Clásico de la furia y el amor

El siguiente texto de César Lévano apareció en la revista Sí, el 30 de mayo de 1988. Teodoro Núñez Ureta es pintor famoso. Pero fue también humanista cabal: graduado en ciencias y letras, dio ejemplo de coraje cuando ejerció el mando de la milicia civil de su Arequipa natal alzada contra la dictadura de Manuel Odría. Ensayista, conferenciante, poeta: en todo puso la furia contra la injusticia y el amor por su pueblo.

| 26 mayo 2008 12:05 AM | Informe Especial | 968 Lecturas
Clásico de la furia y el amor
(1) Fue por un pan a la casa del pintor y le dijo: “¿Con quién voy a hablar, señor?”. (2) El artista reconstruía, de memoria, paisajes, gentes, gestos. (3) Arequipa, 1913. (4) Núñez Ureta: uno de los grandes de la cultura nacional y americana.
Hace 20 años murió Teodoro Núñez Ureta, el genial pintor que también fue combatiente, fusil al hombro, en la rebelión de Arequipa en 1950.
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Un día, a la puerta de Teodoro Núñez Ureta tocó una niña que pedía pan. El pintor la hizo entrar, le convidó algunas cosas y empezó a retratarla. La chiquilla guardaba silencio. “Oye”, dijo el artista. “Tú no hablas”. La pequeña replicó: “¿Con quién voy a hablar?”. Se había acostumbrado a la soledad, enlutada amiga de los niños pobres.

Esa niña nos dirige ahora la mirada, una mirada triste, desde una acuarela del gran maestro.

La inspiración y la belleza de ese trabajo expresan lo que fue, lo que hizo, lo que buscó y encontró ese clásico de la cultura peruana y americana que partió el jueves último. La acuarela se titula “¿Con quién voy a hablar”, y figura en el álbum “La vida de la gente” que en 1982 publicó el Banco de la Nación.

Clásico no sólo de la pintura, es Núñez Ureta. Alguna vez el Estado peruano recogerá en volúmenes los artículos, conferencias, ensayos, cuentos, poemas de ese gigante que nos ha dejado.

Clásico no sólo de la plástica y la palabra escrita. Clásico también de la actitud humana, humanista, que en países enmarañados y en crisis obliga a la toma de posición y, a veces, de las armas, como él lo hizo en la insurrección de Arequipa en junio de 1950, en calidad de jefe de operaciones militares de un pueblo entero en lucha contra la dictadura de Odría.

Por varias razones Núñez Ureta entra a la historia como un maestro imperecedero. Así, por ejemplo, su conciencia civil nunca lo llevó a rebajar el nivel de su arte por dictados de coyuntura, por colorines de panfleto. No hace mucho declaró a un periodista que no había querido militar en un partido porque “no hubiera podido soportar que un dirigente me diera órdenes en mal castellano”.

Fue, como se sabe, ajeno a la bohemia y mantuvo distancia respecto de capillas de todo género. Quizás por eso sólo tardíamente recibió reconocimiento y homenajes, en particular de la izquierda, que se los debía desde toda la vida. Mientras otros acaparaban viajes y medallas, él trabajaba.

Verdad de un tiempo
Núñez Ureta fue en el Perú el reivindicador del realismo. No el de la descripción superficial o la estampa costumbrista, sino el que descubre en los seres humanos y su contorno la verdad de un tiempo, de una sociedad. Estaba excepcionalmente dotado para eso. Pocos como él dominaban el color y el dibujo, las técnicas más diversas, los finos secretos del oficio. También en eso su vida postula una enseñanza: el amor por el trabajo, por el trabajo bien hecho, con destreza de artesano y audacia de explorador.

Una noche, hace muchos años, escuché por primera vez hablar en público a Núñez Ureta. Era una reunión de gente de izquierda. Hubo discursos fogosos pero retóricos; con frases hechas, largas y vacías. De pronto, a insistencia de la gente, se puso de pie este hombre alto y apuesto, nimbado por la fama. Lo que dijo tenía la limpieza de sus paisajes: “El pintor mira hacia lo alto y lo conmueve la belleza de un cielo azul, donde viajan las nubes tranquilas. Luego baja la mirada y mira en torno, y lo entristece la miseria de los pobres. Por eso me vi obligado a luchar por la justicia; que es otra forma de la belleza. Busqué armonizar la belleza del cielo y la vida del hombre”. Cuento de memoria. Sé que no logro la felicidad expresiva del maestro; pero esa escena está viva en la memoria. Yo era entonces muy joven; pero ya entonces pensé: ¡qué pena que nuestros políticos no sepan hablar como los artistas! (Primero tendrían que pensar, sentir y amar como los artistas: qué difícil les debe de ser).

En un ensayo pobre el gran pintor campesino Mario Urteaga, el que fabricaba sus pinceles con pelos de la cola de su caballo, Núñez Ureta condensó así su propia estética: “Entre el tejido de líneas de colores, de luces y de sombras, de formas y movimientos surgen, apenas se aproxima uno a un cuadro, sentimientos y sensaciones asociados a la tierra y el hombre. Entonces la pintura alcanza recién su pleno significado”.

Pintor del ser peruano, pintor del ser humano, Núñez Ureta fue regional, nacional, universal. No lo era por puro instinto.

Muere el artista a los 74 años de edad. Había nacido en Arequipa el 1º de abril de 1914. Fue alumno del Colegio Nacional de la Independencia, de su Arequipa natal, y de la Universidad de San Agustín, donde se graduó de bachiller en Ciencias Físicas y Naturales, con una tesis sobre la evolución. “Había experimentado con una gallina, que mis amigos sacrificaron para celebrar el bachillerato”, me contó en una entrevista. Luego se doctoró en Filosofía y Letras. Terminó Derecho, pero nunca quiso graduarse de abogado.

Hace sólo cuatro meses, ya gravemente enfermo, tuvo una hija. En sus horas de pesar, iluminaba sus días pintándola. No en vano había escrito: “De todos los temas que he dibujado y pintado en mi vida, el de los niños es el que más me atrae y me conmueve”.

Los niños del futuro se conmoverán contemplando sus obras.

Un perfil de coraje
Teodoro Núñez Ureta, hijo de Pedro Núñez Ponce y de Julia Ureta Groslinger, nació en Arequipa el 1 de abril de 1914. Tras estudios en el Colegio Nacional de la Independencia Américana, ingresó a la Universidad Nacional de San Agustín. En ésta se incorporó a la lucha contra el régimen de Luis M. Sánchez Cerro, lo cual lo condujo a la prisión y el destierro en Chile (1932-1934). De regreso a su ciudad natal, obtuvo el grado de bachiller en Ciencias y de bachiller y doctor en Filosofía y Letras.

Sus acuarelas y óleos están en museos de Estados Unidos, México, Canadá y Centroamérica. Entre sus libros destacan Academismo y arte moderno (1945), Siqueiros (1976), Pintura contemporánea (dos volúmenes, 1975-1976) y La vida de la gente (1982). Hombre de izquierda, en su biografía, tal como la contó a Mercedes García Belaunde, declara: “No se imagina cuánto hemos odiado al Apra nosotros en Arequipa. Con qué desprecio, porque siempre fueron los peores, los mediocres.” Una vez, cuando dictaba clases en la Universidad de San Agustín, los apristas lo atacaron en cargamontón, imitando un ruido de moscardones. Les exigió que se callaran. Como no lo hicieran, tomó del cuello y del pantalón al más impertinente y lo arrojó por la ventana. Los demás quedaron inmóviles. Igual energía demostró cuando defendió, armas en mano, a su pueblo. Núñez Ureta podía disertar con autoridad sobre el teatro del absurdo o sobre la poesía de Estados Unidos. Amaba la música popular, en particular el yaravÑ

César Lévano
Director


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