La soledad de las frutas

Apenas va a fiestas. No fuma, no bebe y come a sus horas. A sus 47 años de edad no ha tenido otra mujer que la madre de su único hijo, cuyo nombre, la de su esposa, puede calzar perfectamente como apellido de este pintor antibohemia: Soledad. Podríamos decir que es un monse, pero no es asÑ La vida ordenada que lleva es también una forma de rebeldía entre tantos pintores que se que se alucinan bohemios sólo por el hecho de que consideran que un artista debe ser bohemio y que ello debe ser su característica principal. No es asÑ Los entendidos difunden que la característica principal del artista es el compromiso.

Por Diario La Primera | 06 ago 2010 |    
La soledad de las frutas
(1) Ausencia de esperanzas, 2005. Oleo sobre tela, 100 X 80 cm. (2) Ángel Surichaqui dice que la pintura para él es más que un oficio o una profesión, es su motivo de vida. (3) Testigos mudos, 2005. Oleo sobre tela, 120 X 100 cm.
El destacado pintor Ángel Surichaqui hace que las frutas protesten contra la depredación del medio ambiente.

El compromiso de Surichaqui es alertar a través de su pintura que el mundo está dando sus pasos por el camino equivocado, que está calentándose tanto que si siguen así las cosas todos las pasaremos mal. Alerta a través de la imagen, a través de sus lienzos, de sus bodegones realistas, que algo tenemos que hacer para salvar nuestro ambiente. En sus cuadros, las frutas hablan de lo mal que las pasaran si no hacemos nada para frenar el calentamiento global, si no hacemos nada para mejorar el ambiente.

Las frutas se sienten tan solas; granadillas sobre un mundo seco que se abre en grietas gigantescas; tres tristes peras verdes delante de unas llantas consumidas por un fuego atroz que finalmente terminan en humo que va al cielo; pedazos grandes de sandias rojas sobre un mantel blanquísimo en una tarde de espanto; duraznos apetecibles en una mañana clara y sonriente.

¿Qué se propone este pintor de pueblo? Pues nada, salvo decir, ayudado por sus brochas, que las frutas podemos ser nosotros mismos viviendo solos en un mundo agreste cada vez más agreste por nuestros actos. Quizá también quiera decirnos que si nosotros queremos seguir disfrutando de la belleza sublime de las frutas, de sus colores matinales y sus sabores, debemos decir basta y convertirnos en verdaderos militantes a favor del medio ambiente con una forma de protegernos de nosotros mismos.

El miedo
“Me da miedo imaginar que el mundo llegue a un estado tal que para disfrutar de su belleza tengamos que recurrir al recuerdo. Me da miedo pensar que mis nietos no puedan regocijarse de belleza con las cosas que han visto mis ojos. Me da miedo”, dice pausada y lentamente, como si pensara cada sílaba que emite. Pareciera que la soledad viviese en esta casa. Casi no hay ruido. De rato en rato el grito de un claxon impertinente llega tenue desde la cuadra 15 de la avenida Rivagüero. A veces se escucha, un ladrido de “Machín”, el can del pintor que anda por ahí distraído.

“Los académicos me ubican en el grupo de los pintores realistas de aquellos que ven la realidad y transmiten a través de sus pinturas las cosas que ven. Digamos que hago eso, pero, los entendidos, se han dado cuenta, creo que antes que yo, que en mis pinturas siempre hay frutas tratando de decir cosas, tratando de gritar cosas. No sé. En realidad sólo sé que pinto las cosas que llevo dentro, mis recuerdos y a veces mis sueños, mis temores”, dice y es interrumpido por “Machín”. Algo le pasa. Hay que ir a verlo. Receso de dos. ¿Pasa algo con tu perro? Nada. Creo que está con hambre, bueno.

Memoria enamorada
Surichaqui sabe de belleza. Ha visto de todo, y guarda en su memoria cual fotografías debidamente ordenadas y archivadas las imágenes de los paisajes que vio cuando viajaba de Lima al pueblito La Breña de Huancayo para pasar las vacaciones junto a la tía Emilia y la abuela Bernardina porque papá Emilio y mamá Alejandrina tenían que trabajar duro en un puesto que perdura en La Parada sin sosiego para el cuidado de los hijos.

Esos viajes eran para él un concierto de imágenes. Ticlio con sus nevados blanquísimos y sus pico altísimos; los valles verdes salpicados de colores exuberantes; frutas de todos los colores y de todos los tamaños colgados de árboles generosos; una madre abnegada pastado ovejas y al mismo tiempo amamantando al hijo para que no llore.

“Creo que toda mi obra tiene algo que ver con mi niñez. Aquellas frutas que ves son las mismas que mamá y papá enviaban de Lima en cajas gigantes para que sus hijos no pasen hambre y molesten a la tía y a la abuela generosísimas. Creo que pinto frutas porque así puedo volver a mi niñez. Tengo miedo que aquellas frutas, mis frutas, cambien de forma y de color y de tamaño y en vez de gustar asusten a los niños”, dice.

La soledad, mi compañía.
“Debo decir que una de las cosas que más amo es la soledad. Recuerdo que de niño en la sierra me perdía horas de horas y permanecía solo en algún rincón de la casa. No recuerdo en qué pensaba, pero no te imaginas el placer que me causa el estar solo. Cuando trabajo, por ejemplo, no debe haber nadie más que yo en el taller. Digamos que me gusta la compañía de mi esposa (Soledad) quien también pinta; pero no puedo trabajar en conjunto, en grupo, ni si quiera con ayudante. Hace unos años, una empresa que me encargaba pintar cuadros para revenderlos en Nueva York me mandó un ayudante muy aplicado para que yo produjera más y más. Fue un error. Mi producción bajó porque al ayudante lo sentí como un invasor, que no lo era por cierto, y no podía pintar”, cuenta.

Delia y los pepinos
“No creo que las frutas sean mi fijación, puedo pintar de todo; lo que pasa es que las frutas me salen mejor. Es como si ellas fueran mías y que yo soy el único que tengo el derecho de pintarlas. Creo que las frutas en las personas pueden causar cosas raras porque tal vez les recuerda como a mí la felicidad de su niñez. Recuerdo que hacia los primeros años del gobierno del ex presidente Alejandro Toledo un grupo de artistas expusimos nuestras obras en Palacio de Gobierno. Fue extraño porque alguien muy rápido separó un cuadro mío donde aparecían unos pepinos. La cuestión es que ese cuadro separado atrajo demasiado, hasta ahora no entiendo por qué, a la ex magistrada del Tribunal Constitucional, Delia Revoredo. Quería comprármelo sí o sí, sin importarle que ya estaba separado. Le insistí que estaba separado, que podía llevarse otro cuadro; pero ella insistió tanto que le dejé sin cuadro a aquel comprador que amablemente había separado mi obra. ¿Qué será de la señora Revoredo, me gustaría hablar con ella sobre ese cuadro de pepinos”, dice.

Por ahora
El chico limeño tranquilo del movido colegio Pedro Labarthe de La Victoria, el estudiante aplicado de la Escuela de Bellas Artes, el pintor antibohemia de El Agustino asegura que hay fruta para rato y calla. Hay un silencio largo, ni “Machín” fastidia ahora. Sigue el silencio y de pronto dice: “Hay fruta para rato, por ahora. Evitemos atentar contra el mundo porque estamos atentando contra nosotros mismos”, advierte.

Como un zapallo con banda
Este pintor es demasiado serio. Le he lanzado varias preguntas como para que se ría y ni siquiera ha sonreído por amabilidad. Pruebo con el presidente García, que nunca falla.

—¿A qué fruta se parece el presidente García? —¡Bingo! Se ríe y dice:

—A un zapallo con banda.

—¿El zapallo es fruta?

—Digamos que no pero eso se me ocurre.

—¿Pintaría usted un zapallo con banda presidencial?

—No. Bueno, debo decir que eso del zapallo es sólo una broma de mal gusto.

—¿Creo que usted que el presidente García ha trabajado bien en el campo de la cultura?

—Soy positivo y digo que existe ya La Casa de Literatura, los colegios emblemáticos están reconstruidos, se ha creado el Ministerio de Cultura, se anuncia un teatro más. Digamos que debe haber un manejo profesional de estas entidades públicas.

Paco Moreno
Redacción

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