El artista y la época

EI siguiente es el texto de una conferencia dictada, en junio de 1999, en el Museo de la Nación, en una semana de homenaje a José Martí y José Carlos Mariátegui organizada por una Comisión de la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Es un texto inédito, sobre el libro de Mariátegui El artista y la época, que publicamos porque pone el acento en la relación del periodismo con la cultura.

| 05 setiembre 2009 12:09 AM | Informe Especial | 5k Lecturas
El artista y la época
(1) En 1932, Hitler, pintor fracasado, visitó una exposición y la condenó como “arte degenerado”. (2) Este cuadro de Oskar Kokoschka es de 1908. Se titula: “La tragedia del hombre”. Seis años después empezó la I Guerra Mundial (3) José Carlos Mariátegui, hombre de vanguardia en la política y en el arte. (4) René Char, el gran poeta francés que fue capitán de la Resistencia contra el ocupante de su patria.

Más datos

Mariátegui rechaza de plano el realismo simplón y fotográfico.

Se puede aplicar la frase adamantina del poeta René Char: «Las cosechas más puras se siembran en suelo que aún no existe».

“La demagogia es el peor enemigo de la revolución, lo mismo en la política que en la literatura”.
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Antes de entrar en mi tema, quiero rendir homenaje a José Martí, el poeta universal y cubano, el cronista que miraba a Nuestra América como unidad, el escritor de pluma de cristal cuando escribía para niños y, sobre todo, el héroe de la independencia de Cuba y forjador de alertas y esperanzas para el conjunto de nuestros pueblos.

En tocar a rebato fue profético MartÑ Poco después de su muerte, una tragedia continental verificó sus alarmas. El imperialismo del gran garrote empezó a invadir y ocupar países de América Latina, como lo recuerdan República Dominicana, Haití, Nicaragua y México. A Puerto Rico lo anexó y ganas no le faltaron de hacer lo mismo con Cuba.

Por ello proclamó Martí en una carta, escrita horas antes de su muerte heroica, su interés “en impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino que se ha de cegar y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de América, al norte revuelto y brutal que los desprecia... Viví en el monstruo y le conozco las entrañas y mi honda es la de David”.

José Carlos Mariátegui recordó en uno de sus escritos juveniles cómo lo había conmovido una conferencia del argentino Manuel Ugarte en el Teatro Municipal de Lima, Ugarte publicó en su libro Mi campaña hispanoamericana el texto de esa disertación, que ocurrió el 3 de mayo de 1913, cuando Mariátegui tenía 17 años.

Allí, el escritor visitante recordó estas palabras del presidente Taft publicadas en esos días por un diario estadounidense y reproducidas por el cotidiano “Estrella de Panamá”:

“No está lejano el día en que tres banderas de estrellas y barras señalen en tres sitios equidistantes la extensión de nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el Canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro de hecho, como en virtud de nuestra superioridad de raza ya es nuestro moralmente”.

Ese mismo presidente Taft era el que deliraba por anexarse Canadá, según lo recuerda el profesor de la Universidad de Yale Samuel Flagg Bennis, en su libro La política internacional de los Estados Unidos.

Si Martí estuviera vivo, nos diría: el Norte brutal busca hacer en el mundo lo que antes hizo, mediante cañoneras y sangre, en nuestra América. Ahora Zbigniew Brzezinski, en una entrevista con la corresponsal del diario argentino “Clarín”, el 25de octubre de 1997, ha precisado que, aparte de los bombarderos, Estados Unidos refuerza su dominación mediante “las comunicaciones globales, el entretenimiento popular, la cultura de masas y las ventajas que tiene en lo que respecta al avance tecnológico”. “Lo que llamaríamos”, remata, “el imperialismo cultural estadounidense.”

A la luz de esa historia antigua y reciente, cobra sentido preciso el que rindamos homenaje a dos de los latinoamericanos lúcidos, limpios y plenos de coraje, que unieron en su idea y su acción el sentido nacional y el internacionalismo revolucionario, a la par que una profunda vocación de cultura, reivindicadora de lo propio sin chovinismo empobrecedor, pero también con respeto a nuestras raíces.

Asombra en El artista y la época la riqueza de intereses culturales. Se benefició el Amauta de una época revolucionaria no sólo en el área política, sino también en la cultural. Mariátegui continúa y perfecciona lo que he llamado la vocación de cultura del proletariado inicial, anarquista, del Perú.

Mariátegui no es de esos escribas áridos, que en prosa seca, negación de lo artístico, se injieren en la crítica de literatura, pintura y música. En él se adunan goce y lucidez de la obra de arte, porque él mismo es artista. El libro es como una linterna mágica respecto a la cultura de una época, pero también respecto a su irradiación más allá del tiempo y lugar de su aparición.

La sola enumeración de los escritores y artistas comentados en esas doscientas páginas bastaría para adormecer a una audiencia, en el caso de no estar aquellas animadas por la visión procesal, la agudeza valorativa y la vitalidad expresiva de Mariátegui. Son examinados Isaak Babel y Honorato Daumier, León Tolstoi y Fedor Dostoievski, Alfred Döblin y Luigi Pirandello, Franz Marc y Pablo Picasso, Oscar Wilde y Heinrich Zille, Marcel Proust y James Joyce, Diego Rivera y José Sabogal, Lord Byron y André Breton, Rainer María Rilke y Oskar Kokoschka.

Una nota vibra en estas páginas: la del antidogmatismo. Tomo al azar, para contemplarlo a la luz de nuestro tiempo, el deleitoso párrafo con que recuerda la visita que hizo a la galería pictórica privada de Herbarth Walden en Alemania.

“Están allí representados insuperablemente”, escribe, “Archipenko, Umberto Boccioni, Carlo Carrá, Marc Chagall, Max Ernst, Albert Gleizes, Kandinski, Paul Klee, Kokoschka, Fernand Léger, Gino Severini y el gran expresionista alemán, prematuramente muerto hace algunos años, Franz Marc”.

Eso fue escrito en octubre de 1929. Pocos años después, todos los pintores admirados por Mariátegui en esa galería fueron retirados de museos y exposiciones de Alemania. Adolfo Hitler, pintor fracasado, los lapidó con el calificativo de “arte degenerado”. William Shirer, el admirable, minucioso historiador del tercer Reich, precisa que el nazismo pasó al archivo 6,500 cuadros.

¿Qué es lo que atrajo, en cambio, a Mariátegui? Lo explica él de esta manera: “Ha sido la victoria de la fantasía sobre la realidad, de la imagen y la figura sobre la cosa...”.

Mariátegui rechaza de plano el realismo simplón y fotográfico, y el populismo que se refocila con los pantanos de la miseria.

Escribe el Amauta en otro lugar del libro, en el ensayo La realidad y la ficción: “La muerte del viejo realismo no ha perjudicado absolutamente el conocimiento de la realidad. Por el contrario, lo ha facilitado. Nos ha liberado de dogmas y de prejuicios que lo estrechaban. En lo inverosímil hay a veces más verdad, más humanidad que en lo verosímil. En el abismo del alma humana cala más hondo una farsa inverosímil de Pirandello que una comedia verosímil del señor Capus”.

Y acá nos encontramos con una lámpara alumbradora sobre, por ejemplo, el poema “Masa” de César Vallejo. Hay allí una resurrección inverosímil pero exaltadora de la fibra con que se teje la mayor esperanza humana: la solidaridad.

Y recordamos que La Metamorfosis de Franz Kafka fue escrita poco después de que el autor anotara en su diario, al ver la tristeza de muchos seres humanos: “Se siente uno un insecto”.

Por algo ha escrito Bertolt Brecht que “por encima de las formas literarias hay que interrogar a la realidad, no a la estética, ni siquiera a la del realismo. La verdad puede ser silenciada de muchas maneras y dicha de muchas maneras. Nosotros guiamos nuestra estética, así como nuestra ética, por las necesidades de nuestra lucha”.

“El realismo y el no realismo en la obra de arte no se remiten a la realidad actual que ella refleja, sino a la perspectiva de porvenir que comporta”, ha explicado el filósofo Georg Lukács, que en los años treinta, en el clima del stalinismo, fuera tan dogmático en materia estética.

Invito a repasar, frente a la estéril faena de Hitler, las ideas del Amauta sobre el expresionismo, la carga prospectiva de su mirada.

En 1937, siete años después de la muerte de Mariátegui, el expresionista Kokoschka iba a expresar su solidaridad con una insurrección obrera en Austria. Al ayuntamiento socialista de la Viena Roja consagra su cuadro “Vista desde Wilhelmminenberg”. Ese mismo año, en respuesta irónica a Hitler, pintaría su «Autorretrato de un artista degenerado».

Si en El artista y la época Mariátegui reivindica los fueros de la fantasía es porqué él, en empresa fantástica, arraigada en nuestra tierra y nuestra historia, estaba empeñado en construir un socialismo a la peruana y a la latinoamericana, sin calco ni copia.

En «Masa», César Vallejo atravesó con el radar de la poesía las tinieblas de lo futuro. A Mariátegui y Vallejo se puede aplicar, pues, la frase adamantina del poeta francés René Char, ex jefe de guerrilla antinazi durante la segunda guerra mundial: «Las cosechas más puras se siembran en suelo que aún no existe». O también esta otra de Char: “Poesía, la vida futura en el interior del hombre recalificado.”

Mariátegui dedica un ensayo extenso a Rainer María Rilke, a quien clasifica en el campo del lirismo puro. Los otros dos terrenos de la poesía son para él la épica revolucionaria y el disparate absoluto.

Con todo respeto, podemos discrepar de esa valoración sobre Rilke. Hay una explicación: en días de Mariátegui no se conocía la participación del poeta del Libro de Horas en una célula revolucionaria en la Alemania de 1918. No sólo eso: Jean Leymarie, en su ingente volumen Picasso. Artista del siglo, de 1972, nos cuenta un hecho que arroja luz diáfana sobre las «místicas» Elegías de Duino. Dice Leymarie:

«Apollinaire escribió varios poemas inspirados en el universo vagabundo de los arlequines y el circo folclórico, resumido en el cuadro (de Picasso) «Familia de Saltimbanquis». El cuadro estaba colgado en el apartamento de Hertha König en 1915, cuando Rilke, descorazonado por la guerra, vivió allí durante meses, y la memoria del cuadro lo inspiró cuando escribió la quinta de las Elegías de Duino. El poeta vio en los saltimbanquis el esfuerzo por crear al ser humano.

Agreguemos que la elegía, dedicada precisamente a Hertha König, se interroga sobre quiénes son esos errantes, rodeados por la rosa de la contemplación. Esta elegía, precisemos, fue escrita por Rilke después de terminado el ciclo. El poeta eliminó una que antes llevaba el número quinto. En carta a su amiga Lou Andreas-Salomé escribió que con esa composición había querido elevar en el centro de su obra la pirámide edificada por los acróbatas entre el cielo y la tierra, entre el ángel y el ser humano.

Resulta, entonces, que el lirismo de Rilke no es puro y sin mezcla. Y recordemos que en un poema temprano, en el Libro de Horas, Rilke preguntaba, refiriéndose a Cristo: “¿Dónde está aquel que dejando los bienes y el tiempo / se ha fortalecido y elevado hasta la gran pobreza, / cuando arrancó sus ropas en la plaza del mercado / y avanzó desnudo delante del obispo?”.

Mariátegui vio en el expresionismo una manifestación de nuestro siglo de guerras, crisis y revoluciones. La ruptura de la línea, el desgarro de los gestos, la violencia del color, la tensión de la panza burguesa y el encogimiento de la piel proletaria, el tiempo de la muerte y la inflación: todo eso está en los cuadros expresionistas.

Mariátegui se vuelve contra el realismo superficial e instantáneo, contra lo que él califica de “perezosa forma de pintar al pueblo”. Gran consejo para los periodistas.

Por algo escribió: “Sobre la mesa de trabajo del crítico revolucionario, independientemente de toda consideración jerárquica, un libro de Joyce será en todo instante un documento más valioso que el de cualquier neo-Zola”.

Este juicio coincide con el del crítico francés Jean-Louis Cabanes en su Libro Critique Littéraire et Sciencies Humaines (Pribat, éditeur, París, 1974):

“La Estética naturalista se encierra en la representación de la realidad. Pensemos en la comparación cara a Zola del novelista con el juez instructor. Para el narrador naturalista, así como para el historiador positivista, hay una verdad de hecho. Basta con elaborar un legajo. Al no vincular los hechos con la experiencia humana, se omite lo real. El novelista realista no se contenta con acumular detalles, la precisión miope le importa menos que la articulación significativa de los hechos…”. Hay aquí una verdad a la que Mariátegui se anticipó en medio siglo.

En “Populismo literario y estabilización capitalista”, publicado en “Amauta” de enero de 1930, cien días antes de su muerte, escribió Mariátegui:

“La demagogia es el peor enemigo de la revolución, lo mismo en la política que en la literatura”.

He subrayado la intensa exploración cultural de Mariátegui. Permitidme abusar de vuestra paciencia un momento más para señalar dos rasgos prominentes del pensamiento cultural del Amauta: el vínculo dialéctico que establece entre lo nacional y lo universal o cosmopolita, como él lo llama, y entre herencia cultural y vanguardia artística.

Lo primero lo esclareció en diversos textos, particularmente uno referido a Abraham Valdelomar, quien supo vincular el aire de la aldea y el del mundo. Las últimas líneas de los “7 Ensayos” repiten un concepto que antes había formulado sobre César Vallejo: “Por los caminos universales, ecuménicos, que tanto se nos reprochan, nos vamos acercando cada vez más a nosotros mismos”.

En cuanto al lazo entre tradición y vanguardia, hay más de un pasaje enriquecedor en El artista y la época, y a todo lo ancho de la obra mariateguiana.

Y aquí pongo el pie en la garganta de mi propia canción -desafinada-.

César Lévano
Director

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