Al fondo hay sitio

A pesar de la guerra sucia, de la pobreza del debate municipal en Lima y del envilecimiento de la política en general, las elecciones del domingo último trajeron aires nuevos para el país. Junto al resurgimiento de la izquierda en la política limeña y nacional, surgen nuevos protagonistas en escena, jóvenes que participaron en la lucha contra la dictadura reaparecen, diez años después, con voluntad de poder y gobierno.

Por Diario La Primera | 06 oct 2010 |    
Al fondo hay sitio
(1) El apoyo de los jóvenes a Susana Villarán ha sido decisivo. (2) Figuras del mundo de la televisión se sumaron a Fuerza Social. (3) La lucha contra Fujimori tuvo un bastión en la juventud estudiantil.
JÓVENES Y POLÍTICA

La incorporación de rostros nuevos en la política nacional, por lo menos al interior de las dos fuerzas que disputaron la alcaldía –Fuerza Social y PPC-UN– merece destacarse. Ambas candidaturas enfatizaron la profesionalidad y experiencia laboral de sus equipos de campaña, pero también la renovación generacional de sus técnicos y candidatos a regidores. Tanto Susana Villarán como Lourdes Flores demostraron especial interés en captar al sector joven del electorado. No era un objetivo menor: de acuerdo al INEI (2005), el 28% de la población tendría entre 15 y 29 años, un bolsón importante de votos.

De ahí la estrategia utilizada. Desde la participación en espacios televisivos –donde jugaron un rol clave personajes de la farándula como Bayly, Tongo y los actores de Al fondo hay sitio– hasta la difusión de spots con ritmos juveniles (rap, reggae, salsa y cumbia) pasando por las redes sociales de la Internet –donde las pullas en twiter y facebook estuvieron a la orden del día–, las candidatas no escatimaron esfuerzos para revestirse con un halo de renovación y novedad.

Jóvenes y política
La participación juvenil en política no es un hecho masivo, pero tampoco nuevo en el medio. En el Perú hemos tenido liderazgos juveniles de ascendencia local e internacional. A inicios del siglo XX la aparición de dirigentes contestarios a la Generación del 900 –de la mano de Mariátegui y Haya de la Torre– aceleró la crisis de la republica aristocrática, incorporando a los sectores subalternos a la política nacional.

En los sesenta fue el joven Belaunde –pero también la “nueva izquierda” del 68– la que confrontó a un Partido aprista anquilosado y amarrado con el poder oligárquico. En los ochenta, un precoz presidente –Alan García– tuvo que enfrentar la arremetida de una rejuvenecida derecha –liderada por la novata Lourdes Flores– en lo que parecería cerrar un ciclo de renovación partidaria. Luego vendrían los outsiders de la anti política.

Los jóvenes regresarían a la política nacional a fines de los noventa. No lo harían a través de los partidos, sino como un movimiento estudiantil hastiado de la forma como se manejaba el país.

La movilización callejera de colectivos universitarios fue clave para sensibilizar a sectores de la población –hasta ese momento– paralizados por la dictadura mediática del fujimontesinismo.

El activismo callejero, el carácter lúdico en las marchas, pero sobre todo su exposición en medios, contribuyó a superar el estigma de apatía y desinterés que se le endilgó a la llamada Generación X.

Sin embargo, este “despertar” político juvenil tenía como principales características un discurso marcadamente “apolítico”, desideologizado, escéptico de las estructuras partidarias; contrario a los liderazgos fácilmente identificables y con una aspiración de “purismo” distante de las definiciones fundamentales en política.

Democracia y renovación
La movilización juvenil, antes y durante el proceso de transición a la democracia, provocó cierta reacción en el sistema político peruano. Por un lado, comprometió al gobierno de Alejandro Toledo a instituir el Consejo Nacional de la Juventud (Conaju), una instancia encargada de diseñar e implementar políticas dirigidas a este sector específico de la población.

Años después el Apra impulsaría la aprobación de la Ley del Concejal Joven, que fijaba una cuota de 20% de candidatos de hasta 29 años en las listas de postulantes a regidores municipales y provinciales. El impulso de ambas iniciativas decayó con el tiempo; hoy poco se sabe sobre su funcionamiento e impacto.

Igual desenlace habrían experimentado agrupaciones juveniles que surgieron al amparo de las movilizaciones contra la dictadura. Grupos como el Colectivo Amauta, el Instituto Alameda, Pacto Perú, Foro Juvenil, el Movimiento Raíz, entre otros, se disgregaron o confluyeron en nuevas plataformas, transitando hacia nuevas formas de organización y activismo político –un caso interesante fue la constitución del Foro de la Cultura Solidaria, en Villa El Salvador–, o bien reculando hacia el ámbito universitario, donde su visibilidad es reducida.

Hoy en día, con excepción de algunos colectivos anticorrupción (es notable el caso de Ciudadanos de Segunda Categoría), los jóvenes prácticamente han cedido la calle.

Una posible explicación tiene que ver con el clima de la época que vivimos. El neoliberalismo exacerbó el individualismo como proyecto de vida. El discurso anti político del fujimorismo satanizó la política partidaria y soslayó el valor de la acción colectiva. La débil afiliación sindical, y el envejecimiento de sus cuadros, constatan la fuerza de esta ideología fragmentaria.

Como señala Alejandra Alayza en un ensayo sobre jóvenes y participación política: “El tema de la renovación política, de la participación juvenil en instituciones políticas, ha tendido más a la renovación generacional –a través de la inclusión de actores más jóvenes– o a la inclusión discursiva en los programas políticos, pero no ha logrado todavía una verdadera inclusión y representación de calidad de los intereses juveniles; tampoco la inclusión de actores jóvenes en instituciones y organizaciones políticas” (Hijos de su tiempo: notas jóvenes y participación política. Desco, 2006).

Donde la “renovación” generacional aparece con mayor claridad es en el ámbito del periodismo político y la academia. En los últimos años han aparecido nuevas voces en el medio –es el caso de Alberto Vergara, Eduardo Dargent, Carlos Meléndez– que han reavivado el debate en torno al carácter de la democracia peruana.

Desde una perspectiva conservadora (o de derecha), esta nueva “generación” de intelectuales intenta renovar el debate local incorporando enfoques “institucionalistas” al análisis político. Para ello polemizan con quienes plantean críticas a la democracia de “baja intensidad” –fundamentada en la convergencia de políticas de libre mercado (neoliberalismo) y la existencia de “competencia” política (democracia procedimental). Se trata de una presencia saludable pero que aún no encuentra respuesta en pares con perspectivas teóricas o ideológicas distintas.

¿Los viejos a la tumba, los jóvenes al poder?
Las elecciones de hoy reabren interrogantes coyunturales y de fondo. ¿Expresan los partidos que disputaron la alcaldía –con la inclusión de jóvenes entre sus filas– una renovación en la política local?

Más aún: ¿son los jóvenes un sector social con intereses generacionales claramente definidos? ¿La participación de rostros nuevos expresan necesariamente una renovación en la política nacional? ¿Sus prácticas son distintas a las de la clase política “tradicional”? ¿Quieren, desean realmente el poder? Las elecciones del 2011 pueden confirmar –o no– estas hipótesis.

Lo cierto es que, en las filas de la candidata ganadora, Susana Villarán, el protagonismo asumido por Eduardo Zegarra y Marisa Glave –y otros liderazgos no tan visibles– en los últimos días de la contienda, son expresión de nuevos aires en la política nacional. Se respira tiempos de cambio.

Ciudadanos de Segunda Categoría
Al igual que en la época de la dictadura fujimorista, el destape de varios de casos de corrupción en el actual gobierno motivó la reacción de un grupo de jóvenes denominado Ciudadanos de Segunda Categoría, que intenta recuperar la calle como espacio de crítica y movilización social. Como señalan en su comunicado fundacional: “No es suficiente decir ‘de la boca para afuera’ que se está contra la corrupción. Es fundamental enfrentarla con coraje y acción. Nuestra patria ha sido secuestrada por una minoría entreguista y corrupta y es un imperativo recuperarla. Por ello apelamos a la reserva moral de los peruanos y hemos decidido movilizarnos para decir: ¡Basta ya de impunidad de quienes hoy se sienten protegidos o blindados por leyes hechas a la medida de sus intereses personales o de grupo!” La incomodidad que genera su presencia pública les ha valido varias golpizas. Pero no se amilanan y siguen batallando.

Enrique Fernández–Maldonado Mujica
Colaborador

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