“La protesta es un derecho de todos”

Toda una vida en el Perú en defensa de los derechos humanos, desde que vino a nuestro país mientras nacía esa vorágine violenta en que los derechos de miles de campesinos eran pisoteados por terroristas y militares. Pilar Coll Torrente, religiosa de ascendencia española, llegó en 1967. A sus 79 años, sigue luchando por reivindicar los derechos –sea a la educación, salud, alimentación o vestido- de las personas humildes. Doña Pilar no tiene reparos en señalar que la nueva forma de atropellar los derechos de las personas se plasma cuando el Gobierno atropella con su represión, que lleva ya varios muertos en su haber. “La protesta es un derecho de todos”, nos dice, al empezar la tertulia.

| 24 marzo 2008 12:03 AM | Informe Especial | 1.5k Lecturas
(1) Pilar Coll, toda una vida dedicada a defender los derechos humanos. (2) Investigó las desapariciones de campesinos durante el terrorismo.
Para Pilar Coll, icono en la defensa de los derechos humanos en el Perú, la represión es la nueva forma de ataque por parte del Estado.
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Según Coll Torrente, en la actualidad el ámbito de los derechos humanos se amplió. Ya no son sólo los derechos civiles y políticos, sino que se suman los económicos, sociales y culturales. En ese contexto señala que “si bien en la actualidad el terrorismo disminuyó, se siguen vulnerando diariamente los derechos humanos en el país, en especial del campesinado. Y el gobierno es el principal responsable de esto”.

“Es increíble la brecha que existe entre un sector de la población y otro. Por un lado unos disfrutan de una vida cómoda, mientras otros no tienen acceso a la educación, no tienen trabajo y carecen de un programa de salud que los atienda. La exclusión es la nueva forma de atentar contra los derechos. Ese es el aspecto que falta mucho por trabajar en el país”, advierte.

Pero no evita ampliar su crítica a una actitud masiva. Enfatiza que la mayoría de peruanos carece de una cultura de respeto hacia los derechos de los demás. Para Pilar Coll, en la medida que la ciudadanía deje de lado la indiferencia y empiece a tomar conciencia que los derechos humanos son para todos y no una exclusividad de un grupo de personas, recién se avanzará en el tema.

“La lucha por defender los derechos humanos es una tarea de todos y no una exclusividad de una organización o partido político”, señala. Recuerda que por mucho tiempo el gobierno y los partidos políticos la acusaron de izquierdista e incluso se la tildó de terrorista, debido a que visitaba las cárceles y defendía los derechos de las personas condenadas por terrorismo. Aunque rozando susceptibilidades nacionales, dice segura que “el hecho que fuera condenado no significa que pierda sus derechos”.

No quiere ser mito
A Pilar Coll le desagrada la idea que la quieran convertir en símbolo, o mito de la lucha por defender los derechos humanos. Y es que al final, esta lucha también es mal usada por grupos que enarbolan esta bandera con otros intereses. “En todo caso quisiera ser un ‘mito activo’, una figura que moviliza. A muchas personas las distinciones o adjetivos los adormece”, agrega.

Recalca que hay muchas personas que -al igual que ella- se han fajado para defender los derechos humanos y le gustaría que estas figuras anónimas fueran descubiertas. “Si he conseguido algo es porque estuve rodeada de personas formidables, ya que sola no lo hubiera conseguido”, dice Coll.

Represión mortal
Sobre los condenables hechos de represión –en la que manifestantes fueran baleados - por parte de la Policía, como ocurrió en Ayacucho y últimamente en Pichanaki, advierte que la función del Gobierno es garantizar el respeto a los derechos de la población, pero lamenta que esto no este sucediendo. “No hay respeto a la integridad de las personas”, señala, pero también rechaza la forma de protesta de los campesinos al bloquear carreteras. Aunque no aprueba esos métodos, eso no disminuye su crítica y condena hacia la actitud del Gobierno de criminalizar las protestas y promover un decreto que otorga una “exclusiva impunidad” a los policías a utilizar las armas contra los manifestantes.

“El gobierno debe promover el diálogo antes que utilizar la violencia, pues la facultad de protestar es un derecho de todos”, acota.

Actualmente la vida de esta incansable mujer transcurre entre la ayuda que brinda a las mujeres en las cárceles, su trabajo en la Comisión de la Verdad y Reconciliación y su labor en el instituto Bartolomé de las Casas, donde trabaja con adultos mayores. Son por estos motivos que, aunque a ella no le agrade, su nombre sea considerado para muchos como un mito de la lucha por los derechos humanos en el Perú.

40 años luchando por los derechos de los demás
Llegó en barco al puerto del Callao y de allí fue a Trujillo, a trabajar en la Escuela de Servicios Sociales de la Universidad Católica, donde enseñaba religión. En ese lugar le tocó vivir el terremoto de 1970 que azotó Huaraz y hasta donde posteriormente se trasladó para ayudar. Pero, como ella recalca, su verdadera labor por defender los derechos humanos se inició diez años después, cuando llegó a Lima y ayudó a los miles de despedidos del paro nacional del 19 de julio de 1977. “Estuve andando de carceleta en carceleta, defendiendo a los trabajadores que fueron injustamente encarcelados”, recuerda Pilar Coll.

En 1987 fue designada como Secretaria General de la Coordinadora General de los Derechos Humanos, cargo que un año después la llevó a Ayacucho a investigar sobre las desapariciones de civiles sucedidas tras la matanza de Cayara - donde un grupo de militares asesinaron a más de 30 campesinos en 1988, durante el primer Gobierno aprista. Fue por esos días que estuvo encarcelada más de 30 horas, debido a que oficiales ingresaron a la habitación donde se alojaba y encontraron recursos de Habeas Corpus que elaboraba para los desaparecidos.

Por esos tiempos las desapariciones, matanzas, torturas contra la población ayacuchana eran constantes, ya sea por parte de terroristas o militares. “Les pedíamos explicaciones a los militares por los condenables actos que realizaban, pero jamás respondían”, rememora. Asimismo, recibió burlas por parte de Sendero Luminoso que la acusaba de “vender" los derechos humanos a la burguesía de entonces. Igual, flanqueada por ambos lados, siguió su lucha, ahora reconocida por completo.

Wilder Mayo Méndez
Redacción


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