El Bogotazo: Cuando Colombia se partió en dos

Los ecos del 9 de abril de 1948, día que mataron a Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá, aún se escuchan. Ni un Plan Colombia ni un Plan Patriota podrán acallar los pedidos de una verdadera paz con justicia social, no la de los cementerios sembrados por la élite oligarca aliada con el imperio.

| 13 abril 2008 12:04 AM | Informe Especial | 2.7k Lecturas
El Bogotazo: Cuando Colombia se partió en dos
(1) La multitud ganó las calles, sin control ni dirección, para condenar a la oligarquía contra la que luchaba Gaitán. (2) Gaitán, el más carismático y querido líder político de Colombia.
“Yo no soy un hombre, soy un pueblo” Jorge Eliécer Gaitán
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Fueron tres balas las que mataron a Jorge Eliécer Gaitán. Una muerte que partió a la sociedad y la historia de Colombia.

Gaitán era un caudillo. Pero a diferencia de los Franco, Trujillo o Stroessner que se creían iluminados por Dios y los Estados Unidos, sólo creía en las verdades de a puño que admitía el pueblo.

Era uno de los mejores penalistas y políticos de su país. En su oficina de abogado atendía a todo tipo de personas, pobres especialmente. Y en el Congreso despertaba admiración y envidia al enfrentarse contra el “país político”, ajeno al “país nacional”, en donde la corrupción y el fraude se solazaban mientras el pueblo seguía oprimido.

Mientras cancilleres y doctores claman, proclaman y declaman, la realidad existe. En los campos colombianos se libra a tiros la guerra entre conservadores y liberales; los políticos ponen las palabras y los campesinos ponen los muertos. Y ya la violencia está llegando hasta Bogotá, ya golpea a las puertas de la capital y amenaza su rutina de siempre, siempre los mismos pecados, siempre las mismas metáforas: en la corrida de toros del último domingo, la multitud desesperada se ha lanzado a la arena y ha roto en pedazos a un pobre toro que se negaba a pelear. (Eduardo Galeano)

Uno de sus primeros actos como congresista fue la denuncia de la Masacre de las Bananeras, uno de los más horribles crímenes cometidos por la United Fruit Company, transnacional estadounidense que explotó al campesinado de Centro y Sudamérica. Durante 15 días relató la horrible matanza. Y la transnacional, que no tenía reparos en dar golpes de Estado cuando lo creía necesario, siempre bajo la bandera de las franjas y las estrellas, lo consideró su mayor enemigo. Él lo sabía, pero no se amilanaba. Creía que “ninguna mano del pueblo se levantará contra mí y la oligarquía no me mata, porque sabe que si lo hace, el país se vuelca y las aguas demorarán 50 años en regresar a su nivel normal”. Se equivocó en su muerte, pero no en las consecuencias. Colombia sigue partida entre una oligarquía de ultraderecha con Uribe a la cabeza y los paramilitares y los grupos narcos detrás, y una guerrilla que cambió sus ideales primigenios y utiliza acciones terroristas para sobrevivir.

El altivo caudillo, enjuto rostro de estatua, denuncia sin pelos en la lengua a la oligarquía y al ventrílocuo imperialista que la tiene sentada en sus rodillas, oligarquía sin vida propia ni palabra propia, y anuncia la reforma agraria y otras verdades que pondrán fin a tan larga mentira.

Si no lo matan, Gaitán será presidente de Colombia. Comprarlo, no se puede. ¿A qué tentación podría sucumbir este hombre que desprecia el placer, que duerme solo, come poco y bebe nada y que no acepta la anestesia ni para sacarse una muela?(EG)

Ya Hitler había utilizado el método. Varias décadas después, John Lennon sería asesinado de igual manera. Un esquizofrénico fue al estudio de Gaitán y pidió una cita con él. Se la negaron. Lo esperó en la calle. Cuando Gaitán salió a almorzar con unos amigos, el loquito le disparó por la espalda. Sus amigos lo llevaron a la Clínica Central, pero falleció en ese lugar. El reloj de Gaitán se había parado a la una y cinco.

Un estudiante de 21 años, que tenía una cita con él y que se llamaba Fidel Castro, cuenta que parecía un terremoto lo que sintió pero que era, en realidad, una avalancha humana que bajaba de los cerros y corría por los barrios pobres gritando: ¡Lo mataron! ¡Lo mataron!

La muchedumbre cogió al magnicida, lo sacó de una farmacia donde se había refugiado y lo masacró. Luego, llena de furia, destrozó vidrieras, volcó tranvías, y empezó una marcha hacia el Palacio de Gobierno, gritando ¡Viva Colombia! ¡Abajo los godos! Los manifestantes arrojaron el cuerpo desnudo del asesino contra la puerta principal de Nariño.

Desde otro teléfono el presidente, Mariano Ospina Pérez, manda proteger la casa del general Marshall y dicta órdenes contra la chusma alzada. Después, se sienta y espera. El rugido crece desde las calles. Tres tanques encabezan la embestida contra el palacio presidencial. Los tanques llevan gente encima, gente agitando banderas y gritando el nombre de Gaitán, y detrás arremete la multitud erizada de machetes, hachas y garrotes. No bien llegan a Palacio, los tanques se detienen. Giran lentamente las torretas, apuntan hacia atrás y empiezan a matar pueblo a montones. (EG)

Su muerte recrudeció la exclusión social y la persecución política. La violencia del campo provocó una emigración masiva hacia las urbes, y las ciudades empezaron a tener asentamientos humanos conocidos como tugurios. Aparecieron los niños de la calle. Los escuadrones de la muerte. Y una guerrilla que ya cumple cinco décadas sin ser vencida, pese a los millones con los que arma el imperio al ejército colombiano.

Testimonio de Fidel
En aquel momento, aparentemente, el Ejército vacilaba, en una actitud expectante ante los acontecimientos. Recuerdo que dejándome llevar por el entusiasmo me paré en un banco, les dirigí la palabra y les hice una arenga a los soldados que estaban enfrente. Y después continuamos hacia el sitio donde se decía que estaban siendo atacados los estudiantes. Todo esto en medio de una gran confusión.

Hubo un minuto, cuando ya en horas de la madrugada, tuve tiempo de detenerme a recapacitar y pensar en la situación, en que estaba convencido de que aquella tropa estaba perdida, que si la atacaban iban a perecer todos, que estaba dirigida de una manera estúpida. Y entonces me planteé un problema de conciencia: si yo debía seguir ahÑ Pensé en Cuba, en mi familia, en muchas cosas y me pregunté si yo debía permanecer allí en esa cosa inútil. Y realmente tuve dudas.

Y sin embargo la decisión que tomé fue quedarme, porque me dije: bueno, el pueblo es igual aquí que en Cuba, que en todas partes; aquí como en todas partes el pueblo es víctima de los crímenes, de los atropellos, de las injusticias; aquí como en todas partes la gente sufre, y aquí esta gente tiene la razón absoluta, y por lo tanto me quedo. (Fidel Castro, quien estaba en Bogotá durante los acontecimientos, participando en un congreso estudiantil)

Julio Altmann


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