabras coinciden con las expresadas por el director nacional de la Asociación Paz y Esperanza, Germán Vargas, quien exi-ge al Estado dejarse de confrontación.

Gracias Gladys, gracias Alexander por enseñarnos que a pesar del dolor se puede intentar vivir en paz. Gracias por su resistencia.

Vilma Escalante
Redacción

Milagros Godos
Fotografía


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