Las cuerdas superadas

Mago de la guitarra, Javier Echecopar trabaja infatigablemente con los sonidos para regalarnos belleza y al mismo tiempo investiga en pueblos e iglesias las tradiciones musicales del Perú.

Por Diario La Primera | 06 mar 2009 |    
Las cuerdas superadas
Javier Echecopar fue músico precoz y luego ha explorado intensamente en Europa y América la tradición universal americana y peruana.

Muy pronto, doña Isabel Mongilardi, de 84 años de edad, madre del insigne compositor y guitarrista Javier Echecopar, podrá ver en un disco de sus propias canciones que el tiempo supo guardar con cuidado. Ocurre que Echecopar, quien desconoce el descanso, a la par con otros proyectos suyos, quiere que su madre pueda ver que su inspiración de tantos años se ha convertido en un disco. “Ella ha compuesto valses, tonderos, marineras y música andina (como ella suele llamar a los huainos y otros géneros) y me pareció que sería muy lindo hacerle un disco, como un regalo”, dice.

Echecopar también trabaja en discos sobre el notable compositor brasileño Heitor Villalobos y el alemán Johann Sebastian Bach y empuja el tren de la novísima y selecta Escuela Superior de Música de la Universidad Católica que está a punto de empezar sus actividades. “Estamos en proceso de selección de alumnos. Estamos entusiasmados”.

Quinto de seis hermanos, Javier creció en medio de la música. Su padre Juan (no ponemos don porque se puede malinterpretar) también tenía lo suyo y fue integrante de coros. De su madre ya sabemos algo y sus hermanos son melómanos desde chiquitos. “Yo entraba al cuarto de mi hermano mayor y él estaba ahí disfrutando de Vivaldi, Mozart, Bach, Beethoven”.

–¿Respiraba música?

–Era mi mejor oxígeno.

Bailarín insólito
Cuando Echecopar tenía tres años de edad, la música lo hacía moverse tanto que en esa época inventó los pasos de baile más extraños del mundo. Parecía que la música había nacido con él. Sin música, el niño Echecopar era nadie. Después del baile se encontró con el canto, y después del canto con la guitarra y este último encuentro fue como si se hubiese topado con su destino.

Niño prodigio, dijeron. A los ocho años de edad, empezó a estudiar música en el Conservatorio Nacional de Lima. Asombraba hasta a los maestros. Hacia 1977, el joven Echecopar decidió viajar a Francia. Se fue en barco hasta Rotterdam y después saltó a París. Luego fue becado por la Unesco para estudiar nada menos que en la Ecole Normale de Musique de París. Méritos no le faltaban y así consiguió que el Consejo Británico lo becara para el Guildhall School of Music de Londres. El niño prodigio empezó a cautivar al mundo. “Empecé con la guitarra y seguramente terminaré con ella. Claro que toco piano, flauta, batería, violín, etc; pero la guitarra es mi instrumento”.

Entre maestros
Cuando tenía 23 años de edad, Echecopar se cruzó en París con un paisano y colega suyo. Conversaron un rato y éste lo invitó a su casa. “Después de unos días fui a visitarlo y Raúl García Zárate me recibió con un traguito ayacuchano. Yo estaba loco porque tenía que rendir una prueba en el instituto donde estudiaba y estaba con la cabeza llena de Bach. En medio de la conversación, García Zárate sacó la guitarra y tocó ‘Adiós pueblo de Ayacucho’. Fue hermoso. Recuerdo que yo le dije: ‘lo que acabas de tocar tiene el mismo nivel de complejidad y belleza que una pieza de Bach. Luego yo toque un preludio de Bach para completar aquella noche maravillosa”, cuenta.

–¿Se puede definir la música?

–No me atrevería a hacerlo. Ocurre que es un arte esquivo, difícil de asir, de retener, de coger. Cuando crees que ya lo tienes, está por otro lado.

–¿Cuál es su método de trabajo para componer?

–Para crear uno necesita de tantas cosas, el ambiente adecuado, los aromas del lugar, el perfume de las cosas, el espacio, qué sé yo…

–¿Cómo convive con tantos sonidos que para usted deben ser insumos para hacer música?

–Con los sonidos uno libra batallas muy lindas. Cuando sale algo valioso, juntando armónicamente los sonidos, a uno le dan ganas de abrazar a la gente, de salir a pasear al parque, de sonreír…

–¿Cómo llega la inspiración?

–Hay sonidos o frases que te dan vueltas en la cabeza y en cualquier momento puede ocurrirte algo bello; por eso, en mi mesa de noche, tengo siempre una libreta de apuntes y un lápiz.

En uno de los numerosos cumpleaños del maestro Manuel Acosta Ojeda, Javier Echecopar está tímido y no se atreve a tocar para los criollísimos que disfrutan la fiesta en la mitológica casa del Rímac del autor de “Madre”. “Toca, hermano, para que estos ignorantes aprendan”, lanza un grito Acosta Ojeda. Hay expectativa. Echecopar entonces deja la timidez a un costado y coge la guitarra como si cogiera a un niño. La música clásica enmudece a los jaraneros. Los sonidos llegan a los asistentes como vientos sublimes. Termina Echecopar y nadie para de decir: otro, otro, otro.

Bach en Puquio
En República Checa, dice Echecopar, me invitaron para dar una serie de conciertos en lugares alejados de la ciudad principal de ese país. “Me sorprendió mucho que cada pueblito tuviese un teatro o un auditorio, como aquí cada pueblito tiene su iglesia”, dice. “Aquí falta infraestructura pero somos muy amantes de la música”.

Hacía 1986, Echecopar tuvo que cerrar un concierto en Puquio (Ayacucho) adonde había ido también Manuelcha Prado. Hubo mucha concurrencia, porque el concierto fue publicitado por todo el pueblo con megáfono. Antes de que a Echecopar le tocase el turno, el guitarrista ayacuchano de melena desordenada le dijo:

–Ten cuidado, que este público es difícil. Si sientes que la gente empieza a aburrirse, paras.

Echecopar iba a comenzar con una composición de Bach que dura más de ocho minutos y se puso nervioso con la advertencia.

–Ten cuidado, Javier, ten cuidado,…–repetía Manuelcha con esa voz gruesa, telúrica.

Entonces empezó y empezó a sentir que el silencio cuidaba delicadamente que la música de Bach llegara limpia a los puquianos. “Nunca antes, ni siquiera en los mejores lugares habían visto a gente tan asombrada con la música. Silencio sepulcral. Fue increíble”, recuerda.

Sueño realizado
“Mantengo el sueño de ayudar para que en el Perú no se pierdan los talentos por falta de apoyo u oportunidades. Desde hace mucho tiempo, me daba vueltas en la cabeza el fundar una Escuela o Facultad de Música. Tanto había hablado de esto con la gente que mi hermana menor, cuando estudiaba para arquitecta, había presentado como trabajo universitario una maqueta de una Facultad de Música como yo la había soñado. Le hablé de mi proyecto de fundar una escuela a Marcial Rubio, vicerrector académico de la Universidad Católica, y después de un tiempo me dijo: ‘ya tenemos el proyecto y queremos que tú lo manejes’. Yo tenía trabajo en París y tuve que dejarlo, pues uno de mis sueños se cumplía, gracias a Marcial Rubio, quien sigue apoyando”.

–¿Te inspiraste en alguna escuela en particular?

–Era un proyecto novedoso. No es como hacer música. Se trata de crear una Escuela de Música. Tuve que visitar las escuelas de Europa, Estados Unidos y América Latina. Nos va bien. Estamos contentos.

–¿Cuál es la misión?

–Queremos que la música peruana en general ocupe en el mundo el lugar que le corresponde. Entre 1982 a 1986 viajé por varios departamentos del país estudiando inclusive sus fiestas patronales. Busqué en los archivos de las iglesias, en las catedrales, en las casas y llegué a la conclusión que nuestra riqueza musical es extraordinaria. En toda América sólo comparable quizá con México. Hace falta trabajo y dedicación y con la escuela estamos sembrando.

Hoja de vida
Es fundador y miembro activo de varias entidades peruanas e internacionales dedicadas a la investigación y a la difusión del repertorio musical peruano y latinoamericano. Es director de la Escuela de Música de la Universidad Católica. Durante años realizó un profundo trabajo de investigación sobre la música peruana, centrado en dos grandes vertientes: el periodo barroco colonial y la tradición popular. Tiene varios libros de partituras de música peruana barroca y tradicional, y ha grabado nueve discos y cuatro documentales. Es compositor de numerosas obras, parte importante de las cuales se han editado en Europa.

Paco Moreno
Redacción


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