Del auge neoliberal al cambio

Ponencia presentada en la mesa redonda sobre el golpe en Honduras, realizada recientemente en la Facultad de Derecho de la Universidad de San Marcos y en la que también intervino el analista internacional Guillermo Giacosa.

| 31 octubre 2009 12:10 AM | Informe Especial | 1k Lecturas
Del auge neoliberal al cambio
(1) Sánchez de Lozada y Alberto Fujimori, dos neoliberales y corruptos. Al primero lo sacaron y el segundo renunció por fax. (2) El derrocamiento del presidente de Honduras, Manuel Zelaya, demuestra la intolerancia derechista.
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El ALCA resumió una idea de asimilación por el mercado de nuestras economías, haciéndolas compatibles con la del gigante, y otorgando a las inversiones el mismo o mejor trato
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En la década de los 90, Latinoamérica era casi unánimemente democrática, a su manera, totalmente neoliberal, en la única manera en que se puede serlo bajo regulaciones del FMI y otros organismos, y absolutamente pro Estados Unidos.

La legalidad de la mayoría de países había sido alterada –en el transcurso de los 20 años anteriores- y se discutía abiertamente la forma de “por fin” hacer irreversibles las nuevas reglas a las que se había llegado después de la tragedia de las dictaduras y las ilusiones más o menos fallidas de los “regresos a la democracia”.

Estaba naciendo un orden hijo de los golpes de Estado, auspiciados por los Estados Unidos para acabar con el “peligro comunista”, y de las transiciones posteriores, también bendecidas por Washington para retirar, negociadamente, a los militares del centro de la crisis evitando convulsiones sociales graves.

Pero también un orden que venía alimentado por la crisis del modelo desarrollista, o de sustitución de importaciones, populista, estatista y socializante, que tuvo auge en el subcontinente como la vía propia para vencer el subdesarrollo, y que se expresó en la imposición redonda del neoliberalismo, consenso de Washington, que eliminaba, en lo esencial, la autonomía en la decisión de los modelos económicos.

Finalmente, el orden era también un producto de la victoria de las doctrinas de seguridad nacional, que habían derrotado a las guerrillas y logrado debilitar el poder de los sindicatos y otros movimientos organizados de masas y cuya versión “democrática”, insistía en que la apertura política nunca debía ser total ni podía bajarse la guardia ante el “terrorismo”.

El orden de los 90
El orden de los 90, como cualquier otro, era un producto de la historia y de las relaciones de fuerza, pero, como suele ocurrir, era presentado como una especie de restablecimiento de la razón, del deber ser, del curso natural de las cosas, que nos ordenaba ser democráticos y promercados porque así tenía que ser. La globalización estaba ahí, no se podía resistir a ella. La lista de países, organizaciones y personas terroristas, estaba establecida para repudio del mundo.

Las desestabilizaciones traían feroces castigos: inflaciones, pobreza masiva, violencia y eran la explicación de porqué hubo tantos golpes de Estado. Gobernabilidad y estabilidad se hicieron conceptos casi sinónimos.

En los primeros años de los 90, Estados Unidos venía de ganar la guerra fría y se proponía volver a revisar la regla con su patio trasero, que para entonces se había alineado política y económicamente con el “nuevo orden”. El ALCA (Área de Libre Mercado de las Américas), creación del primer Bush y proyecto de Bill Clinton, resumió una idea de asimilación por el mercado de nuestras economías, haciéndolas compatibles con la del gigante, y otorgando a las inversiones el mismo o mejor trato que el que podían recibir en la tierra del dólar.

El reflejo institucional de este nuevo momento fue el ataque contra lo impredecible. Que la constituciones (las nuevas o las reformadas) ya no se movieran nunca más (véase al respecto la noción de “artículos pétreos” de la Constitución de Honduras, que recuerda la fórmula de la Constitución peruana que los actos de los golpistas no serán validados, que quedó en letra muerta). Y que los pactos internacionales, los contratos y otros compromisos público-privados, fuesen tan poderosos como la ley suprema, o más que ella. En sustancia que los cambios de gobierno no amenazaran lo que había costado tanto establecer.

Partidos tradicionales
En segundo lugar, el orden moderno implicaba que los congresos no fueran contradictorios con el Ejecutivo y para conseguirlo trataron de hacerlo, de acuerdo a cada circunstancia, menos legislador (los Ejecutivos ganaron diversos derechos a dictar leyes especiales, de urgencia, delegadas, etc.); menos fiscalizador (sus investigaciones quedaron como mera referencia, no vinculante); menos representativo (la conexión con la población se vio debilitada). En definitiva, menos apto para equilibrar y controlar al poder central, lo que se terminó viendo como una virtud que aceleraba la “modernización”.

En tercer lugar, siempre en el campo institucional, los grandes partidos tradicionales quisieron apropiarse del nuevo orden, pues eran los únicos que podían pactar, abierta o implícitamente, un sistema de alternancias, sin cambio de la política real, en el que la derecha, el centro y sectores que antes se llamaban de izquierda, se encargaban de administrar el Estado en continuidad con sus predecesores.

Muchas medidas: barreras requisitos, sanciones, etc., se pensaron para asegurar que el sistema no fuese penetrado por “extraños” y se aseguró, sin demostrarlo, que mientras hubiese menos opciones por escoger y menor dispersión del voto el sistema sería más estable. La paradoja es que precisamente la cerrazón creó un desafío político reiterado para sacarle la vuelta al esquema. Los partidos quedaron identificados como oligarquías inflexibles que dejan fuera al resto y el outsider antisistema se idealizó como “bueno” por sólo el hecho de venir de fuera.

Raúl Wiener
Redacción


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