Encendida pasión por el color

El hermoso paisaje de la campiña cajamarquina, poblado por una amplia gama de verdes, lo acompaña definitivamente, por ser el primer paisaje que vieron sus ojos y por la terca presencia de los verdes que siempre están inquietándole el pincel. Entonces Ever Arrascue se revuelca en el sueño de sus sueños cogiendo imágenes, o se pone de pie diariamente frente al lienzo que espera el trazo, el pulso, el palpitar de su bullente existencia.

| 24 enero 2009 12:01 AM | Informe Especial |1.2k Lecturas
Encendida pasión por el color 1296  

A unos metros y a la derecha de su taller está el mar; unas veces silente, nublado, calmo, triste. Otras, alegre, risueño, con tumbos y olas encrespadas, alumbrado en un abrazo de sol pleno y el verde marino aparece en ese cuerpo inmenso, profundo e indómito, para caminar en el hilo del tiempo hasta las pupilas sensibles y memoriosas del artista, quien, a la manera de un pirotécnico, enciende el color en una fiesta de posesión pasional, donde la fe y el trabajo hacen de andamiaje.

Ever Arrascue construye la gran estructura bajo el soplo voluntarioso de estar seguro de lo que se hace, con la misma pasión de siempre, trabajando, metido en el tiempo sin hora, para testimoniar la vida de una Lima que va naciendo en una efervescencia sin límites, una Lima que puede ser un acantilado (ver su cuadro “El oro de sus paredes”).

A primera vista, ante la mirada lánguida del paseante desprevenido, los acantilados aparecen como simples terrenos baldíos, como descascarados terraplenes mirando el mar. Sin embargo, en cualquier recodo encontramos la vida, la tierra del hombre.

O, el eterno arribo, (su cuadro “La Llegada”), o esa mujer campesina Chopqa huancavelicana, viendo el paso del “tren macho” a través de una ventana del tiempo.

Así es la pasión
Pero con seguridad encontramos al pintor, todos los días en su taller, en los espacios que le roba al tiempo, pintando, leyendo, arreglando sus bastidores, escribiendo, recordando el mundo interior que le bulle como un fuelle. Infatigable en el dibujo, en la línea, en los valores tonales, sabiendo que el camino es áspero, tortuoso, contagiado de espejismos, sin embargo los atajos que uno porfía tienen la plenitud de la luz, de la creación, de la insistencia en lo que uno cree desde siempre, hasta este preciso instante, para proseguir por lo que uno ha apostado, ahora mismo, porque mañana puede ser demasiado tarde o nunca. Así es la pasión.

Sonríe, mientras Sonia, su esposa, también pintora, se reclama más tiempo de una vez por todas para esta carne viva, que te hace levantar de la cama a medianoche, a las 2, 3 de la madrugada, buscando lograr redondear el detalle, la luz, la intención, el ritmo, la profundidad, el color.

Pancho Izquierdo, Víctor Humareda
Abriendo claridades en esas marañas de colores, formas, soplos, está la presencia ausente de Pancho Izquierdo, ese niño grande, tremendo pintor que atravesaba la piel con sus colores, abrazos, pícara, juguetona risa con huaynos y rancheras, trayéndote campesinos, obreros, huelgas, niños, vendedores ambulantes, pasajeros de micros, para que se queden con uno hasta siempre. Pancho Izquierdo hace un año viajó a la eternidad. “Así es, maestro Izquierdo, pintamos porque nos preocupa y nos interesa la verdad. Nuestro horizonte es severo. Al no quebrantar tu firmeza campesina ni tu perseverancia por realzar a un nivel pictórico los temas sencillos y cotidianos de la vida, nos das ánimo para seguir con la tarea que hemos emprendido, con el camino ya trazado: dominar la corriente realista, porque la historia y la vida misma nos presiona a dominarla con convicción y sin prejuicios. Nuestro vigor debe ser inagotable”.

Recordando a Víctor Humareda que perdió la voz contagiado por la química de su pintura y “pintó en La Parada como un cóndor solitario hasta un día antes de su muerte”. Que se sentaba en las bancas de los parques solitarios, esperando en esta cita de amor a la primera mujer que se le acercara.

El mural de Arrascue
Ahora lo vemos a Ever subido en unos andamios pintando un gran mural. Los andamios cubren toda la superficie como una cuadrícula, a escala o calco, para poder determinar los detalles y ubicar los dibujos.

En los escondidos conchos de la creación pictórica, el Perú aparece como un gigantesco, infinito mural donde cada uno de nosotros irá dejando la huella de sus sueños, sueños de cientos de años de desencuentros, buscando el destino común de logros solidarios y dormir acurrucado tocando la piel de esa realidad.

José Carlos Mariátegui reclamaba, “El Perú necesita un gran mural en permanente trabajo”, José Sabogal, maestro del indigenismo, pedía muros pero no le dieron. El gran muralista Teodoro Núñez Ureta nos ha dejado su testimonio del hombre peruano en murales históricos. Alguna vez, el “Chino” Domínguez, gran fotógrafo, nos dijo, “El Perú no es de postales, el Perú es de murales”.

El carácter social del mural, exagera los elementos, para que tomen monumentalidad y su presencia comprometa el devenir de la historia con el hombre cotidiano.

Ahí está, de quevedos, mostachos de patriarca, cazurra la mirada, don Ricardo Palma, quien con la ironía de su pluma, construyó el gran fresco de la cotidianidad histórica, anecdótica del Perú. Sobre él y los otros personajes del mural, un cóndor con su vuelo y la luz iluminan el inmenso escenario de 156 m2, (13 metros de alto por 12 de largo), dándose la mano por igual, la papa, flor de la tierra, campesinos, surcos, estudiantes de diversas disciplinas, profesionales y obras palpables como la Hidroeléctrica Santiago Antúnez de Mayolo (Mantaro), Cañón del Pato, iconografía del Tumi de oro, donde cada elemento tiene una justificación, un porqué dentro del cuerpo didáctico del mural.

Mural ubicado en el frontis del local administrativo de la Universidad Ricardo Palma, cuadra 54 de la avenida Benavides.

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