Sandrita sabe que sí se puede

Una historia de amor (a la música) que puede cambiar la vida a los pesimistas que nunca faltan. Este 28 de julio, la bailarina de ballet clásico viajará a Nueva York a demostrar lo que sabe.

Por Diario La Primera | 23 jul 2010 |    
Sandrita sabe que sí se puede
(1) Con su maestra Tatiana Izquierdo de Murias. (2) Deleitando con danza flamenco a un público selecto. (3) Sandrita, su madre empeñosa y su padre cada vez creen más en el sueño de su hija.

La jovencita sonriente Sandra Cavana Serrano, de 15 años de edad, es bailarina de ballet clásico, a quien esta mañana la emoción la traiciona. La hace llorar. Llora, porque, a pesar de todas las adversidades económicas y familiares, pese a las piedras en el camino, va con paso estilizado, firme y seguro a convertirse en una de las mejores bailarinas de ballet clásico del medio.

“Quizá es poco lo que he logrado; pero para mí significa mucho. No sabes lo duro que es para una chica como yo llegar a ser alguien en el mundo del ballet, que muchos consideran un baile de élite en todos los sentidos, un mundo sólo para los que tiene dinero”, dice. Intenta secarse las lágrimas de una mejilla; pero aparecen más lágrimas en la otra. Estamos en una sala enorme llena de espejos donde Sandrita pasa horas y horas mejorando los pasos, soñando despierta.

—No llore.

—Es que usted no sabe todo lo que mi mamá Marlene y yo hemos pasado para llegar hasta aquí, y este reconocimiento (no dice cuál) significa que con esfuerzo y dedicación los sueños pueden hacerse realidad.

—Es verdad. Bueno, no sé lo que han pasado usted y su madre, y si sigue llorando no me lo va a poder contar y yo tendré problemas en el trabajo.

Sandra (o Sandrita como la conocen) sonríe. La calma se dibuja en su rostro. Respira hondo una vez y otra vez. Se limpia lo que ya sabemos y está más serena; y, al mirarme, se avergüenza un poco quizá por haber llorado ante un desconocido.

Es larguirucha, delgadísima, de cuello largo como un cisne y mirada clarísima. La inmensidad de la sala favorece al frío; a lo lejos se oye uno que otro claxon de los vehículos apurados de la avenida Javier Prado. “Está bien, me calmaré”, dice.

—Bueno, cuénteme qué hicieron su madre y usted para que usted ganara la beca para el programa intensivo de verano en la Escuela de Brooklyn (Ballet de Nueva York).

—No hablaba sólo de ese reconocimiento. Bueno, yo sólo hice lo que sé hacer: bailar. Bailé Peasant del Ballet Giselle. Di lo mejor de mí en el concurso Danzaméricas de Costa Rica y obtuve la medalla de platino y la beca a la que se refiere.

—¿Es verdad que usted pensó que la medalla de platino era inferior a la de bronce? (Sonríe)

—SÑ Pero me di cuenta rapidísimo que es mejor que la medalla de oro cuando en la premiación todos, mi maestra y mis amigas saltaron de emoción.

—Ya. Pero ¿qué es lo que hizo su madre para usted ganara la beca? Tranquila, no se emocione. Ya sabe que puede causarme problemas.

—De acuerdo.

Todo por un sueño.
“A veces, siento que mi mamá hace mucho por mí, que se dedica tanto a mí y mi hermanita Almendra, quien también es bailarina, que ella no tiene vida propia. Desde que recuerdo siempre está haciendo cosas por nosotras. Para viajar a Costa Rica, por ejemplo, tuvo incluso una junta (forma de reunir dinero que luego será devuelto) para conseguir plata. Mi mamá es mil oficios, vende de todo, desde cosméticos hasta comida; desde ropa hasta lo que sea. Recuerdo que cuando vivíamos en Comas no teníamos un momento de descanso. Siempre trabajábamos las tres en busca de dinero para cumplir el sueño de convertirme en bailarina. Vendíamos ganchitos, adornos, dulces. Yo era una ambulante pequeñita y soñadora que se ganaba la vida en las calles.

—Hablas de “las tres” ¿y tu papá? ¿Pedro José, verdad?

—SÑ Es muy raro. A él nunca le gustó que yo me dedicara al baile; siempre decía que yo debía soñar con una carrera tradicional. Pero ahora que ve que el baile está dando sus frutos va cambiando poco a poco de opinión y eso me alegra muchísimo.

Empezó con la marinera
Sandrita fue una niña extrañísima. No le gustaban las muñecas, ni eso de jugar a la cocinita. Su adicción sana fue siempre la música. Sus juguetes preferidos fueron una grabadora y decenas y decenas de casetes de todo tipo de música. “No sé cómo describirlo; pero cuando yo oía música, mi cuerpo empezaba a moverse por cuenta propia, yo no hacía nada pero mis hombros y mis brazos y mis caderas se movían al ritmo de los sonidos. A veces siento que la música vive dentro de mí, que yo nací con algo extraño adentro que se conecta con los sonidos”, cuenta.

Cuando apenas tenía tres años de edad, Roberto Velarde, un profesor de folclor vio cualidades en ella y la llevó a su pequeña academia de baile cerca al kilómetro 11 de avenida Túpac Amaru en Comas. “Sí, desde aquella fecha estuve en academias. Quería bailar de todo. Empecé con la marinera, pasé al festejo, al tondero, al huaino, todo. Terminaba una clase y me metía a otra y otra más y así y en ese afán mi madre y yo casi vivíamos en la academia. Después de las clases, sin embargo, íbamos a conseguir el dinero para el día o para la noche. Madre e hija ambulantes en busca de dinero en las ferias y los mercados, en las plazas, y en cualquier lugar donde pudiéramos vender nuestras cositas”, recuerda.

Flamenco
Pasó el tiempo y Sandrita tiene ya nueve años y unos meses. Ha ganado todos los premios que una niña de colegio público puede ganar. Cuentan que se había acostumbrado a los aplausos, y por eso quería seguir avanzando. En aquel tiempo la madre mil oficios vendía todo tipo de cosméticos con catálogos en mano. Una de sus clientes, Gloria Beretta, vio a Sandrita bailando y le dijo: “¿Su hija, baila?” Un poco. “Uhm, me gustaría que vaya al Museo de Arte este domingo y pregunte por la profesora Jazmín Pozo. Hable con ella, a ver qué pasa”.

El domingo muy temprano llegaron madre (mil oficios) e hija al Museo de Arte. Jazmín le hizo unas pruebas y le preguntó: “¿Tú bailas folclor, verdad?” ¿Por qué lo dice, maestra? “Porque tienes algunos movimientos encorvados, el movimiento de tu cuello al bailar es típico del folclor”. Jazmín sabía lo que decía y la becó para que practicara danza flamenca.

Ballet clásico
Sandrita aprendía rápido, se volvió una experta en flamenco. Por su destreza, se ganó rápidamente el cariño de la gente, y los aplausos por los que moría le llovían. “Pero no era tan fácil. Para bailar hay que estar muy tranquila y yo no lo estaba porque mamá sufría por falta de dinero y papá, a veces, se enojada pues yo le dedicada mucho tiempo al baile. Varias veces me pidió que dejara la danza porque creía que me quitaba tiempo y que eso iba perjudicar mis estudios. Por suerte también soy buena alumna. Le cuento que con mi grupo de colegio hemos ganado hace poco el concurso de ciencias en mi colegio Jorge Chávez de Surco y ahora vamos competir con otros centros educativos de otros distritos. En realidad, yo no sé qué sería de mi vida si me alejara del baile, de la danza, de la música”, reflexiona.

Al Ballet Nacional
Cuando sorprendía a todos con el baile flamenco, el profesor y gran bailarín de ballet Daniel Bejarano creyó que Sandrita debía estar ya en Escuela Nacional de Ballet. Lo que Daniel no sabía es que Sandrita jamás había bailado ballet. Cuando se enteró, pensó que de todas maneras debía ingresar a la Escuela y porque creo que Sandrita tenía todas las cualidades para convertirse en una gran bailarina de ballet clásico.

Sandrita ingresó entonces a Escuela Nacional de Ballet a los 12 años, edad, según los entendidos, un poco tarde para ese tipo de danzas. Sin embargo, Sandrita demostró en poco tiempo que podía nivelarse con el resto de sus compañeras de clase y poco a poco se ubicó entre los primeros lugares de su grupo. Era sorprendente su avance porque nada ni nadie podían frenar sus ganas para aprender el exigente ballet clásico.

Tuvo unos problemas en la Escuela Nacional de Ballet. Algunas madres de familia “millonarias” la miraban mal porque quizá ella no llegaba a la escuela en carro de lujo, además porque ella era la mejor de su clase. “No sólo eso, me sentía poco querida, un poco fastidiada, como que no me hallaba. Sentía que no me trataban como a las otras niñas que sí tenían dinero; pero no me quejo, aprendí mucho en la Escuela Nacional y estoy sumamente agradecida a todos por eso. Hay mucha gente que me ayudó ahí a dar mis primeros pasos en el ballet. Recuerdo con cariño a los maestros, maestras y compañeras”, dice.

Murias Izquierdo
“Creo que tuve mucha suerte al llegar a esta Escuela; porque aquí se respira solidaridad, ayuda mutua, compañerismo. Aquí empezó todo. Aquí me estoy formando con mis maestros: la famosa Tatiana Izquierdo y su esposo cubano Roberto Murias. Con ellos estoy descubriendo los misterios del ballet clásico y gracias a ellos me han reconocido en Costa Rica y, gracias a ellos, iré a Nueva York. Ellos me enseñan a soñar, tanto como Jazmín Pozo, María y Paula, a quienes las quiero muchísimo por todo lo que hacen por mÑ Me enseñan a soñar y ahora mismo sueño con hacer más de 32 fouettes seguidas (vueltas de 360 grados con un pie en punta); sueño haciendo de personaje principal en “El lago de los cisnes” con la música de Tchaikovsky; sueño con tantas cosas y si no hubiese soñado no estaría alistándome para viajar a Nueva York este 28 de julio, justo en el día del Perú”.

Sandrita es un ejemplo de vida, que lucha por conquistar sus sueños. Demuestra con sus apenas quince años que las adversidades no tienen que frustrar nada. Las adversidades son sólo pruebas, problemas por resolver. Sandrita prueba con sus actos que los sueños no tienen porqué quedarse solo en eso, que los sueños están para realizarlos. Antonio Machado escribió:

“Si vivir es bueno,
es mejor soñar,
y mejor que todo,
madre, despertar”



Paco Moreno
Redacción

Melina Mejía
Fotos


Diario La Primera

Diario La Primera

La Primera Digital
Diario La Primera comparte 119376 artículos. Únete a nosotros y comparte el tuyo.