El fantasma de McCarthy sigue caminando

El fantasma del senador Joseph McCarthy ronda todavía en los pasillos y oficinas de Washington, soplando nombres a los oídos de los funcionarios del gobierno norteamericano y sus agencias de inteligencia.

| 18 marzo 2008 12:03 AM | Informe Especial | 1.4k Lecturas
El fantasma de McCarthy sigue caminando
(1) Joseph McCarthy, todo un símbolo del terror en Estados Unidos. (2) Edward Murrow, periodista que marcó un estilo. (3) Lauren Bacall, la diva.

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Decenas de celebridades tuvieron que abandonar Estados Unidos, refugiarse en Europa y Canadá, para evitar sufrir persecución y hasta la cárcel, por el sambenito de “comunista”, que McCarthy colocaba a quien pensara diferente.
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Quienes creen que el “macartismo”, epíteto derivado del apellido del político de Wisconsin, ha desaparecido, están equivocados porque las prácticas que inspiró no solo superviven sino que han sido renovadas con nuevas tácticas y experiencias recientes muestran que está fuertemente vigente aun cuando el objeto de persecución no sea ya el viejo comunista soviético.

El senador McCarthy fue el instrumento que la historia norteamericana colocó en el lugar exacto en el momento justo luego de terminada la Segunda Guerra Mundial y cuando se iniciaba la “Guerra Fría”, esto es, el enfrentamiento ideológico y político entre los grandes bloques vencedores de la contienda. De un lado los Estados Unidos y sus aliados y del otro la Unión Soviética y el conjunto de países que conformaron el llamado bloque socialista.

La tensión era tanta que muchos pensaban que en cualquier momento se desataría una Tercera Guerra, idea que fue reforzada por acontecimientos como el triunfo de Mao Ze Dong en China, la prueba exitosa de la Bomba de Hidrógeno en Siberia y el inicio de las hostilidades entre Corea del Norte y Corea del Sur.

Así, en los Estados Unidos el enemigo se llamaba “comunismo” y con rapidez se propagaba el rechazo a todo lo que proviniera de los países comunistas. Fue el tiempo también de la paranoia de los espías rojos y de la vigilancia extrema de quienes manifestaran siquiera interés por el ballet ruso.

En ese escenario de paranoia, temor por otra guerra y sospechas hasta de los vecinos, apareció un día el senador McCarthy, mostrando en una sesión parlamentaria una cartera y diciendo: “Aquí tengo una lista de los comunistas infiltrados en el Departamento de Estado”.

Nadie pidió una comprobación; el dato era falso, no existía ninguna lista, pero los medios le dieron tal cobertura con grandes titulares en primera página que nadie se atrevió a desmentirlo… pues hubiera sido acusado de comunista.

La paranoia se convirtió en histeria. Casi cada día el senador McCarthy y su equipo anunciaban descubrimientos de infiltrados en casi todos los niveles. Es conocido, por ejemplo, cómo se lanzaron contra la industria del cine, obligando a famosos artistas a delatar a colegas de haber sido comunistas.

La delación fue lo corriente en esos tres o cuatro años terribles y el famoso Comité de Actividades Antinorteamericanas revivió las prácticas de la ominosa Inquisición. El drama llegó a tal nivel que hubo numerosos suicidios de personajes.

Pero el senador se excedió al introducir sus denuncias en la zona del mismísimo Presidente Eisenhower, es decir, al Ejército que había llevado al triunfo a la nación, por lo que gozaba de enorme prestigio.

En 1953 ya hubo voces de protesta contra sus métodos y muchos comenzaron a abandonarlo, mientras la prensa le perdía el miedo y lo atacaba. El famoso periodista Edward Murrow, en un solo programa de televisión, develó sus prácticas y lo denunció como cabecilla de la “caza de brujas”. El Senado lo censuró finalmente acusándolo de “conducta impropia”.

Con la salud muy deteriorada debido a su afición al alcohol, McCarthy deambuló por el Senado tratando de revivir su pasada gloria insistiendo en que tenía más nombres para denunciar, pero ya nadie le hizo caso y más bien se alejaban de él porque ya no lo necesitaban (uno de estos fue su antiguo amigo Richard Nixon, que llegaría a ser presidente de los Estados Unidos). El senador murió de cirrosis a los escasos 48 años.

Pero dejó su nombre como herencia a la persecución política ciega y abusiva que achaca subversión sin pruebas a cualquiera, al lanzamiento de incriminaciones inventadas con el propósito de ganar réditos políticos o de encubrir cuestiones incómodas para el gobierno.

El macartismo también llegó al Perú
El macartismo, la denuncia de presuntos comunistas amenazando a la democracia del Mundo Libre, tuvo su correlato en toda América Latina.

En el Perú el conocido político Eudocio Ravines fue el encargado de hacer las denuncias logrando que por años se impidiera, por ejemplo, las relaciones diplomáticas o comerciales con los países socialistas, por el supuesto peligro de infiltración comunista, algo que hoy renace con el nombre de “contrabando ideológico”.

Sus instrumentos fueron su revista “Vanguardia” y el diario “La Prensa”, de Pedro Beltrán y la Sociedad Nacional Agraria, que repartían acusaciones a muchos políticos de recibir el “oro de Moscú”.

Ravines había sido un destacado líder comunista, que encabezó el partido hasta los años 40. Luego, en cambio súbito, ofreció sus servicios a los Estados Unidos y fue reclutado como agente por la embajada nortamericana en Santiago.

Muchos años después esta información fue confirmada por el famoso periodista Carl Bernstein en una investigación publicada en el diario The New York Times.

El macartismo peruano fue, pues, dirigido por todo un importante agente de los servicios secretos norteamericanos.

En lo años 60, circularon los famosos “papeles de La Habana”, listas de políticos supuestamente financiados por la naciente Revolución Cubana. Varios de los nombrados estaban muertos, lo que desnudó la patraña.


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