La palabra del mudo

El sonido del teléfono lo despertó a las tres de la mañana en su habitación de Suecia. “Por favor le hablan de Lima, quisiéramos saber algo de la muerte del señor Acuña, del actor Jorge Acuña”. Sonrió sorprendido y fue la primera vez que tuvo la extraña sensación de que la muerte llegaba de muy lejos y se acordó de las 365 veces que murió durante un año al representar la obra Monserrat de Emanuel Robles con el Grupo Histrión, hacía ya más de 30 años.

| 14 febrero 2009 12:02 AM | Informe Especial | 3.4k Lecturas
La palabra del mudo
(1) La Sopita, una de sus creaciones más celebradas. (2) Acuña listo para entrar en escena.

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Ante los Yaguas y Cocamas

Jorge Acuña viajará este 18 de febrero a la su tierra natal Iquitos, que en el 2001 lo declaró Hijo Predilecto y le entregó las llaves de la ciudad, llaves que el mimo asegura haberlas perdido, por el celo de quererlas tener secretamente guardadas.

Como un acto sagrado, Acuña dará una función en la intersección de las calles Bermúdez y San Román, lugar donde nació y vivió toda su infancia.

Dará también dos funciones en las comunidades indígenas de Yahuas y Cocamas,  donde nunca antes ha llegado el teatro.

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Y en estos recuerdos se vio de niño. Una voz lejana que caminaba por los aires lo hizo salir a la puerta de su casa; pero no pudo seguir: un zapato inmenso que terminaba en una punta delgada doblada hacia arriba, cubría casi todo el dintel. La mirada sorprendida del niño de cinco años recorrió todo el zapato y poco a poco fue elevando su vista. Apoyado sobre el techo de la casa del frente, sudoroso, con la cara pintarrajeada, un saco verde de grandes botones, una bocina en la mano, descansaba el gigante.

- Cómo te llamas?, la débil voz del niño apenas llegó hasta los oídos del gigante, quien, con una sonrisa que le dibujó todo la cara, le contestó, -soy Fushico y he venido a tu pueblo para anunciar la llegada del circo. El niño le contestó con otra sonrisa, descubriendo asombrado las largas piernas de madera, el pantalón multicolor, la nariz de zanahoria, su cabellera roja y la sonrisa triste del payaso sudoroso.

El niño sintió que el payaso tenía sed y quería alcanzarle un vaso de agua pero no sabía cómo hacerlo. Desde ese entonces y de eso hace 70 años, Jorge Acuña Paredes, el niño remoto, camina por el mundo buscando saciar la sed de los payasos, su misma sed, anunciando en esta peregrinación que demora todavía, la llegada de los circos a los pueblos.

El tío Silverio
Este largo camino que se inició en el barrio Morona de Iquitos está poblado por el tío Silverio, conocido en los ríos y riberas de la selva como la “Balanza de Yurimaguas”, que en el recuerdo de su sobrino medía dos metros y veinte centímetros y pesaba 30 kilos, en verdad una liana, una soga y que desde la cumbre de Tamishiyacu, calibraba con su penetrante mirada el peso de las barcazas que surcaban las aguas del río Huallaga. Tío Silverio, vivía ajeno a los comentarios que provocaba su hermosa hija Milagros, quien llevaba como un estigma un lunar negro en mitad de la lengua y que cada vez que agitaba los aires del pueblo con su carcajada briosa llena de brincos, causaba un general orgasmo dentro de la población masculina.

En ese mismo camino, Jorge, niño adolescente, se ve expiando sus sufrientes primeros celos, vestido irónicamente de Pierrot, en una fiesta de carnaval pobre, el mismo día que probaría por primera vez una Coca Cola de promoción, hervida, que su madre, creyendo que era un café de reciente marca, que curaba los resfríos, la puso a hervir. Con los años, no pudo olvidar ese extraño sabor de la Coca Cola caliente ni la forma de andar algo chaplinesca, por los repetidos chimpunes de fútbol con los que aprendió a caminar.

La gran capital
Mientras dormía abrazado de su hermano Julio, entendió las palabras secretas que le encargaba en nombre de toda la familia: “Un Acuña Paredes tiene que llegar a Lima, la gran capital, para dejar bien puesto el apellido”. Así amaneció un buen día en las playas del río Ucayali que baña la ciudad de Pucallpa, donde de una patada mató un pato que resultó ser de la amante del subprefecto. Por su puesto, se fue derecho a la cárcel, de donde fue liberado por una piara de chanchos hambrientos, que a hocicazos tumbaron las paredes de caña del corral de la cárcel.

Sin demorar más en Pucallpa, que lo había bautizado con la prisión, partió a Lima sobre la carga de un camión. Fueron interminables horas mirando el cielo estrellado de las noches y azul añil de los días, hasta quedarse dormido. Lo despertó La Parada, el inmenso mercado de Lima, donde durmió su primera noche capitalina en la cavidad de un horno de hacer pan.

Meses después la madrina Victoria Ramos, soñaría con la Virgen de Las Mercedes anunciándole la llegada de su hijo. Al día siguiente del sueño, se abrió la casa de Surquillo y un coro familiar emocionado gritó al unísono: “Es él, es él”, ante la aparición de un niño adolescente desorientado en la puerta de casa. Esa noche el cuerpo de Jorge Acuña conoció por primera vez la suavidad de una sábana y el sabor etéreo de un cigarrillo Salem, junto con un chocolate Sublime.

Se matriculó con otros postulantes de último momento en la Escuela de Arte Dramático que estaba a punto de cerrar por falta de alumnos. Aprobó todos los cursos con la escuálida nota de once. Viajó a Buenos Aires con una beca de dos años para estudiar dirección escénica. Retornó a Lima a la semana de estar en la capital argentina, alegando que los “ches” no lo dejaban hablar y sabían todos los temas del mundo, habidos y por haber. Hizo papeles protagónicos en algunas obras de teatro en Lima, siendo nombrado luego Director de la Escuela de Teatro de la Universidad San Cristóbal de Huamanga en Ayacucho, solicitando de inmediato ollas, primus, carpas y una camioneta pick-up, como material de trabajo, para poder rescatar las numerosas obras de teatro en ciernes, que esperaban en los olvidados pueblos andinos.

La plaza de siempre
Dejó la dirección de teatro y el 22 de noviembre de 1968, salió a la plaza San Martín de Lima para dar la primera función de pantomima en la calle. “Señoras y señores, me llamo Jorge Acuña Paredes. Soy actor egresado de la Escuela Nacional de Arte Dramático y hoy voy a dar una función al aire libre. El teatro que voy a representar, es un teatro que no usa la palabra, es un arte antiguo que nació allá en Grecia, en las plazas, en las faldas de los cerros”.

Son las cuatro de la tarde de todos los días, cuando este personaje delgado, de nariz larga y mirada que escudriña, llega a la plaza San Martín, con una canasta de mimbre y un megáfono. En la canasta está todo su ropaje, sus zapatillas, las cremas para el maquillaje, y sus cuentos a mimeógrafo que vende en el ruedo marcado con tiza y donde frases de César Vallejo, de José Carlos Mariátegui, de Atahualpa Yupanqui, escritas en el piso provocan la atención del público. Literatura que testimonia el marginal universo de millones de peruanos en un juego de ficción y crudo realismo.

Eterno peregrino
Cuántas funciones en calles y plazas, cuántos miles y miles de cuentos desperdigados por todo el Perú y que hacen reconocerlo por donde Acuña camina, como esa vez en pleno desierto de Chimbote, un delincuente le agradece por haberle dado la oportunidad de trabajar en su ruedo de la plaza San Martín, o esa otra vez, invitado por el Sha de Irán, en la colina donde está uno de los zoológicos más sorprendentes del mundo, escucha una voz que parece un silbido: “Jorge Acuña”. Al voltear descubre una sonriente llama, paisana del mimo, que lo mira con sus ojos tiernos en esta lejanía, al otro lado del mundo.

Hace 25 años vive en Suecia con su familia, no recuerda nada especial de este país, tan solo que es uno de los mejores hospitales del mundo, donde ha trabajado con niños de las escuelas municipales llevándoles diariamente el circo. Ha participado en algunas películas y recorre las ciudades del mundo entregando el antiquísimo arte de la pantomima.

Antonio Muñoz Monge
Colaborador

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